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Carlos Ott: "Para mí, trabajar en Uruguay es muy importante"

Carlos Ott es un hombre simpático. En el lobby del Grand Hotel, hace poco inaugurado sobre la Brava, saluda francamente, se permite bromear y también ponerse serio para referirse al atentado en la redacción de Charlie Hebdo, la revista francesa. “A algunos de los que fallecieron los conocía”, dice. 

Perfil

-¿Venía a Punta del Este ?

-Sí pero para pagarme las vacaciones acá me las tenía que rebuscar. Una vez con una amiga no teníamos plata y estábamos en Montevideo muertos de calor y se nos ocurrió ir a Punta del Este y organizar algo. Nos fuimos a Buenos Aires en tercera clase del Vapor de la Carrera y compramos pintura y papel contact en el Once. Volvimos a Montevideo y nos tomamos el tren a Punta del Este.

Acá nos prestaron un local comercial en el edificio Puerto y ahí nos instalamos. Ese año, los Beatles acababan de comprarse un Rolls Royce blanco y lo habían pintarrajeado todo así que a un amigo que tenía una cachila le dijimos: “Che, danos la cachila que le vamos a hacer un tatuaje”. Lo llamamos Puntatuaje. A la cachila le hice una llama de fuego y el tipo iba y venía por Gorlero haciéndonos publicidad. Mecha Gattas un día nos llamó y nos dijo que le gustaba mucho la idea, que tenía un mini Austin y que quería hacerlo Lacoste, con un cocodrilo a cada lado. Hice unos cocodrilos grandotes y Mecha empezó a andar con su mini Lacoste por todo Punta del Este.

Y ahí nos empezaron a caer clientes y por el puerto la cola bajaba de Gorlero para hacerles tatuajes a los autos. Trabajábamos como locos y durante el día íbamos a la playa y de noche a cortar papeles. Fue un éxito: nos hicieron notas La Nación, Clarín, El País. Hasta que un día por el 20 de enero, aquel amigo de la cachila que se tenía que ir se aparece y nos dice: “cierren y rájense”. Cuando fue a arrancar el tatuaje para volverse, con el papel se arrancó la pintura. Y así Puntatuaje abandonó raudamente el negocio y la ciudad.

-Buena anécdota. Y que habla de otro Punta del Este, también.

-Muy diferente. En esa época para ir a La Barra tenías que tomar una balsa y allí estaba Manolo que vendía churros con chocolate. Pero a las 10 de la noche no había balsa así que o te venías o a nadar por el arroyo Maldonado que estaba lleno de cangrejitos que mordían.

-Usted era entonces estudiante de Arquitectura, ¿Qué construcciones recuerda de aquellas épocas? ¿Cuál le impactó más?

-El más importante fue sin dudas el Opus Alfa. Tengo otra anécdota. Hace unos 15 años fui a lo de Moisés Jafif quien ha hecho todos los grandes edificios en Buenos Aires y en Punta del Este. Hizo todos los Le Parc, por ejemplo. Fuimos con un grupo de americanos que querían hacer un proyecto muy grande en Buenos Aires y querían asociarse con él. Cuándo voy a saludarlo, le digo “Carlos Ott, mucho gusto” y él me responde “No me diga mucho gusto, ya nos conocimos y me acuerdo muy bien de usted”. Yo le decía que era imposible, que con 24 años y con el título bajo el brazo me había ido a Estados Unidos y nunca había trabajado acá. “No”, me dijo, “usted sin título vino a trabajar conmigo y me acuerdo de su atrevimiento”.

Lo que había pasado es que un día un amigo me dijo que había un argentino muy importante que quería hacer un edificio y quiere que le hagan el hall de entrada y alguien le habló de mi a Jafif y me hizo llamar. Yo no me acordaba de nada de eso. “Y usted vino”, decía Jafif, “y me trajo un dibujo y yo le dije que me parecía muy lindo pero que era muy caro y usted me contesto: ‘señor Jafif, si usted no tiene plata para esto consígase otro arquitecto’”. Sí, yo era un atrevido.

-Esa fue casi la primera obra suya en Punta del Este…

-Estaba en segundo año de arquitectura y me contrataron Pinto, Turovlin y Besuievsky, y apenas entré a su estudio me dieron una casa para hacer en la parada 9 de la Mansa. Hice una casa que aún existe y los actuales propietarios siempre me invitan a comer un asado. A mí me divirtió mucho porque la dibujé toda, todos los detalles, hasta los placares.

-¿Le gusta cómo le quedó?

-Me gusta. Pero qué casualidad, a mí me gustan todos los proyectos que yo hago y los de otros no me gustan (se ríe).

-Qué raro.

-(risas) Es raro, ¿no?.

-Cuando empezó con los proyectos recientes para el balneario, ¿cuánto jugaba el cariño hacia el lugar?

-Mucho. Venir a trabajar a Punta del Este me hace recordar épocas lindas porque a mí se me hizo un paréntesis: nací en Uruguay y me fui a los 24 años y por mucho tiempo. Trabajar en Uruguay, para mí, es muy importante. Mi primer proyecto fue el aeropuerto de Laguna del Sauce. Y trabajar en una zona que conocí de chiquilín, fue muy atractivo.

-Eso se nota en un proyecto.

-Por supuesto. Si por ejemplo tengo un proyecto en Manila tengo que ir y tratar de absorber el lugar. Es más fácil estar en el rincón de uno.

-Ahora está trabajando en un proyecto en el balneario San Francisco, un lugar que hasta ahora era rústico y familiar y que ahora se va a transformar a partir de su obra.

-Hay que tener mucho cuidado. Yo no conocía la zona y cuando lo hice me hizo acordar a acá, a la Brava y un poco la Mansa de José Ignacio con sus casas bajas y su vegetación, algo que se ha estado perdiendo. Y por eso mis clientes vieron el lugar, se enamoraron, lo compraron y me contactaron para hacer edificios de cuatro niveles, de cuatro apartamentos por piso. En gran parte está la naturaleza pero también esa atmósfera de balneario chico, de escala baja, sin hormigón, ni asfalto y el desafío era cómo mantenerlo. El público lo juzgará pero hicimos todo lo posible para hacer una intervención quirúrgica: lo más bajo posible, aterrazado para que no fuera una fachada vertical, retirado de la carretera con un jardín verde, un bosque de palmeras espectacular que hemos tratado de mantener y recurriemos a elementos locales para dialogar con la naturaleza.

-Pero más allá de todos los cuidados que pongan, están cambiando la zona.

-Sin duda. Para evitar una fachada muy larga hicimos un arco de curvatura porque la geometría ayuda a minimizar el impacto visual.

-Pero, insisto, es un desafío ser la avanzada del progreso en una zona que se mantenía bastante, digamos, “virgen”.

-Lamentablemente el hombre se desarrolla y estamos tocando puntos neurálgicos de la naturaleza. Tratamos de cumplir al máximo con las disposiciones municipales, no pedimos excepciones, hemos mantenido la altura máxima, las distancias y los retiros y me parece importante minimizar la pisada, respetar el verde. La idea es que no tenga un impacto negativo.

-El riesgo ha sido una parte importante en su carrera.

-Si no estás dispuesto al riesgo lo mejor es no salir porque desde que salís podés hacer una macana. Tenemos la obligación moral de hacer las cosas lo mejor posible.

-¿Ha hecho macanas?

-Sí. Es aceptable hacer macanas, lo que no es aceptable es repetirlas.

UN PROYECTO DE OTT EN UN TESORO SECRETO

Está en Uruguay para promocionar su último emprendimiento, Grand Bay Residences en San Francisco, el balneario que está entre Piriápolis y Punta Colorada. Se trata de un complejo que contará con cuatro pisos y tres módulos, dos de 14 unidades y uno de 28, con residencias de 3 y 4 ambientes y terrazas propias con vista al mar. Tendrá gimnasio, parrillas, piscinas, sala de juegos, sala de masajes, servicio de playa, 6000 metros de parque y seguridad las 24 horas. Los precios parten de los 308.000 dólares. Es toda una innovación para un balneario privilegiado que hasta ahora parecía el secreto mejor guardado de Maldonado.

PERFIL DE UN HOMBRE RECONOCIDO

A los 24 años, Carlos Ott, recién salido con su título de la Facultad de Arquitectura se fue primero a Estados Unidos y luego a Canadá, donde se radicó en 1975. Eso ha hecho que algunos lo consideren un arquitecto canadiense; se equivocan es uruguayo. Su firma está en proyectos muy importantes de todo el mundo. El primero y más notorio fue la Ópera de la Bastilla en París para la que su proyecto fue elegido por el propio François Mitterrand en los 200 años de la toma de la Bastilla. Hace veinte años, ganó el concurso para la Opera Jiang Su en China. Su obra es muy notoria y su sello se distingue en edificios de gran porte en ciudades como Dubai (donde hizo el imponente Banco Nacional) Manila, Abu Dhabi, Buenos Aires y Toronto. En 1992 abrió una oficina en Montevideo y desde entonces ha estado vinculado a varios proyectos nacionales. El primero fue el aeropuerto de Laguna del Sauce en Punta del Este pero también realizó el proyecto de la torre de Antel. Recientemente ha estado detrás de proyectos inmobiliarios tanto en Montevideo como en Punta del Este y ahora en el balneario San Francisco. Su vida pasa, básicamente en aviones, ya que tiene oficinas en varias partes del mundo. Es el arquitecto uruguayo con más renombre internacional. Consultado sobre cómo cree que será recordada su obra, fue cauto pero bien claro: “Lo que me gustaría creer es que cada proyecto mío es un proyecto hecho para ese lugar, para ese momento y para ese cliente“, dijo a El País.


Nombre: Carlos Ott

Nació: Montevideo

Edad:  68 años.

Profesión:  Arquitecto

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