FACUNDO MANES

"Cuidar el cerebro erradica la pobreza"

El neurocientífico argentino reivindica la educación, critica el abuso de la tecnología y habla de qué le falta conocer al cerebro.

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Facundo Manes. neurocientífico argentino. Foto: Gentileza Movistar

Es uno de los científicos más importantes de Argentina y Latinoamérica. Facundo Manes, de 47 años, es neurólogo clínico y neurocientífico formado en la Universidad de Buenos Aires, quien también realizó un posgrado en la Universidad de Cambridge. Cuando retornó a Argentina, creó INECO (Instituto de Neurología Cognitiva) y el Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro. Según describe en su sitio web, ambos centros son instituciones de vanguardia que lideran el campo de las neurociencias en América Latina. Como investigador, ha publicado más de 200 trabajos científicos en las más prestigiosas revistas internacionales de su especialidad. Entre sus hallazgos, Manes identificó las áreas prefrontales relacionadas con el proceso de toma de decisiones en humanos y ha estudiado la memoria, la agresión y las emociones. Como divulgador científico, ha conducido programas televisivos como "Los Enigmas del Cerebro", "Cerebro Argentino" y "Súper Cerebro", algunos transmitidos en canales argentinos y el último en Discovery Channel.

Tienen dos libros publicados y busca cautivar a la mayor cantidad de personas en Latinoamérica sobre cómo funciona el cerebro para lograr países desarrollados

Facundo Manes, un neurocientífico preocupado por la educación y cómo las sociedades latinoamericanas deben iniciar un camino hacia el desarrollo, busca que otras disciplinas integren a neurocientíficos para potenciarse. Tras su charla en el evento Move de Movistar, habló con El País sobre este y otros problemas que enfrentan "los cerebros" de la región.

—¿Por qué dice en sus charlas que el principal capital de un país es el capital mental de los ciudadanos?

—Porque hoy el mundo, nos guste o no, se basa en el conocimiento. El conocimiento es poder. El conocimiento significa incluir valor agregado en los productos de materias primas. Por mucho tiempo, sobre todo en Sudamérica, pensábamos que por ser rico en recursos naturales estábamos salvados. Y está bueno ser rico en recursos naturales y es mejor que no tenerlos. Pero somos ricos en recursos naturales y en Argentina tenemos un tercio de pobres. El recurso natural, si bien es importante y está bueno tenerlo, no es lo más importante en el mundo de hoy. En una época lo fue. Hoy lo que diferencia a los países ricos de los pobres es el conocimiento.

—¿Qué involucra el conocimiento?

—Básicamente, el conocimiento involucra los cuatro pilares de un desarrollo de un país. Primero, cuidar el cerebro. Sobre todo los que viven en un contexto de pobreza. Vivir en la pobreza genera conductas que perpetúa la pobreza. Y cuidar el cerebro significa erradicar a la pobreza, alimentar a los chicos bien, mejorar la calidad educativa, infraestructura de instituciones fuertes. Yo quiero que Latinoamérica tome esto como política de Estado.

—En Uruguay, venimos de una muerte por violencia en el deporte. Usted ha estudiado los mecanismos neurales de la agresión. ¿A qué se debe que ocurra tan seguido desde el punto de vista neurocientífico?

—La neurociencia no puede explicar la violencia en su totalidad. Porque la violencia es un problema complejo que requiere de una interpretación y un tratamiento multidimensional. Pero lo que sabemos de la violencia es que existe una violencia premeditada, más fría. Y otra más impulsiva, emocional. También sabemos que la exclusión genera más violencia. Y la educación es un buen recurso para disminuir la violencia. Presos argentinos que recibieron educación cuando salieron tuvieron menos reincidencia que los que no recibieron educación.

—Escribió un libro del cerebro argentino. ¿Hay un cerebro latinoamericano o un cerebro europeo?

—El cerebro biológicamente en términos de lóbulos o de circunvoluciones es el mismo el de Argentina, Uruguay, Dinamarca o Mongolia. Ahora, dicho esto, aunque sea paradójico, también sabemos desde la ciencia, que la cultura, las experiencias compartidas, las memorias colectivas influyen en las maneras que pensamos, decimos y decidimos creando sesgos y esquemas mentales. Desde ese punto de vista hay un cerebro argentino, uno uruguayo y otro de Pocitos y de tantos barrios de Uruguay, de Buenos Aires o de Córdoba. Las sociedades en las que vivimos generan esquemas mentales que influyen.

—¿Y qué plantea en el libro?

—Lo que invitamos a los argentinos es si esos esquemas mentales son la causa de la imposibilidad de desarrollarnos teniendo recursos naturales, mucha clase media con gran educación. También qué nos pasa a los argentinos que no podemos lograr el desarrollo. Quizás sea uno de estos esquemas mentales. Porque vivimos en el corto plazo, no en el largo plazo. Pensamos que el mundo está en contra nuestra, que nosotros no somos responsables de nuestro futuro, porque toleramos la corrupción. No pensamos muchas veces en el bien común. Ustedes van a tener que pensar en el cerebro uruguayo, en el de Montevideo o en el de Maldonado. Cada sociedad genera esquemas mentales.

—Ahí viene el trabajo colectivo en el que hace énfasis en todas sus charlas.

—Exactamente. La conducta contagia.

—¿Cree que la tecnología nos gobierna o nosotros la gobernamos?

—Si la gobernamos es fantástica, si nos gobierna nos causa estrés, ansiedad, nos agota. La tecnología es fantástica por lo que el desafío es usarla adecuadamente porque los recursos cognitivos que tenemos son limitados. Porque mucha y permanente tecnología, ese cambio de tarea permanente, nos puede agotar y hacernos menos productivos.

—¿Por qué en política y fútbol las personas bloquean sus cerebros y, muchas veces, termina siendo un diálogo de sordos? ¿A qué se atribuye eso?

—No solo en la política y en el fútbol. Los seres humanos funcionamos así: con sesgo de confirmación. Cuando uno discute en general, no escucha lo que dice el otro. Cuando habla el otro lo que hacemos en general es encontrar algún argumento que refuerce nuestra visión previa.

—¿Qué falta conocer del cerebro?

—Mucho, mucho. La pregunta fundamental es si el ser humano será capaz de comprender el cerebro. Yo creo que no. Pero se ha avanzado bastante. Se pueden detectar muchas enfermedades neurológicas y psiquiátricas. Se puede mejorar la calidad de vida de muchos pacientes y familias por avances de las neuriociencias. También sabemos algo de cómo decidimos, de cómo funciona la emoción, cómo el cerebro percibe la realidad. Pero falta una teoría general del cerebro. No tenemos ni idea de cómo la orquesta funciona en su conjunto.

—¿Cómo se imagina el futuro en cinco años?

—Me imagino más interfaz entre el cerebro humano y la computadora. Me imagino volviendo al factor humano.

—En medios argentinos ya lo reflejan como posible político en el futuro. ¿Tiene pensado ser candidato para las elecciones legislativas del año que viene?

—Estoy comprometido con Argentina y con Latinoamérica. Quiero que este continente deje de pensar que los demás tienen la culpa de nuestra pobreza y justicia social.

Talleres de neurociencias en el aula

Docentes de toda Argentina recibirán información sobre cómo aplicar la neurociencias en el aula.

Facundo Manes tejió alianzas con el gobierno nacional y, sobre todo, con la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, para introducir esta disciplina en las clases.

"La cantidad de jóvenes que en la actualidad se muestran desmotivados, que no tienen deseos de estudiar o creen que lo que aprenden no les sirve para nada es preocupante", dijo al diario La Nación hace pocos días.

La intención es realizar talleres específicos sobre cómo las emociones están relacionadas con el aprendizaje.

"Involucrar las emociones en el aprendizaje se vuelve fundamental para motivar, para captar la atención del cerebro y así potenciar y mejorar habilidades y talentos, o detectar déficits en los niños en los primeros años de la escuela sin tener que esperar a situaciones casi irreversibles", señala.

"En los adolescentes, recién a las 23 empieza la producción de melatonina, y se detiene a las 8. Recién ahí el cerebro del adolescente está despierto y alerta. Antes de esa hora sus cerebros están literalmente dormidos", señalan Florencia Salvarezza y Andrea Abadi, directoras del Instituto de Neurociencias y Educación y del Departamento Infanto Juvenil de la Fundación Ineco.

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