SALUD

¿Fin para una pandemia?: remiten pero es raro que desaparezcan

Prácticamente todo patógeno infeccioso que ha afectado a la humanidad en los últimos milenios continúa entre nosotros; solo la viruela fue erradicada

Coronavirus en Uruguay. Foto: Francisco Flores.
Expertos afirman que, aun con una vacuna eficaz y un tratamiento efectivo, la COVID-19 bien podría no desaparecer. Foto: Francisco Flores.

¿Cuándo terminará la pandemia? Es probable que durante todos estos meses en los que la COVID-19 ha dejado un saldo de 37 millones de contagiados y más de un millón de muertos en todo el mundo nos hayamos preguntado cuánto más durará esto.

Desde el principio de la pandemia los epidemiólogos y los especialistas en salud pública se han valido de una serie de modelos matemáticos de previsión como parte del esfuerzo para frenar la expansión del coronavirus. Pero realizar modelos de evolución de enfermedades infecciosas es complejo. Los epidemiólogos advierten de que estos modelos “no son bolas de cristal”, y que, incluso en versiones más sofisticadas como aquellas que integran previsiones o técnicas de aprendizaje automático, bien pueden no revelar cuándo acabará la pandemia o cuántas personas terminarán muriendo.

En lugar de mirar hacia el futuro para encontrar las claves de esta pandemia, volvamos la vista hacia el pasado para ver qué hizo que remitieran (o no) brotes anteriores.

En dónde estamos.

Al inicio pandemia mucha gente tenía la esperanza de que el virus simplemente se esfumara. Algunos defendieron que desaparecería por sí mismo con el calor del verano y otros afirmaron que la inmunidad de rebaño acabaría con él cuando se infectara al número suficiente de personas. Nada de eso ha ocurrido.

Los distintos esfuerzos de las autoridades sanitarias por contener y mitigar la pandemia han demostrado su utilidad. Sin embargo, y dado que el virus se ha extendido a prácticamente a todo el mundo, parece claro que esas medidas por sí solas no acabarán con la pandemia. De ahí que todas las miradas se dirijan a las vacunas.

Sin embargo, los expertos afirman que, aun con una vacuna eficaz y un tratamiento efectivo, el COVID-19 bien podría no desaparecer. Y aunque llegara un momento en el que no fuera la amenaza acuciante de tipo pandémico que es hoy, es probable que se convirtiera en una enfermedad endémica (lo que implicaría que seguiría habiendo una transmisión lenta pero persistente). En ese caso, el coronavirus seguiría provocando brotes, de forma similar a como lo hace la gripe estacional.

Vacuna contra el coronavirus. Foto: Reuters
Vacuna contra el coronavirus. Foto: Reuters

Ejemplos frustrantes.

Una vez que surgen, las enfermedades rara vez se erradican. Ya fuera de tipo bacteriano, vírico o parasitario, prácticamente todo patógeno infeccioso que ha afectado a la humanidad en los últimos milenios continúa con nosotros debido a que es casi imposible erradicarlos.

La única enfermedad que ha sido erradicada a través de la vacunación ha sido la viruela. Las campañas de vacunación en las décadas de 1960 y 1970 tuvieron éxito, de modo que en los años 80 se la declaró la primera (y hasta ahora única) enfermedad humana en ser totalmente erradicada.

Sin embargo, las historias de éxito como la de la viruela son la excepción. La regla general es que las enfermedades que llegan lo hacen para quedarse.

Tomemos como ejemplo el patógeno de la malaria. Se transmite a través de un parásito, es casi tan viejo como la humanidad y aún así sigue suponiendo un enorme problema sanitario: en 2018 se registraron en todo el mundo 228 millones de casos y 405.000 muertes. Desde 1955 los programas para erradicar la malaria han logrado avances, pero aún así la enfermedad sigue siendo endémica en muchos países del denominado Sur Global.

Del mismo modo, la tuberculosis, la lepra o el sarampión llevan con nosotros muchos milenios. Y a pesar de todos los esfuerzos, la erradicación inmediata no constituye en ninguno de los casos un horizonte cercano.

Para tener una imagen completa de la cuestión epidémica habría que añadir a esta lista una serie de patógenos relativamente jóvenes como son los virus del sida, del ébola, de la influenza así como coronavirus como el SARS, el MERS y SARS-CoV-2. Las investigaciones sobre el impacto global de las enfermedades infecciosas muestran que estas provocan cerca de un tercio de las muertes en el mundo.

Hoy, en la era de los desplazamientos aéreos globales, el cambio climático y las perturbaciones del medio ambiente, estamos en todo momento expuestos a la amenaza de nuevas enfermedades infecciosas. Pero al tiempo seguimos sufriendo muchas de las enfermedades viejas, que continúan vivas y activas. Y es que una vez que se añaden al repertorio de patógenos que afectan a las sociedades humanas, la mayoría de las enfermedades infecciosas se quedan con nosotros.

Quizá no haya ninguna enfermedad que pueda ilustrar mejor esto que la peste, la enfermedad infecciosa más mortífera de la historia. Provocada por la bacteria Yersinia pestis, en los últimos 5.000 años ha habido innumerables brotes locales y al menos tres epidemias documentadas que acabaron con la vida de cientos de millones de personas. La epidemia más destacada de todas fue la llamada Peste Negra, ocurrida a mediados del siglo XIV.

Y es que no se limitó a un solo brote. La enfermedad iba reapareciendo cada década. Cada una de estas veces golpeó a unas sociedades ya muy debilitadas y con ello se cobró su peaje de muertos durante al menos seis siglos. Hasta el siglo XIX, cada brote de peste se iba debilitando con el paso de los meses (o a veces de los años) como consecuencia de los distintos cambios en lo referente a temperatura, humedad y disponibilidad de huéspedes, vectores y personas susceptibles de enfermar. Algunas sociedades se recuperaron relativamente rápido de los estragos provocados por la Peste Negra, pero otras jamás lo hicieron. Y aún hoy sigue con nosotros.

Afortunadamente el COVID-19 no durará milenios, pero hasta que se desarrolle una vacuna efectiva (e incluso después de eso) nadie podrá considerarse a salvo. En este punto la política tiene un papel fundamental: cuando los programas de vacunación se descuidan, las infecciones pueden resurgir con fuerza. Sirvan como ejemplos el sarampión y la polio, que han resurgido cuando los esfuerzos de vacunación se han relajado. Con esos antecedentes históricos, lo único que puede esperar la humanidad es que el coronavirus sea un patógeno tratable y erradicable… Pero la historia de las pandemias nos enseña que haríamos bien en esperar justo lo contrario.

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