ENTREVISTA

Martín Buscaglia: "Cuando empecé, nunca preví el poderío de la devolución de la gente"

"El público ideal es el que no quiere que hagas lo que ellos quieren que hagas", asegura Martín Buscaglia antes de su show de este sábado en la Sala del Museo.

Martín Buscaglia. Foto: Estefanía Leal.
Martín Buscaglia. Foto: Estefanía Leal.

"Tomen mucho líquido antes del show, así se tiran unos pasitos en los temas más grooveros mientras van al baño”, recomienda Martín Buscaglia antes de su show de esta noche en la Sala del Museo. De la mano de Los Bochamakers, su histórico grupo, el músico presentará su disco Basta de Música y repasará sus clásicos. Antes de eso, habló con El País.

—Esta noche te presentás en la Sala del Museo. ¿Cómo estás viviendo la vuelta a los escenarios?

—Lo bueno es que hay una parte fundamental, y que excede la manija que te da el aplauso y al tema laboral: es que te volvés mejor músico cuando tocás en vivo. Eso es lo que más extrañaba.

—Además es una instancia para reinventar tus canciones. Ya lo hiciste el año pasado con algunas de Basta de Música.

—Es que nunca sentí la obligación de que la canción en vivo sea igual a la del disco. Sería desperdiciar un medio. Son instancias muy diferentes la de escuchar un disco de la de verla congregado. Es un absurdo pensar que en vivo tenés que hacer lo mismo que lo que está en el álbum. Si la canción está viva debe poder sobrevivir de cualquier forma, como en esos programas de televisión que tirás a alguien a una selva y tiene que arreglárselas como puede. 

—Es que si una canción es buena, se puede cantar a capella sin que pierda el efecto.

—Exacto. Mis canciones más lindas y más queridas son esas que compongo mientras camino o canto en la ducha. El punto fundamental es que sea fluida. Después viene la armonía, la tímbrica y el arreglo, y ahí la podés arruinar o elevar un poco más. Lo ideal sería cantar frente al público con la misma desnudez y limpieza que cuando estás en la ducha.

—El disco en vivo Somos Libres es lo más cercano a esa búsqueda que mencionaste. Con apenas una guitarra, tu voz y los coros del público, lograste ese objetivo.

—Ese disco me emociona, pero en realidad no lo quería hacer porque nunca escucho mis grabaciones en vivo ni mis discos. Me da como pereza; es como ese episodio de Bob Esponja en el que las cangreburgers desparecen y Patricio le dibuja una hamburguesa en un papel a Bob y él la lame pero no siente nada. Para mí escuchar grabaciones en vivo es eso. Por suerte, como uno se ve, no es como lo ven los otros. Y la gente de Los Años Luz me insistió para que lo escuchara, y al final tenían razón. Fue muy emocionante y se acerca bastante a eso de cantar en la ducha.

—¿No te gusta escuchar tus grabaciones?

Rara vez lo hago, pero cuando me animo siempre me llevo una sorpresa. La otra vez reescuché Llevenlé, mi primer disco, porque lo conseguí en cassette en Little Butterfly Records. Me pareció que era lindo. Lo mismo me pasó con Temporada de conejos. Ese me sorprendió porque no podría hacer un disco así ahora; es tan polifacético y excesivo que no sabría cómo hacerlo.

—¿Qué descubriste en ese nuevo encuentro con Llevenlé?

—Que todo lo que hago ahora ya estaba ahí. Obviamente, todo era más precario, pero el disco groovea, tiene funk, candombe, búsqueda en los timbres y en las letras, y desparpajo. Aunque pueda hacer un disco más poliédrico como Temporada de Conejos, uno más mínimo como Somos libres, tener proyectos paralelos con Kiko Veneno y Antolín, y hacer algo despojado como Basta de música, esa efervescencia inicial se mantiene.

—¿Sentís que el “desparpajo y la efervescencia” de Llevenlé está relacionado con la actitud de tus padres frente al arte? 

—Sí, pero son cosas muy inconscientes. Es como un disco, que tiene muchos conceptos previos pero que se maceran después. Pero sí, tenés razón en lo que decís. Igual, creo que es algo que no se da solo en mi ámbito familiar, sino que pasa en gran medida en la música uruguaya hasta los años 80. Ahora también sucede pero no nos damos cuenta porque lo estamos viviendo, pero los que dejaron una obra apartada son muy singulares: El príncipe, Mateo, Rada, Hugo Fattoruso, Darnauchans, Lazaroff, Maslíah, Mandrake, Cabrera y Jaime; son todos curiosos y casi nadie se parece a algo de otro país.

—Recién te mencioné Somos libres y lo que le aportó el público. ¿Cómo analizás lo que genera tu música en la gente?

—Es muy emocionante. Fah, loco… Es difícil ponerlo en palabras. Es algo que con los años, por suerte, va creciendo. Podría haber sido una cosa más momentánea, pero lo mío fue siempre como una oruga que va avanzando y lo agradezco.

—¿Has pensado a qué se debe? Si bien tus letras son muy cercanas, tu música tiene mucha experimentación.

—Capaz es porque fui encontrando a quienes tienen que escuchar las canciones. Nadie es una isla. Vas encontrando gente no solo de tu país y de tu barrio que conecta y, si tenés la fortuna, con el tiempo se ve el laburo tuyo. Yo quiero hacer discos que me hagan la cabeza, y si eso me pasa a mí, seguro le va a pasar a otros. Es algo que se va expendiendo. Pero insisto en que eso es lo que más me emociona porque es lo que menos esperaba. Cuando me di cuenta de que iba a ser músico, lo asociaba con viajar, con componer con otros músicos y hacer discos, pero nunca preví el poderío que tiene la devolución que te da la gente. Es muy emocionante.

—Lo bueno es que tus canciones siguen conectando con el público por más de que tengas proyectos tan distintos.

—Sí, porque es mi esencia. La gente que te acompaña y te da manija es porque quiere eso. El público ideal es el que no quiere que hagas lo que ellos quieren que hagas. No quiero que los artistas que más me gustan repitan ese disco que me emocionó, quiero que sean fieles a su búsqueda. Y como tengo una sintonía con ellos, los voy a seguir. Pero como también somos diferentes, a veces los acompañaré del brazo y a veces iré por otro camino, pero siempre confiando en que nos vamos a reencontrar en el bosque.

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