Historia

Sobrevivir a la Segunda Guerra

Fue piloto, estuvo en un campo de concentración y logró escapar; hoy vive en Uruguay.

Recuerdos: Coman junto al modelo de avión que piloteó. Foto: Francisco Flores
Recuerdos: Coman junto al modelo de avión que piloteó. Foto: Francisco Flores

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A pesar de sus 94 años, Enrique Coman recuerda como si fuera hoy lo que vivió como piloto durante la Segunda Guerra Mundial, así como todo lo que experimentó en el campo de concentración en el que fue recluido y del que logró escapar. Aunque hace más de 50 años que vive en Uruguay, aún conserva una mezcla de acento rumano y francés, producto de los años que vivió en ambos países.

Hijo de padre rumano y de madre francesa, Coman nació en Rumania y vivió allí hasta los 13 años, época en la cual se comenzó a vislumbrar que el desenlace de la Segunda Guerra Mundial era inevitable. En ese entonces su madre decidió enviarlo a estudiar a París donde vivía su tía, Estuvo en esa ciudad por tres años hasta que emigró a Inglaterra en un intento de escapar de la ocupación alemana en tierras francesas.

“En Inglaterra, a la edad de 16, entré en una escuela militar para aprender a volar aviones de caza, aunque ya tenía alguna experiencia en el aire porque en Rumania era muy común que los niños manejaran planeadores desde pequeños aprovechando los vientos ascendentes de los Cárpatos”, explicó Coman en una charla con El País en su vivienda en Solymar.

Un año y medio después, según cuenta, pudo comenzar a pilotear los aviones de guerra: su tarea consistía en cruzar la frontera hacia Francia para observar desde el aire los movimientos de las tropas alemanas e informar a los ingleses. “Lo único que no podía hacer era comenzar una batalla aérea porque Inglaterra tenía pocas aeronaves y los alemanes tenían muchas. No importaba que yo muriera pero el avión no se podía perder”, contó en tono de humor.

Un día, durante uno de sus vuelos de rutina, la cola del avión fue alcanzada por el fuego antiaéreo. “Empezó a caer en espiral y no tuve otra alternativa que tirarme en paracaídas. Hasta ahora me pregunto cómo logré hacerlo”, recordó Coman.

Se llevó varios golpes cuando tocó suelo, pero lo peor es que cayó en tierra enemiga. A los pocos minutos aparecieron dos camiones con tropas alemanas. “Me llevaron a golpes, me encerraron en un lugar y durante varios días me interrogaron. Querían saber cuántos aviones caza tenía Inglaterra, qué misiones habían ejecutado y cómo habían impactado los ataques alemanes en el país. No tenía la menor idea de como iba a terminar, si fusilado o preso”, contó. Luego de tres días, y tras haberle aplicado varios métodos de tortura, decidieron enviarlo a un campo de concentración al sur de Polonia.

Vivir encerrado.

Durante casi un año, Coman vivió en los enormes barracones de los centros de detención, donde los castigos y el trabajo inhumano eran moneda corriente pero no así la comida, que la mayoría de las veces era escasa y se reducía a una suerte de sopa con papa hervida. Convivían con las ratas que pululaban por el lugar y en varias ocasiones, a falta de proteínas, terminaban siendo la cena de los recluidos tras limpiarlas y fritarlas.
“Trabajábamos todo el día: si no era en el campo, plantando y cosechando los alimentos que luego íbamos a consumir, era en la limpieza o en la cocina”, contó el hombre. Para poder sobrevivir, entabló amistad con muchos de sus compañeros de barraca, “porque era la única forma de soportar el encierro”. Fue testigo también del asesinato de varios de ellos a mano de los alemanes.

“Eran momentos de miedos, rabia y desesperación”, pero la gran motivación eran las reuniones secretas que mantenían todas las noches en las barracas, donde él y sus compañeros más cercanos soñaban con una posible fuga.

El plan de escape de Coman y sus amigos consistía en construir un túnel de 16 metros que sobrepasara los sucesivos alambres eléctricos y permitiera llegar al exterior. Para eso debían cavar en invierno, donde los fuertes vientos y las nevadas eran habituales y maquillaban cualquier ruido que se pudiera filtrar por los barracones. Si lograban escapar la nieve taparía también las huellas que pudieran dejar en su huida. “Dos de mis compañeros me siguieron con el plan y estuvimos más de dos meses cavando noche tras noche, luego de que los restantes ocupantes de las barracas se iban a dormir. Aunque intuían lo que estábamos haciendo no sabían ni cuándo ni cómo pensábamos escapar”, contó. La única herramienta que tenían para cavar eran latas de conserva. “La noche del 24 de diciembre, a las 2 de la madrugada, decidimos por fin escapar”.

Cientos de kilómetros.

La huida se concretó y una vez afuera les esperaba otra dura prueba; debían caminar más de cinco meses para llegar al Mar Negro o a algún pueblo rumano donde pudieran refugiarse.

Caminaron dos meses y medio en pleno invierno. A su alrededor lo único que había era tierra quemada y casas reducidas a cenizas. Para comer debían buscar debajo de la nieve donde hubiera gente muerta para sacarles las mochilas, porque los soldados tanto rusos como alemanes llevaban provisiones para varios días por si no llegaba a la base.

“Tenían latas de conserva o un pedazo de chocolate; eso nos permitió mantenernos con vida”, dijo Coman.

Hasta que un día, cuando aún faltaba mucho para llegar y comenzaban a perder la esperanza de sobrevivir, vieron a lo lejos unas tropas que se dirigían al oeste. “Pensamos que era un regimiento alemán o ruso que volvía a sus bases. Nos escondimos aprovechando que no nos había visto, pero cuando se acercaron más y pudimos ver sus uniformes nos dimos cuenta de que era un regimiento rumano que había sido diezmado en Trasniska, donde habían luchado con los rusos”, contó.

Fueron su salvación; enseguida los trasladaron en camiones hasta Rumania.

“Nunca me arrepentí de haber venido a Uruguay”
A pesar de que el camino no fue fácil, dice que ha sido feliz viviendo en el país
Puerto de Montevideo

El primer pensamiento que le vino a la mente a Enrique Coman cuando llegó al puerto de Montevideo y vio su estado, fue: “qué suerte para un ingeniero que tengo trabajo para hacer. Esto hay que levantarlo todo”. Desde que puso pie en suelo uruguayo estaba entusiasmado aunque el camino no fue fácil. “Tenía suerte de haber llegado a un país en donde había que hacer cosas”, dijo. Un amigo francés conocía a Clemente Estable y le había recomendado a Coman que cuando llegara hablara con él. “Lo busqué y lo encontré y se alegró mucho al poder hablar con alguien en francés. Charlamos un rato largo hasta que le dije que necesitaba trabajar”, contó. El uruguayo le dio una recomendación que le permitió conseguir su primer empleo. A lo largo de su carrera trabajó junto con Leonel Viera, -quien realizó el Puente de La Barra- y el ingeniero Eladio Dieste y tras años de trabajo abrió su propia empresa en la que llegó a tener más de 180 obreros. Realizó cerca de 25 puentes y carreteras en Uruguay.

Una de las licitaciones que ganó fue para realizar ocho liceos durante la administración municipal del actual presidente Tabaré Vázquez. “Era una obra muy importante y yo no tenía tanto capital por lo que fui a los bancos a pedir dinero para hacer todas las obras en el plazo que me habían dado”, contó. Le otorgaron el préstamo y comenzó a construirlos, pero demoraron 2 años en pagarle las obras. “Cuando fui a saldar la deuda a los bancos me habían comido los intereses y ya era viejo, por lo que no podía empezar de nuevo”, dijo. A pesar de todo lo vivido, dice que no se arrepiente de haber venido a Uruguay. “Fue un regalo haber venido porque encontré una esposa increíble, tuve trabajo siempre y el uruguayo es un tipo que te recibe con cariño. Nunca encontré una puerta cerrada y he tenido la posibilidad de hacer todo lo que quise”, dijo. Toda su vida está resumida en sus “Memorias de un Emigrante”, un texto que realizó no con fines comerciales sino para acercar su historia a los otros. Se puede descargar gratis en internet.

Un cambio en su suerte y su viaje hacia Uruguay

Cuando llegó a su ciudad natal trabajó durante un tiempo como voluntario retirando los cuerpos de los bombardeados hasta que entró a la Facultad y comenzó a estudiar ingeniería. Hizo parte de la carrera en Bucarest y luego revalidó y se terminó recibiendo en París. “Fui unos de los primeros ingenieros que egresaron después de la guerra”, contó. Al culminar sus estudios se vislumbraba lo que luego sería la Guerra Fría. “Pero yo no quería más guerras”, recordó. En ese entonces, dice, su suerte comenzó a cambiar. Durante su fiesta de recibimiento organizada por su tía, conoció a una amiga de ella, “una mujer muy viajada”, según recuerda. “Le dije que quería irme de Europa a un lugar tranquilo donde pudiera trabajar. Sin dudarlo me recomendó Uruguay, un país del cual nunca había escuchado hablar ni sabía dónde quedaba. Al llegar al hotel, tomé un mapa, y lo encontré. Era un puntito”, recuerda con una sonrisa. Consiguió una visa y se embarcó hacia Uruguay, sin saber una palabra de español, en un viaje de 25 días junto a cientos de personas que iban en busca de un futuro alejado de la guerra.

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