Telón de humo y divas del pasado

JORGE ABBONDANZA

La foto a tres columnas apareció en un matutino montevideano. Era un primer plano de Marlene Dietrich con un cigarrillo en los labios, utilizada para ilustrar una nota sobre los dilemas del antitabaquismo cuando se trata de películas donde los actores aparecen echando humo. Eso era habitual en un viejo material cinematográfico donde las estrellas casi siempre fumaban, hábito vinculado al comportamiento mundano y también a la elegancia femenina, todo lo cual sería anulado luego por la guerra contra el tabaco. El problema surge ahora porque hay leyes que prohiben la publicidad del cigarrillo, pero la televisión sigue ofreciendo películas del pasado y ya es tarde para pedirle a Bogart o a Barbara Stanwyck que dejen de fumar.

Lo gracioso sin embargo es que alguien confundió en aquella foto a Marlene con Bette Davis, cuyo nombre era el que figuraba en la leyenda, agregando así esa trasposición de identidades a otras imprecisiones fomentadas por la cortina de humo del cigarrillo, como la duda de prohibir o tijeretear en televisión un cine antiguo lleno de celebridades entregadas al más famoso y más popular de los vicios sociales. Curiosamente, la Dietrich y la Davis eran mujeres nada parecidas entre así, pero la confusión entre ellas también forma parte del catálogo de vaguedades en que suelen incurrir quienes evocan el pasado del cine, sin ir más lejos. Esa vaguedad crece inevitablemente a medida que pasan los años y dicho pasado se desdibuja, por lo cual es frecuente que una joven generación de periodistas cometa errores al referirse a épocas remotas de la pantalla, como los años 30 o 40. Hace un tiempo se publicó en otro diario montevideano la reseña de una vieja comedia del cine británico que se había programado en televisión, en cuya línea final el cronista señalaba que se trataba de una película con "elenco de desconocidos". Sin embargo allí actuaban algunas de las grandes notabilidades inglesas del momento, como Valerie Hobson o Joan Greenwood, aunque el colega no lo sabía. A otro cronista juvenil se le hablaba de Pola Negri, aquella diva internacional que en el velorio de Rudolph Valentino posó como enamorada del difunto, lo cual tenía menos relación con la verdad que con las campañas promocionales de Hollywood, ante el festín que fueron las multitudes presentes en el funeral del actor. Pero ese otro colega no había oído hablar de la Negri y dijo como excusa "no es de mi época". Similar pretexto podría esgrimirse para ignorar a Cleopatra o a Napoleón Bonaparte, pero así son las cosas con una juventud menos interesada que las oleadas precedentes en registrar el pasado. Por eso se confunde a Dietrich con Davis, aunque esa equivocación sólo preocupa a los observadores ancianos, que pueden ser unos majaderos y siguen retocando la ortografía de un apellido o la fecha de producción de una película. Habría que jubilarlos.

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