KRISTEL LATECKI Y EL ROCK URUGUAYO

Aportes para una historia

Las bandas y los boliches de dos décadas en un nuevo abordaje.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
La Vela Puerca © Archivo El País

La aparición de un nuevo libro que investiga un período reciente del rock uruguayo, del que poco se ha escrito, genera interés. Que la autora sea una periodista de apenas treinta años de edad aumenta ese interés dado que el trabajo es encarado por una persona joven. Perteneciente a una generación que no vivió por sí misma el fenómeno, Kristel Latecki tiene el buen tino de recurrir a las voces de algunos de los protagonistas del movimiento para contar parte de esa historia roquera que comenzó varios años antes. En 1957 se estrenó en Uruguay la película de Richard Brooks Semilla de Maldad (Blackboard Jungle, 1955). Venía precedida de gran éxito en su país de origen e incluía una canción de Bill Haley & His Comets destinada a marcar la historia. El tema, que había tenido una modesta repercusión al momento de salir al mercado, resurgió como símbolo del inicio de un movimiento que empezaba a tomar fuerza en todo el mundo. Se llamaba "Rock around the clock". En el excelente documental Música Popular Uruguaya, Fernando Peláez (autor de los dos tomos De las Cuevas al Solís) y Dino (Gastón Ciarlo) recuerdan el escándalo que se generó cuando llegó esa película a Montevideo y los jóvenes saltaban a bailar en la parte delantera de las salas o directo sobre las butacas cuando sonaba la canción. Las críticas de la prensa y de los adultos fueron feroces. Sin embargo la preocupación era menor. Para la gran mayoría esa música, y los "rockistas" (sic), eran un fenómeno pasajero. Al final de esa década nacieron las primeras bandas uruguayas. La primera que trascendió a nivel internacional fue TNT, trío conformado por los hermanos Tony, Nelly y Tim Croatto. En 1960 grabaron en Buenos Aires un primer simple para RCA con su canción "Eso", de gran éxito. Los Blue Kings, una banda de Paysandú que luego se llamó Los Iracundos, también estuvieron entre esos pioneros. A mediados de los sesenta, con la explosión de la beatlemanía, surgen Los Shakers. Ya nada fue igual. Esa música, a la que se auguraba vida efímera, ya supera los sesenta años de vida.

El llamado rock uruguayo tuvo varias etapas. Con agregado de ritmos locales, como el género denominado "candombe-beat", a fines de los sesenta y comienzo de los setenta bandas como El Kinto, Los Delfines, Opus Alfa, Psiglo, Totem, Días de Blues y Los Campos, por mencionar solamente algunas, eran muy escuchadas por los jóvenes. El quiebre institucional de 1973 marcó una primera gran herida y varios músicos que integraban esas bandas se radicaron en el exterior. Si bien en la segunda parte de la década de los setenta hubo bandas que siguieron haciendo rock, el denominado Canto Popular ocupó un espacio preponderante en la escena nacional. Hacia el final del gobierno militar surge el llamado rock post-dictadura. El fin de ese movimiento lo marca el festival Montevideo Rock II de 1988, donde Los Tontos fueron agredidos por el público. El contexto político colaboró con ese desencanto, especialmente con el plebiscito de 1989 y la derrota del voto por la derogación de la llamada Ley de Caducidad. La frustración y algunas de las características de ese movimiento fueron las causas de que languideciera. Solo algunas bandas cambiaron a tiempo para cruzar el puente que los llevaría a la década que comenzaba.

VAIVENES.

A partir de su tesis final para la carrera de Comunicaciones en la Universidad O.R.T. (sobre los boliches que cobijaron al movimiento roquero), Latecki se propuso un trabajo más amplio que abarca dos décadas del rock uruguayo, alentada por su tutor de tesis Álvaro Buela. Nos íbamos a comer el mundo es el título del libro que se divide en tres grandes capítulos: el renacimiento en los noventa, esos boliches donde el movimiento creció y la explosión en la década del 2000. Quienes relatan, entre otros, son músicos, periodistas, productores y responsables de varios centros nocturnos que fueron reporteados por la periodista. Además del eficaz trabajo de edición, la autora aporta notas introductorias a cada sección en la que se divide el trabajo.

Un primer acierto del libro es la forma en que las entrevistas se intercalan. Logra que se genere una especie de tertulia donde las opiniones se complementan o contradicen, enriqueciendo el resultado. En el intercambio, el lector se transforma en un privilegiado espectador que termina conformando un cuadro de hechos y razones que llevaron al rock por un camino escarpado, de subidas y bajadas, en esos veinte años. Hay acuerdo en la importancia que tuvo la llegada de Mano Negra en 1992. La banda francesa arribó junto a una serie de artistas que llegaron a Latinoamérica en un barco de carga, conmemorando los quinientos años del descubrimiento de América. Sus shows abrieron la cabeza a los músicos locales ante la irreverente mezcla de géneros. Luego se detalla el desarrollo de nuevas bandas, entre ellas los bastante olvidados Chicos Eléctricos, y cómo se conformó un nuevo panorama roquero que creció en esa década. Para entender ese crecimiento es importante el segundo capítulo del libro donde se relata la historia de lugares que albergaron a esos músicos. Juntacadáveres, Amarillo, Perdidos en la Noche, Pachamama y BJ son los elegidos. Finalmente, la última parte intenta explicar el fenómeno del boom del rock en los 2000, contemporáneo a una de las peores crisis económicas de nuestro país, y cómo culminó en festivales multitudinarios como el Pilsen Rock de Durazno y la Fiesta de la X.

HISTORIAS EN LA HISTORIA.

Es una lástima que a esa lograda edición de los dichos de los entrevistados, no se la acompañe de ningún análisis o conclusión por parte de la autora. Las introducciones a las secciones de los capítulos son un tanto obvias y poco agregan. La parte más tediosa, y a la que le sobran unas cuantas páginas, es la historia de los boliches. Se suman anécdotas que pueden ser divertidas pero terminan reiterándose y diluyen su aporte. Acaso el hecho de que aquella tesis, núcleo de este trabajo, fuera sobre esos lugares nocturnos le jugó una mala pasada y no supo acotar a lo necesario el relevamiento de historias de esos sitios donde se consolidaron varias de las bandas que aquí aparecen.

Pese a ello el conjunto es valioso. En especial se destaca la última parte donde se relatan los cambios que se dieron en la década del 2000, el recuperado fervor del público que pareció explotar a partir del álbum De bichos y flores (2001) de La Vela Puerca con su mega éxito "El viejo", el impensable suceso de los festivales Pilsen Rock llevados a cabo en Durazno y el objetivo de varios de los grupos por trascender fronteras.

A pesar del declive del rock post dictadura, bandas como la mencionada La Vela Puerca, el Cuarteto de Nos o No te va a gustar apuntaron a otros mercados para hacer viable su permanencia y crecimiento, con éxito. El libro concluye con el final de ese boom, así como la forma en que bandas y solistas tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos.

El trabajo de Latecki ayuda a comprender esas dos décadas, tan ricas como cambiantes, y es un buen aporte para seguir construyendo la historia del rock uruguayo.

NOS ÍBAMOS A COMER EL MUNDO. 20 años de rock en Uruguay (1990-2010), de Kristel Latecki. Ediciones B, 2016. Montevideo, 428 págs.

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