La historia de Robinson Crusoe por un maestro de la animación

Estreno. Llega "Selkirk", una superproducción uruguaya de Walter Tournier

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MATÍAS CASTRO

Se hizo esperar unos diez años, pero ahora Selkirk, el pirata real cuya historia inspiró lo que Daniel Dafoe escribió en la novela "Robinson Crusoe", verá la luz en los cines. Lo hace en la primera superproducción animada del uruguayo Walter Tournier.

Selkirk tiene varios puntos para diferenciarse de cualquier otra película uruguaya. Por un lado es el primer largometraje de animación hecho aquí (hasta que dentro de unos meses se estrene Anina, de Alfredo Soderguit). Por el otro tiene un presupuesto inusitadamente alto para el cine nacional, con 1.2 millones de dólares de costo. Por otra parte se estrenará el viernes a la vez en cuatro países: Uruguay, Argentina, Chile y Perú. Además sus responsables anunciaron que en muy poco tiempo llegará a muchos otros países de Latinoamérica.

Y, finalmente, para su director, Walter Tournier, representa una suerte de consagración luego de una carrera de cuatro décadas que ha conocido altos y bajos financieros pero que lo convirtió en un artesano de la animación stop motion con un sello propio. El otro gran impulsor del proyecto es Esteban Shroeder, director de El viñedo y Matar a todos, que aquí oficia de productor. Shroeder ha tirado del mismo carro desde hace casi una década, buscando socios clave en Chile y en Argentina. Y el resultado de su trabajo se refleja en el estreno en simultáneo del viernes próximo.

Tournier ha sabido desarrollar una continuidad en su trabajo con estructuras generalmente chicas. La serie Tonky, que exhibió Canal 5 hace poco, fue filmada solo por él en su casa. Allí, en el fondo, tiene armado un precioso taller de dos pisos donde construye sus muñecos y utilería.

Pero no todo lo que ha hecho se puede resolver de formas tan sencillas, por lo que periódicamente ha montado estudios e incluso ha formado a muchísimos animadores para que luego trabajen con él. En el caso de Selkirk, el despliegue fue muchísimo más grande y exigió el armado de un estudio en la zona de Cordón, con varios salones, un taller de costura, otro de armado de marionetas y salas de previsualización, entre otras cosas.

Junto a Tournier trabajó un equipo completo de animadores, constructores de marionetas, costureros, diseñadores, pintores, maquetistas, sonidistas y camarógrafos que contribuyen a darle vida a los muñecos protagonistas de una historia que recrea e imagina lo que le ocurrió al hombre que inspiró Robinson Crusoe.

Pero lo que maneja Tournier y su gente está lejos de parecer de carne y hueso. Y disfrutarlo en pantalla grande es todo un disfrute visual que rara vez se encuentra en una película que no sea británica o estadounidense.

La animación stop motion (muñecos fotografiados movimiento a movimiento a razón de 24 pasos por segundo) es la especialidad que Tournier ha dominado con maestría y paciencia artesanal en películas y cortos como Navidad Caribeña, Los Tatitos, La Canilla Perfecta y Tonky entre muchos otros. Con unos veinte centímetros de altura, los muñecos se agrupaban por decenas en los talleres que estaban junto al estudio de filmación. Cada uno tiene su propia vestimenta trabajada hasta el más mínimo detalle y sus objetos de utilería. También hay animales hechos a escala, escenarios completos y muebles adecuados para ellos. Es un pequeño universo de piratas reproducido con figuras diseñadas por Tunda Prada.

Muchísimas de estas piezas (aunque no se aclaró si también la réplica del barco, de seis metros de largo) se exhibirán desde el 16 de febrero en la Torre de las Comunicaciones. Y bien valdrá la pena visitarla ya que ofrecen la posibilidad de ver el detrás de cámaras de un proceso complejo y delicado.

De cada muñeco hay cuatro o cinco copias que le han permitido al equipo hacer más de una escena a la vez en varios escenarios simultáneos. El trabajo con esta técnica es tan lento como exigente. Durante una visita al estudio, realizada unos meses atrás, se podía ver en uno de los estudios a una animadora armada con una pinza que retocaba detalles imperceptibles sobre la cubierta rajada de un barco. Por esa grieta irrumpiría una planta que ataca a los tripulantes. Pero para que el espectador se crea que eso ocurra, esta animadora y el resto del equipo tuvieron un trabajo de muchísimas semanas en las que debían fotografiar los movimientos de modo de tener 24 imágenes por cada segundo. En una película de 90 minutos de stop motion se necesitarán casi 130 mil fotografías como mínimo. Quien esté familiarizado con el trabajo de Tournier podrá encontrar su sello, elevado a la enésima potencia. Quien no lo conozca y espere Pixar, podrá aprovechar para descubrir un modo único de hacer animación y un viaje a los tiempos en que los bucaneros eran lo máximo en aventuras.

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