VIAJES

Los últimos bastiones de la revolución cubana

En Santiago de Cuba el Cuartel Moncada y la finca de los Castro forman un itinerario que se mueve entre la curiosidad de miles de turistas y la sospecha de que no todo es lo que parece. O quizá sí.

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Cada vez más turistas visitan la encantadora isla. (Foto: Google)

La misma escena se repite todos los días en el Cuartel Moncada. Dos puertas abiertas de par en par dejan ver cómo 30 niños de enseñanza primaria miran con atención a dos profesoras. No es una representación: son niños que, efectivamente, están en clases. O eso intentan bajo la lluvia de flashes de las cámaras de los turistas que entran al museo.

"Desde el 28 de enero de 1960, cuando Fidel Castro convirtió el cuartel en Ciudad Escolar, la educación cubana es una de las mejores a nivel mundial". Una de las guías del lugar se acerca rápidamente a explicar esto, mientras los visitantes -en su mayoría, ingleses, estadounidenses y canadienses- no paran de decirles a los niños: "Hey, boy! Can I take you a picture? Please!".

Y justo en este lugar, donde para preguntar e incluso interrumpir una clase pareciera no haber restricciones ni contratiempos, sí hay uno. "No puede entrar con la cámara", dice tajante a cada uno de los turistas la encargada de cobrar los 2 pesos cubanos (2 dólares) que cuesta la entrada. "¿Por qué? Pagué mi entrada", responde uno. La funcionaria hace una mueca y dice: "Hay que pagar por la cámara también". Cinco pesos cubanos por entrar con cámara (otros 5 dólares, aproximadamente) es lo que se debe pagar en casi todos los museos o recintos que conmemoran la Revolución en este lado del país.

Hasta hace un par de años, el humor cubano ironizaba con que La Habana era Cuba y el resto del país, simplemente un "área verde". El panorama ahora es distinto. A medida que visitar La Habana se ha vuelto una especie de imprescindible "antes de que todo cambie", de este lado del país, una de las últimas dictaduras socialistas del mundo intenta sobrevivir sin grandes matices. Santiago de Cuba es un buen ejemplo.

La que fuera primera capital de la isla y que sigue siendo la segunda ciudad más importante (445 mil habitantes) parece establecerse como una trinchera todavía revolucionaria en un país donde la palabra "cambio" suena más fuerte cada día y pone en estado de alerta a quienes quieren ver esa postal del pasado que aún es Cuba.

Lo que fascina de este lugar lo definió de forma precisa el periodista norteamericano Jon Lee Anderson el año pasado al diario El País de España: "Cuba es como una burbuja romántica metida en los tiempos en los que aparentemente todo estaba bien". Y en Santiago de Cuba esa idea de cambio parece un poco más lejana. Los viajeros que llegan, más que obsesionarse con las playas perfectamente caribeñas, se reservan tiempo para peregrinar por algunos de los hitos que recuerdan la historia del último siglo en la isla y, especialmente, de los sitios que hicieron de los Castro los líderes de este proceso que todavía gobierna al país.

Y entre esos hitos, uno de los más significativos es el Cuartel Moncada. El antiguo edificio militar cobró relevancia histórica luego de que los rebeldes intentaran tomarlo y fracasaran. Fidel terminó pasando 22 meses preso (entre 1953 y 1955), pero fue en este mismo lugar desde donde comenzó el proceso que terminaría con el derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista.

Convertido ahora en museo, pintado con un fuerte amarillo mostaza y adornado con una bandera cubana que cubre uno de los muros, el edificio parece completamente renovado, salvo por los orificios de las balas que recuerdan lo que pasó aquí hace más de medio siglo. Ahora el Cuartel Moncada funciona como escuela para más de 2.000 alumnos y tiene 80 salas en la parte posterior del edificio. Menos una, claro: la que está junto a la entrada para visitantes.

En la mayoría de las salas hay fotografías que recogen los primeros años del edificio y, luego, retratos de quienes participaron en el asalto al edificio junto a los Castro y a Abel Santamaría. En las salas ahora también abundan los turistas que se acercan a las vitrinas que muestran pertenencias de los jóvenes asaltantes: desde muestras —aparentemente originales— de medicamentos, hasta zapatos que parecen carcomidos por los años y el uso. Llama la atención el nivel de conservación de ciertos objetos, como uniformes ensangrentados que parecen impasibles al paso de los años. El color de la sangre, casi intacto, es sorprendente, a pesar de que se guardan en simples cofres de vidrio ni siquiera presurizados.

Y en cada una de las salas hay por lo menos dos modelos de armas en exhibición utilizadas en combate por los revolucionarios. Algunas piezas están en vitrinas, aunque la mayoría se exhibe a vista y paciencia de cualquiera. Así, no es raro que alguien pregunte:

—¿Y esta es la original o réplica?

La guía entonces frunce el ceño y responde: "¡Pero cómo va a ser réplica! Todo acá es de la época. Original. Todo".

El omnipresente.

En estos días, muchos turistas parecen llegar a Cuba con especial prisa. Las cifras oficiales apuntan a que los visitantes superaron los tres millones y medio en 2015. Aunque hace varios años que la dictadura local pareciera al borde de caer, la sensación de que algo va a cambiar —ahora sí— es más fuerte. Aunque eso no llega a una finca de 26 hectáreas ubicada a tan solo 93 kilómetros de Santiago de Cuba.

Birán está enclavado en medio de las sierras, alejado de los ruidos de la ciudad y de los caminos asfaltados. Es el pueblo donde nacieron Fidel y Raúl, y donde todavía se encuentra la finca que en 1915 adquirió Ángel Castro, el padre de origen español de los líderes de la revolución. Desde 2002, el recinto está transformado en un complejo histórico. Por 5 pesos cubanos (y 10 pesos más si desea ingresar con cámara fotográfica; es decir, unos 15 dólares en total), los visitantes pueden conocer la casa natal de los Castro (en realidad, una réplica; la original se incendió en 1954), la escuela rural donde se educaron, además de un hotel, la oficina del telégrafo y el bar La Paloma.

Hace un par de años ya que es común ver la romería de buses de turismo y autos nuevos que llegan de visita a Birán. Hoy, por ejemplo, se ve un Audi A4 y un Mercedes Benz clase C, de los que baja un grupo de estadounidenses para sumergirse en la tarde húmeda y calurosa.

Ethan Hall tiene 41 años y es uno de los más de 94 mil estadounidenses que han llegado a la isla en lo que va de este año. Junto a su familia vinieron para conocer la parte inexplorada de Cuba. "¡Había que venir antes de que fuera demasiado tarde!", dice casi a los gritos. Ni él ni su familia disimulan la euforia por estar aquí.

En un día normal —el complejo abre de martes a domingo—, hasta 800 turistas visitan la finca. "La gente viene con la idea de conocer un poco más de Fidel. Acá pueden encontrar cosas que en La Habana no", dice Lázaro Castro, que es director del museo que funciona en el lugar.

Aquí está, por ejemplo, la casa que Ángel Castro alguna vez mandó a construir para Fidel y que este nunca llegó a ocupar realmente: solo la usó en ocasiones. La casa está amoblada, aunque escasamente. Son dos plantas pintadas de un fuerte celeste (el color original) donde uno podría imaginar algo de la vida en la Cuba de la primera mitad del siglo pasado. Hay una antigua televisión en la sala de estar, rodeada con bustos de Raúl y Fidel, y se ven adornos como un cocodrilo vestido a la usanza "revolucionaria": entero de verde oliva y con gorra.

Después de cuarenta minutos de recorrido por distintos edificios de la finca, viene al fin el momento más esperado: la visita a la casa familiar de los Castro. Aunque es una réplica de la verdadera construcción, el interés (y hasta emoción) de los que andan por aquí es evidente. Ahora sí, el lugar donde vivió el líder de la revolución.

"La casa hoy se encuentra en remodelación, así que es imposible recorrerla", dice entonces el director. Los visitantes paran en seco y comienzan a devolverse lentamente hacia los buses que los trajeron hasta Birán. Hay sonrisa de desencanto, miradas de resignación. Abandonar la finca sin visitar la casa de los Castro es como dimitir en medio de la batalla, dejar a medias la revolución que significa conquistar Cuba antes de que cambie. Pero no queda más que hacer.

Recién el 13 de agosto, cuando Fidel Castro celebre su cumpleaños número 90, la que fue la casa de su familia en Birán (es decir, la réplica) volverá a estar abierta para los que llegan a la finca. Antes de subir al auto, y después de sacar una foto casi por inercia, Ethan Hall asume el costo: "Tendremos que volver para visitarla. Ojalá no sea demasiado tarde". 

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