"La televisión me ha hecho llegar a la gente, me ha hecho rica. Me dio el amor de un pueblo".
"Y eso es algo que no tiene precio, no hay guita con qué pagarlo".
Creo que ustedes ya habrán adivinado a quién pertenecen tales palabras: a Susana Giménez, claro; las "armó" para la revista "Caras", y las transcribió otro semanario —Noticias— en su edición del 18 del corriente. Es absolutamente cierto que la televisión la hizo rica: su fortuna se estima en 100 millones de dólares. Es verdad, igualmente, que se ganó el amor de un pueblo. Quizá debió agregar que un pueblito le ofrendó algo más que amor. En la vitrina de sus pasiones lucen más trofeos que en el Museo de Boca Juniors, a manera de recuerdos gratos de los pasajeros en tránsito que hicieron noche en su alcoba.
En la variada exposición aparece cual buque insignia de una flota de romances, un mural de su primer marido, el fallecido Mario Sarrabayrouse, padre de Mercedes, la única hija de la diva. Sigue una foto gigante de Héctor Cavallero, el manager que la programó para la popularidad, cuidando de sus asuntos día y noche. No hubo hueco en la vida de "Su" donde Héctor no metiera —por lo menos— la nariz. Vienen enseguida los guantes de box de Carlos Monzón, uno de los tantos pares que le obsequió el pugilista que la contempla desde el ring del más allá, evocando knock-outs mutuos. Alterando un tanto la cronología romántica (y salteando momentáneamente a Ricardo Darín, de quien ya les hablaré) hay un pequeño stand titulado "PELOTAS", donde Norberto Draghi —con su apostura de siempre— levanta en su mano derecha un balón de básquetbol, y posa la izquierda sobre... sobre el corazón, en una señal de ternura que Susana pudo medir —con la experiencia con que lo medía todo— en su verdadera dimensión sentimental: y, un poco disimulado frente al balón del juvenil Draghi, el playboy Huberto Roviralta —con su viveza de siempre— muestra las pelotitas y el palo de sus tiempos de polista, que encandilaron tanto a Susana que, entre tantos papeles inservibles, mezcló los del casorio legal, que terminó con un cheque por diez millones de dólares a nombre de Roviralta para lograr el divorcio. En medio de ambos —como jamón de sandwich— luce la sonrisa de Ricardo Darín, que agarró los rebotes de Draghi antes de que atropellara Roviralta con sus equinos, y dio testimonio de que a la "star" le importaba un pomo ser doce años mayor que él, conservando energías para compartir funciones de trasnoche hasta despuntar el día.
La galería de notables (y notorios) se cierra con Jorge Rodríguez —apodado "Corcho"— que flotó durante seis años en la bañera de Susana. Este galán que antes de su "susanesca" conquista vendía limones, enamoró a la estrella enviándole rosas amarillas... porque advirtió que mandarle limones (nada menos que a la rubia torácica) era como llover sobre mojado. Cuando ella, astuta, se dio cuenta de las intenciones que bullían debajo de cada ramo de rosas, se sintió "pinchada" por la espina de un frenético ardor. De ahí en más, el "Corcho" hizo una montaña de guita —copió el lenguaje de "Su"— como para comprar el Foro Romano e instalar la más gigantesca de las pizzerías.
Pero, la Giménez acaba de anunciar en su programa de televisión, su separación "civilizada" de Jorge. En definitiva: el que se pinchó ahora fue el romance... y el "Corcho" se hundió.