REBAR
Desde que asumió la presidencia de Francia, Nicolás Sarkozy no ha tenido un día de reposo. Primeramente, fue el divorcio -de mutuo acuerdo- de Cécilia Ciganer Albéniz, que se marchó con su guitarra moruna a tocarle la serenata preferida a su primer gran amor, que la aguardaba en Ginebra. Casi enseguida estallaron huelgas que trastornaron al país: apuntó un descontento popular que la prensa acompañó con editoriales nada amistosos; sus propios votanes lo abandonaron, en elecciones municipales que propinaron a su partido una soberana paliza... En fin: viento en contra, con rachas de temporal.
Por ahí, a "Nico" -que es un individuo frontal- se le apareció Carla Bruni: y ya se sabe qué puede ocurrir cuando un hombre decidido que va de frente, se encuentra con una mujer hermosa que viene de frente y no demora en decidirse. Entraron a conocerse de pies a cabeza. A ninguno de los dos le importó demasiado el "curriculum" del otro. Carla sabía bastante de Sarkozy: en cambio, de primeras, lo único que él sabía de ella era que pasaba (modelo) y cantaba.
A medida que penetraba en la agenda muy íntima de la Bruni, "Sarko" se repetía mentalmente un artículo de la Constitución francesa que establece, entre las obligaciones del cargo: "El Presidente de la Nación debe admitir diez infidelidades por cada cien que cometa". Constitucionalista como es, para gloria de la Francia eterna, hizo cálculos de porcentajes y aceptó, de buen grado, el registro de algunos nombres que engalanaban la nómina de los más confianzudos amigos de Carla: allí figuraban -destacándose en la alegre farándula- los rockeros Mike Jagger y Eric Clapton ; el ex Primer Ministro galo M. Laurence Fabius; el multimillonario Donald Trump, y el actor Kevin Costner. Se consideró suficientemente informado: y como a la ítalo-francesa le quedaban aún unos pocos renglones libres, se ofreció para llenarlos. Aceptada la oferta, ambos inauguraron el 2008 recorriendo Egipto en viaje de chiveo, y regresaron a París para refugiarse en las modestas habitaciones del Palacio del Elíseo, de las que sólo salieron el 2 de febrero último para casarse... eso sí, en la mayor intimidad, como corresponde a una pareja recatada. Los franceses quedaron un tanto desconcertados: en lugar de votar a un estadista, habían elegido a un showman. Bajaba sensiblemente la popularidad del presidente, cuando entró en escena la hermana de Carla - Valeria Bruni- actriz y cineasta de 54 años, interesándose públicamente por la suerte de su amiga Marina Petralla (ex integrante de las Brigadas Rojas italianas) que cumple una condena en Francia por actos de terrorismo. Italia ha pedido la extradición, porque allí se le acusa de haber intervenido en el asesinato de Aldo Moro. Valeria se la agarró con el Primer Ministro de su cuñado -el riguroso Francoise Fillon- firmante del decreto que proporcionará el reencuentro no deseado de doña Marina con sus compatriotas de la península.
Situación más que incómoda para Sarkozy, que repite una y mil veces: "Es inútil: donde no hay suegras que martirizan, sobran cuñadas que mortifican".