CRITICA | ANTONIO LARRETA
Esta película tiene un antecedente cinematográfico bastante reciente. La lengua de las mariposas, inspirada en un cuento del autor gallego Manuel Rivas, se desarrollaba en los primeros meses del levantamiento del general Franco contra la república española. El ángel socarrón de su protagonista, Fernando Fernán Gómez, Maestro de provincia, y su relación con uno de sus pequeños discípulos, confería su encanto a una historia bucólica que en sus tramos finales se volvía inesperadamente trágica, cuando el mismo niño se sumaba a la turba fascista del pueblo insultando al viejo profesor maniatado y empujado a un camión que lo llevaba a la muerte. Podía tomarse como un final simbólico, pero el efecto era terrible. Se trataba de la perversidad de la inocencia.
Ahora el mismo autor, Manuel Rivas, invierte los términos de la historia. Se trata de la redención de un bruto sádico por la revelación del amor. El momento histórico es el mismo. Un rincón perdido de Galicia cae en manos de los fascistas, con el beneplácito de los terratenientes y de la Iglesia, y empiezan las ejecuciones de los republicanos que en el mejor de los casos son confinados en improvisados campos de concentración. La Guardia Civil cumple su rol de gendarme y ejecutor. La película empieza así, violenta y tétrica, casi concentrada en la mirada del guardia civil Herbal, con su sed de sadismo, inapagada desde una infancia donde hubo un padre castigador y ahora también hay un cuñado que también lo es. Herbal es el verdadero protagonista, y envuelto en la capa emblemática de su uniforme, los ojos únicos de Luis Tosar (Te doy mis ojos) lanzan destellos desde las sombras hacia posibles víctimas. Es un comienzo que nos retrotrae al expresionismo alemán de las primeras décadas del siglo XX. Pero lo que sigue se desvía hacia otras antigüedades menos augustas.
Desde que no conocemos la novela original de Rivas, es imposible juzgarla por la transcripción cinematográfica que de ella hace Antón Reixa, coautor además del guión. La previa publicidad utiliza adjetivos y hasta una apreciación entusiasta de Günther Grass que el desarrollo de la película no autoriza. La historia de amor entre el médico brillante (republicano) y la joven acaudalada, hija rebelde de un franquista de historieta (aunque, hay que reconocerlo, España estaba llena de ellos), no perdona lugar común de lo que entonces se llamaba folletín y hoy teleteatro. De repente el director se permite una alegoría (dos tomas aéreas del laberinto en que se debate la angustiada protagonista, pero del cual al fin de la segunda consigue escapar), o alguna sorpresa como la de la monja enferma que inesperadamente se arranca la toca y sacude una espléndida melena. Pero esos sobresaltos añaden poco o nada a la historia. Generalmente se atiene a las convenciones: hay incluso un montón de cartas escritas por el padre fascista pidiendo a las autoridades la ejecución del médico que no quiere como yerno, y ni siquiera se explica por qué extraña vía esas cartas llegan a manos de su hija. Los folletines solían tener otro rigor. Reixa se empeña en la supuesta poesía de su historia de amor, y lo único que queda en pie es el personaje del guardia civil, seducido por ella, y la mesura con que Tosar va humanizando su mirada hasta que monta guardia en la puerta del cuarto de hotel en que la pareja consuma su primera noche de amor. Es posible que esa insólita situación sea uno de los puntos altos de la novela original.
EL LAPIZ DEL CARPINTERO
Director. Antón Reixa
Libreto. Xosé Morais y Antón Reixa, sobre novela de Manuel Rivas.
Fotografía. Andreu Rebés.
Montaje. Guillermo Represa.
Música. Lucio Godoy
Productores. Juan Gordon y Antón Reixa.
Elenco. Tristán Ulloa, Luis Tosar, María Adánez, Manuel Manquiña, Nancho Novo, Anne Igartiburu, María Pujalte, Sergio Pazos, Carlos Sobera.España 2004.