Tangoterapia

REBAR

Un querido amigo suele "cacharme" por mi manía tanguera, diciendo que "el tango es un producto enfermizo, para `bajonear` a quien lo canta, lo silba, lo ejecuta o lo baila". Para afianzarse en el concepto, me acorrala con letras depresivas que, para colmo de males, me dispara con invariable desafinación. El tipo de "Mi noche triste": el solitario del bulín de la calle Ayacucho; el iluso que se quedó pelado después de pagar, en incómodas cuotas, un tapado de armiño todo forrado en lamé; el trágico sueño de Griseta, que se durmió lo mismo que Mimí, lo mismo que Manón; el patetismo de aquella madre franchuta, con cinco hijos que se tradujeron en cinco medallas que, por respeto, ni siquiera podía empeñar porque eran premios que le daba la patria...

Me abruma. Yo pretendo contrarrestarle con "Pato", "Garufa", "Niño bien", "Mamá, yo quiero un novio"...: pero, qué; vuelve al ataque con "Alma en pena", "Cruz de palo", "Tomo y obligo", "Secreto"... Es muy fuerte. No se le termina nunca el repertorio. Pero, ¡estoy esperándolo con una!!! Voy a masacrarlo.

Leo, tardíamente, en el N° 422 de "QUÉ PASA", que el tango puede ser un paliativo contra la depresión... cuando se presenta en versión bailable. Transcribo parte del articulillo titulado "Tangos medicinales": "Eso es lo que piensa un grupo de investigadores australianos, que sostienen que este baile ayuda a combatir los pensamientos negativos. "Cuando uno baila tango, el grado de concentración es tal que sólo se puede pensar en el presente. Eso impide que otros pensamientos penetren en la mente". Palabras de la investigadora Rosa Pinniger... (Mucho gusto, señora: REBAR a sus órdenes).

Poco después de esa lectura, en "Perfil" del 14 de agosto ppdo., un histórico bailarín de tango -Carlos Rivarola, argentino él- que hace treinta años viene danzándolo con su mujer, María... reclama de sus colegas una creatividad para los porteños, a la que aquéllos parecen haber renunciado para dedicarse a la enseñanza de los pasos más clásicos, a los turistas que llegan a Buenos Aires y quieren aprender a bailar "the tangou" o "le tangó".

Carlos y María, que atraviesan la tercera década continuada de bailongo en perfecto estado de salud, ofrecen el mejor testimonio de que el tango hace bien a quien lo baila.

La verdad es que, mucho antes de la revelación de esos investigadores compatriotas del canguro (que debe bailarlo a los saltos) ya un médico, Alberto Castillo, allá por 1942, sabía decirnos en su personal estilo: "Así se baila el tango/ sintiendo en la cara/ la sangre que sube/ a cada compás".

¿De qué depresión me hablás, querido amigo?

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