ROSSANA TADDEI

"La música fue siempre mi salvación"

A los ocho años empezó a ensayar en Suiza, casi como un juego. Desde entonces las canciones son parte central de la vida de esta artista que prioriza la conexión con su público.

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Rossana Taddei prioriza la conexión con su público. Foto: Marcelo Bonjour.

"La canción, la música", contesta sin dudar Rossana Taddei cuando se le pregunta por su lugar en el mundo. La respuesta, que en otros artistas puede sonar a lugar común, aquí no lo es. Es esa misma música que desde los ocho años ocupa siempre algún momento de su día, cuando piensa en una letra, escribe un texto, la escucha o lee algo que termina convirtiéndose en canción. Es esa misma música que llega de una conversación trivial o de una película y que despierta a la inspiración. Y, sobre todo, es esa misma música que siempre fue su "salvación".

Pero si se la pone en el aprieto de elegir un lugar físico, Taddei escoge al Fortín de Santa Rosa, donde hoy vive y se conjugan las dos geografías que marcaron su vida: hay bosque como en Pregassona, el pueblo suizo donde residió hasta los 11 años, y hay mar como en este Uruguay que la recibió y donde es feliz. "Tiene como los mismos aromas pero como entreverados, es como muy fuerte para mí", dice con una sonrisa, esa misma que la suele acompañar en el escenario y que mantiene también debajo. Es que a la hora de elegir, aquí también hay una opción: la de quedarse con lo bueno. Aunque lleve trabajo y energía, convertir lo negativo en positivo es su impronta.

Contrastes.

Cuando Rossana (48) tenía solo un año y su hermano Claudio tres sus padres, Julio y Cristina, atravesaban una situación económica muy complicada. Eso, sumado a una realidad política que no ayudaba, hizo que decidieran partir hacia Suiza, donde había nacido él, y armar allí su vida. Por ese motivo, la primera lengua de Rossana fue el italiano. Aunque en su casa mantenían el español, la escuela era en ese idioma y también buena parte de la música que escuchaban, en la que se mezclaban algunos discos que habían llevado desde Uruguay de Zitarrosa, Mercedes Sosa, Los Olimareños y Viglietti, y las canciones de los chilenos Inti Illimani, furor en ese momento también en esa parte del mundo.

Fue en esa casa de puertas abiertas en Suiza donde su primo José Luis Taddei y un amigo, Stefano Marsiglia, vieron que Rossana y Claudio tenían condiciones para la música. Con ellos los hermanos Taddei dieron sus primeros pasos; los cuatro ensayaban a menudo. Rossana empezó con un bombo que era casi más grande que ella y que la hacía sentir importante porque tenía que llevar bien el ritmo. Así, de a poco, fue incursionando en otros instrumentos como la guitarra y el charango. Además, ejercitó su memoria para saber las letras y aprendió a "sostener" los ensayos, a estar atenta, a que había que estudiar, a que a veces tenía que seguir por más que estuviera cansada o le dolieran las muñecas, a que era necesario cierto sacrificio.

Por esos días cantaba muchas canciones que no terminaba de entender. Lo que sí captaba era que estaba viviendo en un país que no tenía nada que ver con el que había nacido, al que había vuelto una vez en 1974, y del que tenía pocos recuerdos. Pero cuando tenía 11 años sus padres tomaron la decisión de regresar a Uruguay. Ella estaba entusiasmada por ver a su adorada abuela Lila, pero desarmar la casa, elegir qué dejar y qué llevarse no fue fácil. Después de 15 días, el barco que los traía —a ellos cuatro y su perra Titina— atracó y toda la familia esperaba en el puerto de Montevideo. "Empecé a saludar uno por uno, seguí saludando también gente que no era, eso era como inmenso", recuerda. Fue el principio de una suerte de shock que traería ese cambio de tierra.

Lo primero, además de reuniones familiares y vínculos que se afianzaban, fue aprender bien español, una lengua que dominaba a medias y con acento italiano. También absorber lo básico de historia y geografía para poder ingresar a Secundaria. Llegó marzo y el Liceo 8 se convirtió en una "enorme palestra" de lo que es Uruguay. Todo — idiosincrasia, vínculos, instalaciones de un local para estudiar que se goteaba, la humedad— era distinto a Suiza. Rossana se sentía observada, diferente. Usaba trenzas —le decían Paloma por la protagonista de una telenovela—, le preguntaban si seguía a Parchís o Menudo y ella contestaba que escuchaba Inti Illimani y Violeta Parra. "Me parecía una cosa espantosa Súbete a mi moto, me parecía surrealista que se coparan con eso cuando había tanta música".

Todo cambió cuando se unió al coro. "Como siempre fue la salvación la música", dice. En esa oportunidad la ayudó a integrarse. Tanto, que un par de años más tarde había formado una barra gigantesca que se juntaba, y claro, cantaba. Casi enseguida con dos amigas, Inés Kurucz y Alejandra Becerro de Bengoa, se presentaron al festival LAir du Temps y ganaron el primer premio: un viaje a París junto a todos los seleccionados de América Latina. Pocos días antes de partir, un copamiento a su casa, que terminó con un disparo a su padre, hace que casi no se suba al avión a Francia y que quisiera volver a Suiza. No era una edad en la que pudiera decidir emigrar, así que se quedó, y en familia trataron de reconstruir la tranquilidad, fortalecerse, y en eso la música también ayudó.

—Decías que la música siempre te salvó. ¿De qué más?

— La música creo que a todos nos salva, es un sitio de reconstrucción y es un sitio de relax. Uno puede comunicar tanto lo que emocionalmente está adentro, se deposita en ese objeto que es la canción, y esa canción es un vínculo para compartir esa comunicación con el otro. Ese ir y venir es el sitio donde se genera esa cosa muy saludable que es sanar, no solamente uno sino el que está escuchando, recibiendo y resonando. Siempre te va a gustar una música que te está resonando a nivel emocional, inconsciente. Y ese es el lugar o el hecho de comunicación que a mí me salva, que a mí me da mucha alegría, que sana, esa conexión a través de la música.

Comunicar.

La conexión es clave en la trayectoria de Taddei, en ese tránsito natural hacia la música que empezó a los ocho años y no se detuvo. Primero con canciones de otros, hasta que se animó a cantar las propias, camino que inició con Al revés. De todos modos, nunca dejó los temas ajenos, aquellos con los que conecta, siente que necesita modificar "un poco" y los vuelve a cantar como hizo en discos como Semillas o hace poco con fantásticas versiones de No existe, Final y Sin perder el tiempo en el LQQD, el reciente homenaje a Eduardo Darnauchans.

En ese espectáculo colectivo también estuvo presente otra de sus improntas: utilizar objetos, en ese caso el burbujero. Es una táctica que nació hace unos diez años cuando junto a Gustavo Etchenique —su pareja y con quien integra el dúo Minimal Mambo— tocaban en el bar Fun Fun. Ro-ssana se dio cuenta de que no bastaba con la música para atraer la atención de ese público, una platea bastante dispersa. "Había que comunicar desde lo visual, lo corporal".

Entonces, comenzó a aplicar técnicas que había aprendido cuando estudió Educación Física, carrera de la que se recibió en 1991 y ejerció durante una década. "Hubo instancias muy cómicas, como un montón de mujeres con tetas de plástico y pitos gritando se casa Juanita y yo cantando Pies de Anahí, re-profundamente. Pensaba, acá hay tremenda fiesta, y bueno, me hago mi fiesta. Llevé mis pompas. Después empecé a traer otras cositas", recuerda. Primero puso ese y otros objetos en una banqueta, después en un maletín rojo, a esta altura un clásico que siempre despierta la curiosidad del público, como una suerte de caja de pandora.

—¿Qué fue lo mejor y lo peor de estos 32 años de carrera?

—Todo siempre bueno, yo soy como muy optimista y hasta una cosa fea se convierte... A veces el proceso es más largo para convertir, pero todo lo que te va ocurriendo al final tiene un lado positivo siempre. Mi camino siempre fue de mucha constancia, mucha entrega.

—¿Estás conforme con el reconocimiento que has logrado?

—No hago una reflexión en ese sentido. Mi interés es construir la canción, cantarla, grabarla, tocar en vivo. Lo que ocurra con todo eso no depende de mí, mi entrega es la misma siempre, en el Solís o en un torneo a beneficio en la cancha de un club. Es como un regalo para uno poder cantar en el lugar que sea.

Un festejo y un disco.

Las canciones de Ro-ssana Taddei confluyen en todos los géneros, dice la artista. "Recién hace cinco o diez años se empezó a aceptar que haya músicos que hacemos canciones sin un género. Hay un movimiento fuerte en este sentido. Para mí era una mochila tener que definirlo", admite.

Por estos días, buena parte de las energías de Rossana están puestas en el concierto que dará el 6 de mayo en el Teatro Solís para festejar el décimo aniversario de Minimal Mambo, el dúo que conforma con Gustavo Etchenique y que nació por casualidad, un día que el resto de la banda no podía acompañarlos en un concierto.

Además, prepara temas para su próximo disco, para el que apeló al crowdfunding y logró recaudar 44% de la meta, que era de 200 mil pesos. De todos modos, no quedó desconforme. "Hemos hecho discos con mucho menos". El álbum, que espera comenzar a grabar después del concierto y editar en marzo próximo, contendrá temas propios que viene componiendo desde hace un año, entre ellos uno que se llama La primera canción. "La cuestión es que hay una gran conexión entre las canciones de ahora y las de antes. No soy de esas personas que reniegan de lo que hacían. Yo estoy en paz con todo eso", dice.

SUS COSAS.

Su deporte.

Si hay algo que Rossana extraña de no vivir en Montevideo es la natación, que piensa retomar en breve al menos una vez por semana, seguramente los miércoles, cuando viene a la capital porque da clases en el Taller Uruguayo de Música Popular, TUMP. "Nadar me da libertad y es una meditación, se organiza todo en una línea".

Su maletín.

Ya de adulta, Rossana vivió de nuevo en Suiza por un año y medio. Allí se acostumbra, una vez por semana, dejar cosas en la calle para que otros agarren: así vio el maletín rojo, que primero usó para guardar cosas y después incorporó a sus espectáculos. "Empecé a meter de todo adentro y vi que despertaba la curiosidad de la gente", dice.

Sus animales.

En la casa de Rossana y Gustavo hay varias mascotas, todas adoptadas y la mayoría con nombre de otro animal al que se "parecen". Son tres gatos —Paloma, Zorro y Almendra— y Canguro, un galgo que estaba abandonado, quebrado y muy flaco. Los gatos también están presentes en los tapices que ella borda sobre arpillera, ya que también es artista plástica.

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