Muerte de tres mujeres

| Con sus largas piernas y su talento para el tap, Miller fue una celebridad del Hollywood de los 40 y 50

J. A.

En Los Angeles murió la actriz y bailarina Ann Miller, un par de piernas que sabían zapatear como pocas y que figuró con rango estelar en el Hollywood de los años 40 y 50. Nacida como Lucille Ann Collier en abril de 1912, era hija de un abogado próspero y desde niña se sintió atraída por la danza. En los años 30, un agente cinematográfico la descubrió en un escenario y le ofreció un contrato para la Metro. La muchacha aceptó, señalando que era capaz de dar quinientos pasos de tap en un minuto, pero esa proeza se combinó con su gracia para el género de comedia. Debutó en un breve papel en The Devil on Horseback (1936) y poco después ya figuraba en el brillante reparto de Vive como quieras de Frank Capra, donde incluso bailaba un poco.

En la década siguiente asomó en Al compás de la música (1941), Ritmo loco (1943) y La canción del amanecer (1944) pero la etapa de auge llegó poco más tarde, cuando la Metro la puso en Un día en Nueva York al lado de Gene Kelly y Frank Sinatra, aprovechando a que en esa comedia musical había abundantes números de danza. De allí en adelante, Ann Miller tuvo su estrellato, moviendo sus famosas extremidades en Intermezzo lírico y sobre todo en Bésame Catalina, que había sido antes un exitoso espectáculo de Broadway con canciones de Cole Porter y que en cine tuvo su buen nivel coreográfico. El paso del tiempo apagó poco a poco la carrera de Miller, quizá porque el género musical también comenzó a decaer en Hollywood. Pero ya con más de 60 años, y con un maduro Mickey Rooney al lado, la bailarina resucitó en teatro neoyorquino interpretando el largo éxito de Sugar Babies, que jugueteaba con la nostalgia. Hace poco, Ann reapareció en medio del elenco de El camino de los sueños de David Lynch.

DOS. La cubana Raquel Revuelta tenía 79 años cuando murió en La Habana, hace unos días. Nacida allí mismo en noviembre de 1925, pertenecía a una familia de actores: su madre había debutado en los campos artísticos a los 58 años pero supo hacer carrera, y la propia Raquel le ganó de mano: comenzó a actuar a los 11 pasando luego a ser una reconocida figura del teatro, la radio, el cine y la televisión de Cuba. En 1941 fundó el Teatro Popular y encabezó repartos de radioteatro, luego formó parte de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, que atrajo a los artistas cubanos más vanguardistas de las décadas del 40 y el 50, pero fue justamente en 1950 cuando Raquel interpretó en escena Juana de Lorena, que le valió una cadena de premios y la convirtió en una figura de primera línea.

Hacia 1953 figuró en la primera de las nueve películas que hizo en cine y en 1958 fundó junto a su hermano Vicente el Grupo Teatro Estudio, del quen fue directora hasta ayer mismo. Se dedicó además a la docencia, formando actores de dos generaciones y se desempeño igualmente como profesora del Instituto Superior de Arte, llegando en la década del 70 al cargo de decana de la Facultad de Artes Escénicas. Apoyó al régimen cubano y sobre todo amó a su país, del que jamás quiso alejarse. Ahora puede recordársela por esa estampa que alguien describió así: "cejar negras y arqueadas de mujer fatal, mirada desafiante, pelo encrespado, labios carnosos". Además tuvo talento y una prestigiosa carrera.

TRES. En Richmond (Virginia) pasó a mejor vida la novelista Alexandra Ripley, que se hizo famosa hace trece años al publicar Scarlett, que era la continuación de Lo que el viento se llevó y tenía la aprobación de los herederos de Margaret Mitchell. Ese libraco donde Ripley inventaba nuevas peripecias de Scarlett O’Hara y Rhett Butler, no tenía el aroma de la novela original ni el vibrante perfil de su heroína, pero agregaba tanta anécdota y tantas referencias al texto de Mitchell que acabó por tener buen éxito de librería y hasta pasó a la televisión como miniserie británica con Joanne Whalley-Kilmer y Timothy Dalton a la cabeza del reparto. Antes de ese best selling book, que dejó en el bolsillo de su autora una buena cantidad de dólares, Ripley había escrito La llama eterna, que también tuvo sus ventas, Quién es esa mujer en la cama del presidente (que había inaugurado su carrera literaria en 1972) y Charleston, entre otras.

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