EDITORIAL

Maduro contra la democracia

Las decisiones que viene tomando el gobierno venezolano de Maduro son pasos letales destinados a disolver el sistema republicano. Desconocer la voluntad del Poder Legislativo y acudir a legitimar competencias privativas de este a través de un Poder Judicial sumiso y carente de dignidad institucional y moral hasta ahora resultaba impensable.

Ha ingresado en groseras inconstitucionalidades que se agregan a la constante violación de los derechos humanos denunciada ya por todas las organizaciones que asumen su defensa.

Nada menos que el Presupuesto Nacional será aprobado por las autoridades judiciales ante la falta de mayorías parlamentarias que establece su Carta Magna. Esto demuestra que no sólo desaparece la separación de poderes, sino que se produce una invasión de poderes al asumir la Justicia funciones legislativas.

Un ciudadano común, ya no un joven estudiante de Derecho, puede afirmar sin mayor duda que se ha quebrado el Estado democrático y se ha producido un golpe de Estado.

¿Es posible admitir esto en el ámbito del cojitranco Mercosur sin aplicar la cláusula democrática que los gobiernos de la época, incluido el nuestro, pusieron en funcionamiento con tanta rapidez como cuando fue el juicio político que destituyó al Presidente Lugo en el Paraguay?

¿Un golpe de Estado como el que acaba de concretar el Sr. Nicolás Maduro puede ser justificado apelando a la voluntad de un dictador que asume la totalidad de las funciones de los tres poderes del Estado? ¿Nada tienen que decir nuestro gobierno, el Frente Amplio y el Pit-Cnt?

¿El gobierno de Venezuela y sus secuaces pueden tener esta hemiplejía moral que va más allá de lo institucional para involucrar valores que no tienen sentido sin la vigencia de la libertad?

Los revolucionarios son una expresión que no reconoce fronteras. Buscan la paz cuando perdieron la guerra y cambian de estrategia para seguir persiguiendo el poder con otros instrumentos pero sin renunciar a su intrínseca constitución tan soberbia como intolerante.

¿Acaso alguien ignora que cuando se extraditó a los terroristas etarras que estaban en Uruguay de manera ilegítima, todo el Frente Amplio estuvo en los trágicos episodios del Filtro oponiéndose a lo que la Justicia uruguaya había decidido?

¿O que la multa que se impuso a la radio que convocaba a la resistencia la pagó la guerrilla de Sendero Luminoso como lo ha declarado el Sr. Zabalza en uno de sus libros?

Claro que lo saben, pero el pasado no se recuerda cuando la ignominia jugaba del lado de los revolucionarios. Como también saben que aprobaron una ley que extendía las indemnizaciones a los detenidos por las Medidas Prontas de Seguridad aplicadas en democracia en 1968 de acuerdo a la Constitución.

Tenemos que terminar con el país de los distraídos y de los desmemoriados. No con intención de remover un pasado pleno de miserias humanas, sino de advertir que todos esos revolucionarios no tendrán la mínima compasión con los que piensan distinto si acceden al poder fuera de los límites de una Constitución fijada por la voluntad popular para que los derechos fundamentales no se vuelvan a conculcar. Los pueblos recuperan sus libertades cuando el ciudadano se compromete a defender los valores de la sociedad. Y solo las instituciones democráticas sólidas son capaces de contemplar y administrar las diferentes ideas que los Partidos interpretan respecto de la forma de conducir un gobierno.

Se acabó el tiempo de los espectadores. De grandes mayorías que prefieren apartarse de la política como si esta no ingresara en sus vidas todos los días. Los Castro y los Maduro están entre nosotros; cuando la educación falla es porque la ignorancia es el campo más adecuado para que en un pueblo la tendencia se transforme a la corta o a la larga en un destino marcado por el despotismo y la pobreza.

No se trata de etiquetas, se trata sí de derechos que hoy se suprimen por el solo hecho de que una filosofía totalitaria se arroga la competencia de imponer su verdad revelada sin tener en cuenta que la democracia se construye con libertad en la diversidad.

La República no es una caricatura; es un estilo de vida con dignidad ciudadana. Pero si los que quieren mantener su libertad se muestran indiferentes y dan vuelta sus caras ante el sufrimiento de otros pueblos, se están condenando a vivir en carne propia lo que consideran ajeno a la esencia de los valores que no deben perderse.

Que nos sirva de alerta.

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