ruidos de “casitas” de La Barra y boliches del puerto enojan a veraneantes

Hasta que se enojen los vecinos

Música, alcohol y baile: así se divierten miles de jóvenes en Punta del Este y La Barra en los boliches y en las "casitas". Ruidos, dolor de cabeza e insomnio: así sufren los vecinos quienes, en vez de disfrutar las vacaciones, soportan (o no) las interminables noches de enero.

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Es un fenómeno de las "casitas" genera malestar entre los veraneantes. Foto: M.Bonjour.

"La música ya está fuerte, el calor que ya se siente, toda la gente en la pista, no pare de cantar". La canción de la banda Sonido de La Costa parecía burlarse de los vecinos de La Barra.

En una recorrida que hizo El País junto a los inspectores de ruidos molestos del Municipio de San Carlos, una "casita" recibió cuatro denuncias de los vecinos de la zona a lo largo de la madrugada del viernes.

Primero, los funcionarios hicieron una medición en ese lugar, ubicado donde hace algunos años era Divas, el pub de la actriz argentina Moria Casán. Cuando la camioneta del municipio empezaba a avanzar sobre la residencia, un joven que estaba en la vereda gritó para adentro: "¡Nico, bajá, bajá!". A 20 metros de ese recinto, el sonido no podía superar los 88 decibeles. "Y… ¿cuánto dio?", preguntó uno de los jóvenes. "Dio 86. Pero igual, mantengan el volumen bajo", dijo Andrés, uno de los inspectores.

La camioneta del municipio comenzó a "patrullar" los excesos de sonido de la zona. Sobre las dos y media de la madrugada, llegó la primera denuncia desde el edificio Delamar, ubicado sobre el arroyo Maldonado. Al llegar allí, las luces sicodélicas que habían encendido en esa "casita" reflejaban e iluminaban los apartamentos.

"Tengo a los chicos que no se pueden dormir desde hace dos horas", dijo el denunciante, quien parecía estar confundido por el sueño interrumpido. En el living del apartamento, parecía que había una radio prendida. A tal punto, uno de los niños estaba acostado en un sillón apretándose el almohadón sobre un oído. "Es tremendo el ruido", agregó el hombre.

Los inspectores hicieron la medición en uno de los dormitorios y dio 63 decibeles. Cuando se hace desde este lugar de la casa, la ordenanza establece que el límite es 33. Por lo tanto hicieron firmar una notificación que fue entregada a los encargados de la casita. "¿No se puede clausurar ese boliche?", preguntó el veraneante. "No, señor. Eso no es un boliche, es un domicilio particular. Organizan sus propias fiestas privadas", contestó el inspector.

Los funcionarios fueron al lugar de la fiesta y entregaron la notificación a los jóvenes. "Ya tenemos una denuncia, muchachos. Les pedimos por favor: bajen la música". "¿Quién denunció? La otra vez viniste con la medición y no me demostraste nada. Siempre venís con lo mismo", contestó uno. "No podemos revelar la identidad del denunciante; menos te vamos a poder llevar hasta el dormitorio de él a medir". Luego, los funcionarios les anunciaron un plazo de media hora para que bajen el volumen.

Cuando arribaron al segundo control, seguía llegando gente al lugar. Eran al menos 200 jóvenes. La mayoría estaba en la vereda conversando, bailando y cantando. También había unas cuatro personas sentadas en el techo a dos aguas de la casa. Desde afuera, se veían los parlantes y cuando confirmaron que no habían bajado el volumen, le entregaron la notificación. La alcaldía de San Carlos les aplicará la tercera multa.

La primera que recibieron fue de dos unidades reajustables, equivalente a 1.500 pesos. Ante cada hecho, se va duplicando. Por eso, esta vez deberán pagar ocho: 6.110 pesos.

La moda de las casitas.

Ya es un clásico. Para los jóvenes y para los vecinos del balneario. Para no gastar dinero en un boliche, ellos mismos se encargan de montar su propia fiesta, en donde no cobran entradas y el ingreso se rige por invitación.

Lo que hacen es alquilar una casa durante 15 o 20 días, que les cuesta entre cinco y siete mil dólares. Entre 35 personas, que se conocen de la generación de liceo o facultad, ponen 200 por cabeza. "Hay gente que labura todo el año y a otra gente se la dan los padres", contó un muchacho a cargo de uno de estos lugares. Con ese dinero, deben pagar el alquiler, el agua, la luz y los parlantes.

También la seguridad. En la puerta del local, hay un guardia de seguridad (trajeado) que controla quiénes pueden entrar y quiénes no. "Lo contratamos para ahorrarnos un problema. Si alguien sobrepasa la seguridad, le decimos: No te conozco y si no te conozco te vamos a pedir que te vayas", puntualizó otro joven organizador. Ahí interviene el de seguridad.

Si bien es clásico, las autoridades departamentales ven que está en descenso. El año pasado en San Carlos habían identificado 15 casitas. Según la alcaldía, debido a las numerosas denuncias del año pasado, este año son solo tres.

Son menos, pero subsisten, y juegan con la intensidad de la música hasta que se enojen los vecinos.

EL REGLAMENTO DE LOS RUIDOS

El decreto 3865 del Municipio de San Carlos establece que desde la medianoche hasta las siete de la mañana el ruido que sale de un local bailable o domicilio particular no puede superar los 30 decibeles desde un dormitorio. Como hay una tolerancia del 10 porciento, puede llegar a los 33. Para lo que resta del día es de 40 decibeles. A su vez, también establece un límite para aulas educativas (es de 35) y oficinas administrativas. A diferencia del de San Carlos, el municipio de Punta del Este no controla los ruidos molestos de la ciudad, sino que esto es competencia de la Dirección de Higiene de la Intendencia de Maldonado.

Por otra parte, los municipios no tienen injerencia en los desórdenes que suceden en la vía pública. Si acontece alguna pelea callejera, o empiezan a ocurrir ruidos en la calle, debería intervenir de oficio o con alguna denuncia el Ministerio del Interior.

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