Exposición

Arte uruguayo con alambres atrapa a China

Ignacio Pérez Gomar expone en Beijing dentro del marco de los treinta años de amistad entre Uruguay y China.

Foto: Gentileza Ignacio Pérez Gomar
Foto: Gentileza Ignacio Pérez Gomar

La playa fue el escenario ideal para que Ignacio Pérez Gomar probara sus primeras armas como artista. Su madre le llevaba rastrillos y baldes, pero él se entretenía haciendo esculturas en la arena. La mayoría eran mujeres voluminosas y curvilíneas, “el típico prototipo que uno veía en la tele en ese entonces, con pechos grandes”, recuerda. Y atribuye aquella admiración por lo femenino a que se crió entre mujeres, con su madre y sus dos hermanas.

La inquietud artística de este niño se despertaba en cualquier sitio. Una vez fue a un baile escolar y mientras sus amigos disfrutaban en la pista él distraía a alguna compañera armando princesas con las servilletas que encontraba sobre las mesas.

Es que no le gustan los materiales clásicos y estándar. Prefiere hacer manualidades con objetos y elementos cotidianos. Su principal insumo hoy es el alambre, y descubrió esta técnica gracias a un rezongo de su madre.

Ignacio encontró una antena gigantesca, que su tío ya no usaba, en un asado familiar, y se la llevó a su casa. Tenía seis años y no recuerda cómo transportó semejante armatoste, pero la instaló en su azotea con miras a que agarrara señal.

“Me di maña para que quedara fija y la até con unos alambres. Apenas mi madre lo vio me dijo, “bajá eso ya, tiralo”. Lo desarmé y con los alambres hice un hombre que cincha de una cuerda. Esa pieza permanece hasta hoy en la casa de mi madre”.

Desde entonces, no paró de usar el alambre como insumo para sus obras artísticas. Y una de esas piezas titulada San Sebastián hizo que sus creaciones se conocieran en China gracias a Fernando Lugris, embajador uruguayo en ese país.

Ese San Sebastián es una de las diversas obras que integran la muestra que se hizo en la Galería DesArt de Beijing en el marco de los 30 años de amistad entre Uruguay y China.

Esta exposición permanecerá hasta enero de 2019 y contiene piezas de artistas de ambos países representativas de cada cultura. Por ejemplo, el Palacio Salvo, el Palacio Lapido y el tatú mulita.

Foto: Gentileza Ignacio Pérez Gomar
Foto: Gentileza Ignacio Pérez Gomar

Gran encargo

Fernando Lugris, actual embajador de Uruguay en China, conocía el trabajo de Ignacio Pérez Gomar y le encomendó una obra en 2013.
“Fui a su casa en Montevideo, conocí el espacio y me planteó, ‘decime qué se te ocurre hacer acá, me gustaría tener una pieza tuya”. Sus amigos artistas le regalaban cuadros con la imagen de San Sebastián porque a él le gustaba mucho, así que le dije, ‘podría estar bueno una figura humana con flechas, como San Sebastián, y jugar con una posición diferente, ya que nunca se lo ve horizontal, siempre aparece atado a un árbol o vertical’. Me dio el ok, y fue una de las obras más ambiciosas que hice en cuanto a tamaño y grado de detalle”, comenta el artista.

Cuando Lugris fue designado embajador, decidió cargar en su valija una cantidad de obras de arte, entre ellas el San Sebastián que le había comprado a Ignacio Pérez Gomar en 2013. Armó un catálogo, lo mostró a diversos curadores al llegar a China, y así fue que el San Sebastián empezó a hacerse famoso tras ser exhibido en tres muestras privadas.

La primera vez que se expuso fue en la Biblioteca Capital de Beijing en 2016. El presidente Tabaré Vázquez participó de la inauguración de ese evento en la visita oficial que hizo a China en octubre de ese año.

El San Sebastián pasó, además, por la Academia de Bellas Artes de Tianjin, y permanecerá en la Galería DesArt de Beijing hasta enero de 2019.

Obra San Sebastián. Foto: Pierre Alivon
Obra San Sebastián. Foto: Pierre Alivon

Currículum.

A los 16 años Ignacio Pérez Gomar empezó a fabricar lámparas con un papel similar a una lonja para venderlas. La idea surgió en un cumpleaños de 15. Mientras caminaba por un sendero que tenía bolsas de papel craft rellenas de arena con una velita adentro, a los costados, pensó, “qué lindo”. Y guardó esa imagen en su retina. Al día siguiente tomó el paquete de servilletas que había en su casa, un poco de cascola y armó una “lámpara rústica”. Continúo haciéndolas como negocio.

Sus padres y sus hermanas eran universitarios así que hacer una carrera tradicional era lo que se esperaba de Ignacio. Al finalizar el liceo, decidió inscribirse en Facultad de Arquitectura porque esa opción le permitiría combinar su pasión por el arte y su gusto por las matemáticas.

Cursó hasta tercer año y abandonó. Hoy dice que aunque le dio muchas herramientas para su desarrollo como artista plástico, “llegó un momento que no tenía sentido que la siguiera remando con lo sacrificado que era porque no me veía ejerciendo esa profesión”.

Hoy da clases de matemática y dibujo técnico, y además realiza obras por encargo. Así que el arte también lo ayuda a mantenerse. “El boca a boca ha rendido mucho”, reconoce quien también trabajó en un local de ropa, y en call centers.

Realismo metálico en versión atemporal

Era el mejor de la clase en dibujo, y escuchaba atento las explicaciones de su tía artista plástica sobre las proporciones del cuerpo. “Me inspiró mucho verla”, dice. Y en parte es la razón por la cual crear figuras humanas nunca le costó. Prefiere el realismo a la abstracción, y cada vez que construye una pieza en metal procura que sea lo más fiel posible. Por eso recurre a fotografías que le proporcionan herramientas para representar la posición deseada, y cuidar cada detalle. Cita como ejemplo la obra Jinete, que le regaló a su padre, y la creó en base a un dibujo del Martín Fierro de José Hernández. Usa alambre galvanizado que compra en la ferretería, y cada pieza le insume alrededor de tres kilos. Quema el metal para que pierda el color plata y no se sepa si está herrumbrado o si pasaron años.

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