el "¡bernabé, bernabé!" de TOMÁS DE MATTOS

Una obra mítica

Desde Jerusalén, un novelista, crítico y traductor israelí relata su encuentro con esta novela épica.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Tomás de Mattos. Foto Archivo El País

ENTRE LAS artes, la literatura es la que con más facilidad sufre del encierro. Para cualquier viajero que llega de visita a una cultura que le es extraña, la pintura local, la danza, la música o la escultura se le prestan para ser consumidas y hasta digeridas en un encuentro directo, sin intermediarios. Pero sin dominio de la lengua, la literatura local se encuentra relegada al silencio. Sin embargo, dado que la lengua de Cervantes es la octava más usada en el mundo, no es raro que el viajero ilustrado encuentre obras de autores de lengua castellana, y que intente leerlas de la manera más elemental. Una lectura sencilla puede basarse en la ignorancia, curiosidad, azar o razones que nada tienen que ver con un contexto cultural más amplio. Así fue que el autor de esta nota ingresó a la obra de Tomás de Mattos. Y lo hizo por el portón ardiente de su jardín de las delicias, por ¡Bernabé, Bernabé! Ardiente por el contexto histórico, local-uruguayo, que es el exterminio de los charrúas, gente que para el que viene de lejos son "los de la garra", uno de esos pueblos que despojados de existencia se presentan a través de una serie de lápidas borrosas en el cementerio de las memorias nacionales del continente americano, como son los cementerios de todos los pueblos. La mera presentación de la novela como "crónica novelada" no solo carecía de interés, más bien era un pecado a la pureza del encuentro literario, esa lectura simple y directa, ciertamente ingenua, a la que los viajeros someten obras que se les presentan en el camino.

Qué importan las definiciones, qué importan las incomodidades locales, los pleitos entre los que izan una bandera u otra. La novela es la que ocupa la mente, es la que sale a luchar por el espacio del lector, por su atención. ¡Bernabé, Bernabé! anotó una victoria inmediata. Tanto que ni importaba si era "verdad" lo que contaba, porque todo buen lector sabe que la verdad es la obra, y no al revés. De repente, un western, una novela de Conrad, una tragedia griega a galope en la Banda Oriental, un Tolstoi en el Cáucaso charrúa, un moralista uruguayo, un maestro del relato a ritmo decimonónico, cuyas ideas se presentan a venas abiertas, de una relevancia contundente, actual hasta el dolor. Ay, Bernabé, tan humano, tan nuestro. La gloria, la ambición, la vergüenza, el crimen, la garra secuestrada, Artigas que nunca podrá ser visto sin la sangre inocente que lo mancha como a un David que manda a Urías a matarse en el frente. Bienvenido a la República Oriental del Uruguay. Otro lugar del mundo donde las burbujas fétidas del pasado rompen a través de la tierra bendita donde se cultivó el olvido nacional. El viajero viene de lejos, ha pasado por muchos países. Sabe que leer las grandes novelas no implica escoger un bando, sea civilización o barbarie, gobierno republicano blanco o soldado charrúa. La lectura de una obra maestra nos convierte en todos, en todo.

Esta es la calidad bíblica de la obra del maestro Tomás de Mattos. "Bíblica", gran epíteto, que puede ser sustituido por "mítica". En términos de la cultura judía se hablaría de midrásh, es decir del cuento que recuenta la historia o el texto sagrado, amplificando un episodio, imaginando sus pormenores, expandiendo sus dominios usando una voz factual, absoluta en su autoridad y a la vez juguetona, saboreando lo literario. Es así que se entra en territorios problemáticos, es así que se critica sin grandes declaraciones didácticas, y es así que se sacan a relucir los cadáveres sepultados en los vergonzosos campos del olvido. Pues sí: ¡Bernabé, Bernabé! es un midrásh hebreo, al menos en cuanto a su género literario. Como Los pichiciegos de Fogwill. Ni uno ni otro lo supo. Fogwill no lo negó. Con Tomás de Mattos no tuve la oportunidad de presentar la pregunta, en el único encuentro en su despacho señorial de la Biblioteca Nacional en Montevideo. No importa. Las novelas clásicas que hablan de "lo que sucedió" y arman un mundo moral que apunta al presente, son siempre midrashím, como se escribían hace dos mil años en hebreo o arameo en Palestina, Babilonia y la cuenca del Mediterráneo. Un año antes de la caída del Muro de Berlín, con la memoria de los procesos de Nüremberg y el juicio de Eichmann, un par de años antes del nuevo round de las guerras balcánicas, poco tiempo antes de que se hablara francamente de los 500 años de América cuyos pueblos se quitaban de encima (¿nuevamente?, ¿definitivamente? O quizás solamente de manera un poco más lúcida y abierta) las dictaduras, el uruguayo Tomás de Mattos publicaba su novela que permite recordar lo que dijo Louis Brandeis en 1914, víspera del comienzo verdadero del siglo XX: "La luz del sol es considerada el mejor desinfectante". Charrúa de indudable garra, Louis Brandeis, como lo fue Tomás de Mattos. Si en el más allá hay una oficina de contabilidad, se le otorgará el saldo que le corresponde: ser traducido a muchas otras lenguas en este mundo tan lleno de Bernabés, y con tantos charrúas olvidados.

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