El escritor estuvo siempre unido al balneario esteño

Bioy Casares y su amor oculto en Punta del Este

Punta del Este ha sido escenario de historias de amor que inspiraron a escritores y poetas y que ataron para siempre a sus protagonistas con el balneario. Ese fue el caso del escritor argentino Adolfo Bioy Casares que, a comienzos de la década de 1950, vivió en la Península uno de los mejores amores de su vida.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Una foto del escritor junto a su esposa Silvina Ocampo.

La historia salió a la luz casi cuatro décadas más tarde de que sucediera y fue el propio Bioy quien la contó a la periodista argentina Silvia Pisani, quizás con el propósito de que ese amor, digno de una novela, no muriera con él, sino que al menos perdurara en el relato de un libro.

En 1952, Juan Domingo Perón comenzaba su segundo gobierno en Argentina y las relaciones diplomáticas con Uruguay atravesaban el peor momento que la historia recuerde hasta entonces. El gobierno de Perón imponía trabas casi insalvables a los argentinos que querían viajar a Uruguay, así como los uruguayos necesitaban de pasaporte y visado especial para viajar a la Argentina. El Uruguay democrático y liberal daba abrigo a cientos de opositores al régimen de Perón que debieron exiliarse y que —desde sus emisoras de radio y diarios— propalaban su prédica antiperonista. El tiempo confirmaría que la historia es cíclica.

Bioy, como muchos intelectuales, políticos y aristócratas argentinos, vivió el gobierno de Perón como una dictadura y encontró en Punta del Este el lugar ideal para escribir y vivir parte de esos años en que la libertad de expresión estuvo vedada en Argentina. Luego de un viaje a los Estados Unidos, se afincó en un flamante chalet que su padre había hecho construir en la entonces naciente urbanización del Cantegril Country Club.

La casa fue diseñada por el arquitecto Sánchez Elía y aún hoy está. De techo de tejas francesas y paredes blancas, era una de los pocas edificaciones importantes que asomaba entre el bosque colmado de pinos.

La francesa.

En marzo de 1952, Bioy tenía 38 años y era ya un escritor con una ascendente carrera. Soltero aún, aunque famoso por sus romances y aventuras, conoció en Punta del Este a una francesa muy hermosa, casada. Ambos se enamoraron y vivieron una apasionada historia en el más absoluto de los sigilos, los primeros años en la península con asiduos encuentros en la casa del Cantegril. Luego, durante bastante tiempo más, en París. Bioy no quiso revelar su nombre. Se limitó a comentar: "Estuve enamorado y eso es ya bastante especial, aún tengo nostalgia de ella cuando vuelvo a Punta del Este".

Y agregó: "Aunque conseguí que esa nostalgia no fuera un motivo de tristeza. Desde luego, estaría encantado de encontrarla de nuevo. (…) Sé que allí fui muy feliz y tengo una especie de agradecimiento por ello (…) Fui feliz en Punta del Este y siempre que volví experimenté esa felicidad aunque no estuviera ya el amor".

Bioy realizó estas confesiones a los 82 años, dos años antes de su muerte, sucedida en el verano de 1999. Hasta 1998, ya viudo de la también escritora argentina Silvina Ocampo, pasó largas temporadas de tres meses en un apartamento que alquilaba en el edificio Vanguardia. Los últimos tiempos se trasladaba en sillas de ruedas acompañado por una incondicional asistente. Era frecuente verlo en la Mansa de la parada 1, tomando sol y recibiendo el saludo y el afecto de la gente. Por las tardes su paseo preferido consistía en visitar las librerías de la Punta. De noche cenaba indefectiblemente en el restorán de Andrés, en la planta baja del Vanguardia. Su propietario Andrés Moreda, un uruguayo oriundo de Rosario, Colonia, que timoneó su restorán con su mujer Gladys Salomón, comentaba que recibir al autor de La invención de Morell y La Guerra del Cerdo, era para él y su esposa un honor y un privilegio. "Yo lo llamo de Don Adolfo y él me dice Don Andrés", recordaba Moreda años atrás.

La presencia asidua de Bioy llevó a Moreda a leer toda su obra. El don de gentes del escritor argentino marcó a fuego a Moreda y su familia: "Cada vez que llega, nos saluda a todos y pide consejo sobre el plato del día, aunque en general se decide por el pollo grillé a las brasas, acompañado con puré de calabazas o papas gratinadas. A lo hora del postre prefiere el budín de vainilla o crepes de manzana".

"Estoy feliz, en unos días me voy a Punta del Este y eso me pone de mejor ánimo", declaraba Bioy en noviembre de 1996 al diario La Nación.

Brillante escritor, al que el reconocimiento tardó en llegarle por su proximidad y la sombra que sobre él proyectaba su gran amigo Jorge Luis Borges, Bioy Casares fue un enamorado del Uruguay al que definía, en comparación con Argentina, como la cara amable de una misma cosa.

Sus últimos veranos, los de su ocaso físico, los vivió feliz recordando los momentos felices transcurridos en ese paraíso llamado Punta del Este. Contemplaba los atardeceres desde el balcón del apartamento del Vanguardia. En esos mágicos momentos en que el sol estalla en mil tonos del naranja y se apaga en el mar frente a las sierras de Punta Ballena, seguramente recordaría a aquella enamorada francesa que escribió un capítulo de su propia vida.

Historia que se repite

Punta del Este en la década de 1950 fue condenada a muerte por Juan Domingo Perón. El balneario era el reducto inexpugnable de la clase alta argentina enfrentada desde aun antes del 17 de octubre de 1945 al gobierno populista del general al que sus huestes habían bautizado como el "primer trabajador". Entre 1946 y 1955 casi todos los hoteles y comercios de la península cerraron. Uno de los que sobrevivió fue el Playa de la familia Sader, hasta el Nogaró inaugurado a comienzos de la década del 40 debió cerrar sus puertas.

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