Novela de John Banville

Casa con fantasmas

Quienes lo han leído reciben esta nueva obra con alegría, para seguir disfrutando del placer que provocan sus personajes.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
John Banville

En el año 2006, en una entrevista concedida a Rodrigo Fresán, John Banville afirmó que la escritura era "un trabajo de temer, sudar y gemir buscando el sitio exacto donde ubicar la palabra justa". Cada uno de esos verbos (y si no fueron esos exactamente merecen haberlo sido) vale su peso en oro a la hora de entender lo que se agita bajo la obra de este irlandés capaz de escribir novelas con enganche, y elaborar cada página con la precisión y la lupa que se le deben a un cuento. Sus comparaciones deben figurar entre las más logradas de la prosa actual. Lo mismo puede decirse del ritmo y la atmósfera que consigue crear entre personajes y escenarios. Una de sus más celebradas trilogías —estructura que ha empleado más de una vez en su ficción— tiene como narrador y protagonista principal a Alexander Cleave, quintaesencia del individuo en crisis que es un enigma para sí mismo, tanto como lo puede ser el Hamlet shakespeariano, el Bascombe de Richard Ford, o la infinidad de personajes con y sin nombre del francés Patrick Modiano. Eclipse (2000) es la primera entrega de esa trilogía, a la que siguieron Imposturas (2003) y Antigua luz (2012), y Fresán —devoto admirador y singular personaje integrado por Banville en Antigua luz bajo el anagrama poco feliz de Fedrigo Sorrán— fantasea con que haya una cuarta parte. No porque estas tres no sean un tríptico bien cerrado, sino por el placer de que los personajes sigan dando de sí.

APAGÓN ANUNCIADO.

En Eclipse, el actor Alex Cleave regresa a la casa vacía de su niñez para pasar un tiempo en el campo y encontrarse a sí mismo. Pero entre él y la luz se interponen varios satélites: un insuperable pánico escénico que lo obliga a retirarse de los escenarios; la relación cuesta abajo con su esposa Lydia, marcada por poca intimidad y reiterados deseos de pegarle; la lejanía emocional y física con su única hija, Cass, portadora de una rara enfermedad psíquica conocida como síndrome de Mandelbaum; y su propia vida, que no ha sido otra cosa que una permanente, extenuante y mentirosa representación. Claro que el campo, por aquello de que cambiar de lugar no cambia de estado, no lo ayuda en absoluto. Para empezar, la casa tiene fantasmas. Aunque Banville está lejos de hacer un relato fantástico al uso, las figuras recuerdan aquellas representaciones de la mente que atormentaban a los personajes de Solaris, tanto la novela de Stanislav Lem como la película de Andrei Tarkovski. A medida que Eclipse avanza, esas visiones se van acomodando a la expresión inquietante de un presagio. No son visitas del pasado sino anuncios del porvenir. En ese sentido toda la novela es la minuciosa preparación del gran eclipse que se instala al final, y cada detalle se vuelve clave en una relectura, incluso la simple mención de un libro quemado (entre otros: La aguja del corazón, un poemario memorable que en 1959 le dedicó el estadounidense William Snodgrass a su hija).

Pero además de fantasmas, la casa contiene dos personas bien reales: Quirke, un casero que de modo intermitente cuida la casa, y la hija de éste, una "lolita" de quince años llamada Lily, la primera de las dos muchachas donde la paternidad de Cleave vicariamente asoma como un problema sin solución. La otra muchacha será Dawn Devonport, la potencial suicida y jovencísima actriz que Cleave conocerá en Antigua luz, y con la que actuará para el cine la trágica historia de su hija Cass, novelada por un escritor de iniciales JB. Así juega John Banville: una ficción lúdica, metaliteraria, que opera por sedimentación y envolvimiento a través de las tres novelas. Eclipse termina con una noticia devastadora y un último fantasma presentándose ante Cleave. Imposturas va hacia atrás en el tiempo y narra la historia de su hija Cass con Axel Vander, un crítico literario mayor que ella y tan fraude en la escritura como él en la actuación (un doble, en realidad, que vehiculiza la zona en sombra de ese amor filial). Antigua luz, a su vez, también finaliza con una revelación imprevista y anunciada: en Banville no se excluyen los términos. Ahí Cleave ha envejecido y mientras narra la relación laboral y personal con Dawn, rememora asimismo el gran amor de su vida, su romance adolescente con la señora Gray, madre de un compañero de colegio. Esa historia trunca, donde por primera vez Cleave articuló la delicada bisagra entre la felicidad y el dolor, es posiblemente la mejor de las tres, no solo por el dinamismo y la tensión erótica que Banville por fin libera en su protagonista, sino porque resume y a la vez espesa el material previo.

Cada novela es única y perturbadora. El tríptico es deslumbrante.

ZONA DE CONFORT.

Eclipse es una inmensa, irónica reflexión de Cleave sobre su ser y su devenir: "me duele la mente con tantos recuerdos fútiles", dice. Reflexión que incluye un puñado de anécdotas, algunas rarezas (como la de ir a llorar al cine o seguir a extraños en la calle con el único propósito de atisbar otras vidas), y la observación obsesiva de sus dolores, su modo de masturbarse o perderse en ensoñaciones. Pero esa capacidad para mirarse es proporcional a su incapacidad de verse. Mira, pero ve fantasmas. Lo mismo ocurre con sus búsquedas interpretativas. El paralelo con los narradores de Patrick Modiano es sintomático aunque parcial. Los protagónicos del Nobel francés buscan un nombre, un origen, un pasado (sin querer de verdad encontrarlo); Cleave conoce bien su nombre, su origen y su pasado y sigue sin saber quién es. Y por supuesto tampoco lo quiere saber ni salir de la zona de confort de la oscuridad, del consuelo de las palabras antiguas y los recuerdos sellados. Por algo la saga termina, en Antigua luz, con un Cleave adolescente que tras perder a su amada madura se refugia llorando en el cuarto de su madre, se acuesta en el suelo y se duerme oyéndola roncar, mientras amanece.

John Banville (Wexford, Irlanda, 1945), autor hasta ahora de dieciséis novelas, ganador del prestigioso Premio Booker con El mar (2005), está considerado un "escritor para escritores" algo que siempre —bajo el superficial elogio— esconde una manera de señalar dificultad, complejidad, exceso poético en la prosa o, en el mejor de los casos, "estilo". Él mismo alimenta la exclusión creándose un pseudónimo, Benjamin Black, con el que firma novelas de una tonalidad más negra y más light, que le salen rápidamente. No es el caso de Eclipse, donde cada frase se nota pensada y bordada, o donde cualquier descripción o sencillo registro de la realidad aparece dibujado en profundidad y enmarcado por un enfoque interpretativo que modifica su aparente simpleza. Pero además no es el caso porque aquí Banville se permite ser sensible, ácido y "trascendente" (sí, la palabra es esa, por devaluada o manoseada que esté) y ese combo, servido a través de una prosa impecable, es irresistible.

Quizá lo más singular de Alex Cleave como personaje, lo que preserve a este tibio farsante del olvido, sea ese trazado a lápiz, ese "esfumado" grisáceo que a la vez nos impide definirlo, nos deja entrever su vulnerable esencia. Lo podrían retratar dos versos inmortales de Emily Dickinson: "el corazón pide placer primero/ después, ser excusado del dolor".

A quién no.

ECLIPSE, de John Banville. Alfaguara, 2015. Buenos Aires, 242 págs. Trad. de Damià Alou. Distribuye Penguin Random House.

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