EUCARISTÍA CARIBEÑA

La parroquia montevideana que acoge a inmigrantes religiosos y suaviza su choque cultural

Una vez por mes, la misa de inmigrantes de Nuestra Señora De La Asunción logra que muchos extranjeros creyentes se sientan congregados y conectados con sus raíces.

Inmigrantes también reciben ayuda en la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción. Foto: Francisco Flores
Inmigrantes también reciben ayuda en la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción. Foto: Francisco Flores

Uno de los choques culturales más fuertes que a Esther Bueno le tocó afrontar apenas pisó suelo uruguayo 33 años atrás fue reconocer que aquí la gente es más laica que en su República Dominicana natal. “Una de las expresiones que más me llamaba la atención escuchar era, ‘no soy creyente’. Eso formó parte de mi shock cultural por mucho tiempo”, asegura Esther.

Ella estaba en Pensilvania cursando un máster en literatura y se cruzó con un uruguayo que estudiaba agronomía. Se enamoraron en 1978, se casaron ocho años después, y desde entonces se radicó en Montevideo.

Tuvo la fortuna de dar con un uruguayo que practica la religión católica y la acompaña a Nuestra Señora de la Concepción desde el día uno. Esa iglesia les queda cerca de su casa, pero el último domingo del mes Esther cambia su rutina y se arrima a la Parroquia Nuestra Señora De La Asunción, Madre De Los Migrantes (Luis Alberto de Herrera 2231) para participar de la misa de inmigrantes.

Es abierta a todo público, pero hay ciertos condimentos que retrotraen a los casi 20 fieles extranjeros que asisten a las misas de sus pagos: en el Caribe son más dinámicas, se canta más alto, se realizan ofrendas de pan, vino, y luz, y las da un cura mexicano (Hermilo) o uno haitiano (Tamar).

“Fue muy grata la experiencia de encontrar por primera vez sacerdotes inmigrantes después de 33 años de vivir en Uruguay. Se siente cierta identidad, familiaridad y empatía hacia estas personas porque nos recuerdan a Centroamérica y nos acercan a nuestro terruño”, opina Esther.

Segunda familia.

Daysi Tabarez se radicó en Uruguay cinco años atrás y al llegar sentía que le faltaba algo. Había estado vinculada a los asuntos de la iglesia desde que tenía uso de razón en Dominicana, se crió yendo a actividades religiosas con su familia, y no participar de forma activa en ningún templo le generaba mucha nostalgia.

“Iba a la Catedral de Ciudad Vieja todos los domingos porque me queda cerca, pero hace dos meses me enteré que había una misa de inmigrantes en una reunión que tuve en la embajada, y empecé a venir. Es la primera vez que me siento congregada desde que llegué a Uruguay”, asegura Daysi Tabarez.

Añoraba las misas dominicanas y en la Parroquia Nuestra Señora De La Asunción encontró una celebración similar a la de su país. “La eucaristía es un poco más caribeña, no sé si porque los párrocos son inmigrantes, pero la siento más viva, y menos pasiva”.

Daysi está feliz porque logró traerse a su hijo Sergio un mes atrás. La religión la ayuda a extrañar menos su país. Dice haber encontrado una familia con sus mismas tradiciones en el grupo de dominicanos católicos.

Es que esta misa, según sus protagonistas, se vive como un espacio de integración y encuentro. “Es la posibilidad de unificar criterios, de vernos, conocernos, conversar, y la forma de no perder nuestra identidad”, asegura Rafael Marmolejos, ideólogo de esta misa de inmigrantes.

Entre 15 y 20 inmigrantes participan de esta misa especial. Foto: Mariel Varela
Entre 15 y 20 inmigrantes participan de esta misa especial. Foto: Mariel Varela

Espacio de contención.

La Parroquia Nuestra Señora de la Asunción se convirtió también en un lugar donde los inmigrantes recién llegados en situación de indigencia reciben colaboración. En el fondo del templo hay unas pequeñas casitas, y hoy 18 extranjeros encuentran techo y comida allí.

La propuesta es que permanezcan como máximo tres meses alojados en la parroquia, un tiempo prudencial hasta que logren insertarse en el mercado laboral. La iglesia organiza talleres con miras a orientarlos para que encuentren trabajo.

También reciben ayuda de los fieles que donan ropa, y de otros inmigrantes instalados hace más tiempo en Uruguay, y con mayor respaldo económico.

“A veces armamos una gran comida entre personas de distintos países, cobramos un ticket para quienes quieran participar, y con ese dinero compramos víveres para los inmigrantes que están en la parroquia”, cuenta el dominicano Víctor Feliz.

Él llegó hace cuatro años y fue uno de los que encontró en Nuestra Señora de la Asunción la contención que necesitaba.

“Llegamos sin tener a dónde ir y el Padre Hermilo nos abrió las puertas para que pudiéramos venir a jugar al basquetbol, al fútbol e incluso cocinar. Sirvió para que me integrara y después yo mismo llevé a otros compatriotas, ya que ahí teníamos un lugar donde reunirnos, armar comidas, o jugar un dominó”, cuenta Víctor Feliz.

El padre Tamar es haitiano y dio la misa del 24 de marzo. Foto: Francisco Flores
El padre Tamar es haitiano y dio la misa del 24 de marzo. Foto: Francisco Flores

Llegó a este templo ubicado en Luis Alberto de Herrera por recomendación de Rinche Roodenburg, presidenta de Idas y Vueltas, ONG que ayuda a inmigrantes, y ahí encontró un gran apoyo emocional y espiritual. Fue Rinche también quien le encontró un trabajo en la construcción, que conserva hasta hoy.

Esta parroquia es su segundo hogar. Le gusta ir porque lo hace sentir más cerca de su país natal. “En República Dominicana iba todos los domingos a misa porque mis padres eran católicos y siempre seguí la tradición”, dice.

Él asiste todos los domingos pero cuando hay más presencia de inmigrantes “siento más el calor porque la participación es más activa. Se nota la diferencia”.

El domingo 24 de marzo llegó un poco más tarde, se sentó al fondo y no comulgó. Explicó el motivo al finalizar el ritual: “vivo con mi pareja pero no somos un matrimonio, y eso es un pecado. Podría hacerlo igual pero mi consciencia no me lo permite. Pienso casarme y cuando eso pase podré volver a comulgar”, aseguró Víctor al salir de la misa.

Religión en tiempos modernos y tecnológicos

La mañana del 24 de marzo estaba soleada y cálida, aunque algo ventosa. Estamos de parabienes: hay monaguillo y música en vivo”, comenta Rafael Marmolejos a cinco minutos del arranque de la misa de inmigrantes. Los dominicanos están acostumbrados a ceremonias más ampulosas: las iglesias tienen un súper coro, guitarristas, y banderas. En la misa de inmigrantes aún no se implementó esa costumbre, pero Ruth Marmolejos no la descarta. Asia suele hacer pan casero para la ofrenda, pero el sábado tuvo un cumpleaños de dos compatriotas, y esta vez lo compró en el supermercado. “Es tiempo de Cuaresma, caminamos hacia nuestra conversión y liberación”, dice el padre Tamar y da comienzo a la misa. Durante esta hora interrumpirán un par de celulares, y habrá alguna madre que le ponga Youtube a su hijo para que no haga ruido, y la deje rezar tranquila. Tamar hace un ruego especial: “oremos para que los migrantes encuentren una patria que les dé comida”.

Respetar tradiciones a miles de kilómetros

Ruth Marmolejos no se perdía una misa en República Dominicana. Sus padre (Rafael Marmolejos) y su madre (Asia Pérez) son catequistas y frecuentaban la iglesia tres veces por semana. Se radicó en Uruguay 16 años atrás y la religión quedó “en pausa” por un tiempo: no dejó las oraciones, pero no iba a misa porque almorzaba con la familia de su esposo cada domingo, y sus dos hijos chicos le quitaban buena parte de su tiempo.

Se trajo a sus padres a vivir a Uruguay en 2015, y buscó una iglesia donde pudieran concurrir porque sabía lo importante que era para ellos mantener esa tradición.

Rafael Marmolejos y Asia Pérez empezaron a ir a Nuestra Señora de Fátima, y un día a él se le ocurrió la idea de traer la imagen de la virgen de la Altagracia, patrona y protectora del pueblo dominicano, para que sus compatriotas tuvieran a quien rezarle. Hizo las gestiones ante la embajada de República Dominicana, habló con el becario de Santo Domingo, y logró la aprobación.

La imagen de la virgen llegó el 21 de enero de 2018 y antes uruguayos e inmigrantes de distintas nacionalidades rezaron el rosario por 21 días. Hoy hay cuatro templos donde ir a venerar a la Altagracia y hacerle los clásicos pedidos: capilla María Auxiliadora (Mercedes 1781), Parroquia Nuestra Señora del Carmen (18 de Julio 1531), Nuestra Señora de la Asunción (Luis A. de Herrera 2231), y Parroquia María Auxiliadora (Salterain 1156).

Rafael fue uno de los propulsores de esta misa de inmigrantes que se realiza el último domingo de cada mes entre los extranjeros unidos por la tradición religiosa.

Se hace el aviso a través de un grupo de whatsapp integrado por católicos dominicanos, y las páginas de Facebook Hermanas Mirabal y Dominicanos en Uruguay. Suelen convocar entre 15 y 20 fieles inmigrantes.

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