Carlos Steneri - Economista

Argentina en su nueva etapa

El largo proceso de elección del nuevo presidente mostró ambivalencias. Por un lado, ambos candidatos resaltaron dejar atrás las rispideces autoritarias del actual modelo. Para muchos, Macri representaba el cambio y su contrincante un continuismo edulcorado. Para otros, el cambio arriesgaba hipotecar las conquistas de una década.

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Macri se comprometió a continuar con los juicios. Foto: Reuters

Pero a pesar de los enunciados estuvo ausente un debate sobre una situación macroeconómica compleja, su salida, su estrategia de crecimiento e inserción internacional.

Ambos candidatos huyeron del debate sabiendo que estaban condicionados por una sociedad que privilegia niveles de consumo altos por encima de otras prioridades. La realidad es que el peronismo, salvo lapsos breves, formó una cultura arraigada en el consumo doméstico como palanca del crecimiento, complementada con la protección industrial junto a las retenciones a las exportaciones agropecuarias para financiar al Estado y abaratar los alimentos. Eso se completa con la hipertrofia del Estado como empleador, proveedor de prebendas y redistribuidor de ingresos.

Ese modelo que ha mostrado grados y variaciones a lo largo de las décadas, resurgió en el gobierno que se retira en una versión populista autoritaria extrema, siendo los subsidios a las tarifas públicas uno de sus nodos centrales y fuente primaria del desequilibrio macroeconómico.

Herencia.

La que recibe el nuevo gobierno se resume en un cuatrienio de estancamiento económico, déficit fiscal del 7% del PIB financiado con emisión monetaria, inflación estimada del 30%, niveles de inversión decrecientes, y exportaciones en caída ligadas al debilitamiento global de los precios de las commodities agrícolas. Eso ha llevado a una crisis de balanza de pagos explicitada por la necesidad de administrar sus reservas mediante un cepo cambiario. En definitiva, confluyen el desequilibrio fiscal, un déficit de cuenta corriente y falta de financiamiento de la cuenta capital de balanza de pagos. Esa trilogía casi siempre es la antesala de una crisis económica de envergadura, si no se la resuelve a tiempo.

Y es aquí donde nos llamamos a la reflexión. Es difícil de aceptar que ambos candidatos y sus asesores económicos relevantes desconocieran esa realidad. Tampoco hubo mucho esfuerzo por parte del candidato Macri en alertar explícitamente que se requieren acciones urgentes y quizás dolorosas. Cuando alguien osó comentar las implicancias que cualquier reencauzamiento de la situación actual tendría sobre variables claves como la política cambiaria fue llamado a silencio. Otros, ante esa pregunta, escabulleron el bulto. Lo mismo ocurrió con otros temas como las distorsiones en las tarifas públicas. Menos aún considerar que el combate de la inflación requiere disminuir drásticamente el déficit público para frenar la emisión monetaria causante de ese fenómeno.

Su contrincante fue más lejos, diciendo que todo sinceramiento macroeconómico apresurado implicaría la disminución de los ingresos reales, como si hubiera financiamiento para continuar con la postura actual. Y por supuesto continuar con pocas variaciones la política cambiaria actual. Sin duda, ambos jugaron a la mosqueta, dadas las restricciones políticas y las percepciones del imaginario social.

Clave.

Una de las razones es que la sociedad aún no percibe que los desequilibrios macroeconómicos han llegado a un límite infranqueable, que traspasado deja a los hechos como dueños del devenir haciendo más penosa la recuperación. Más importante aún es su desconocimiento que estos son la condición necesaria para viabilizar crecimiento económico sustentable y no a la inversa.

Eso es uno de los legados nefastos de todos los populismos. Introducir en el imaginario social bienestar pasajero como si fuera permanente, aun a costa de erosionar fuentes de crecimiento genuinas. Despertarlos de esa ilusión tiene costos políticos que se exacerban en tiempos electorales. Pero una vez llegada la etapa de ejercer el gobierno, la fuerza de los hechos lo convierte en prioritario y sin escapatoria.

Otra cosa que llamó la atención enraizada en lo anterior fue que no hubo elaboraciones explícitas de cómo Argentina se insertará económicamente en el mundo. Tampoco qué papel jugará dentro de la región, en particular con referencia al Mercosur.

Ese geo-localismo político es también función de una sociedad que fue educada pensando que para crecer bastaba mirar hacia adentro. La sostenibilidad del modelo que esta feneciendo fue posible justamente por un hecho contrario: China le tendió la mano convirtiéndola en potencia agroexportadora. E indirectamente una fuente de recursos fiscales inéditos vía las retenciones a las exportaciones.

Por encima de las decisiones que la nueva administración deberá tomar para reencauzar sus equilibrios domésticos, su postura en materia de política comercial externa es crucial tanto para sus intereses como para los del Mercosur.

Hasta ahora su postura acérrima de protección al mercado doméstico ha generado irritaciones y frenado todo intento de internacionalizar el relacionamiento del bloque con otros. Al parecer, su estrategia dentro del Mercosur ha quedado cautiva de los avatares del acceso de su industria automotriz al mercado brasileño y poco más.

Sin duda se abre una etapa nueva cargada de expectativas positivas. Eso no implica que será fácil sortear las dificultades soslayadas en la campaña electoral. Y también los cambios que se avecinan son la oportunidad para relanzar una etapa nueva de relacionamiento comercial externo para todo el Mercosur.

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