Termino de ver a Maradona en "La noche del 10"... en el 12. Suena a contradicción, ¿verdad? El 10 en el 12. Más o menos como si Imilce Viñas presentara en el 10, a sus "12 hombres en pugna". El caso es que el "crack" al que Dios le dio una mano para que Argentina le ganara a Inglaterra y luego se clasificara campeón del mundo, aparece ahora en la pantalla del televisor con sólo 71 kilos de los 121 que soportaba hace pocos meses.
Por esos 50 kilos rebajados, desfilaron hasta esfumarse (ojalá que totalmente) las imágenes de los más refinados restaurantes, los más rústicos bodegones y los más tenebrosos traficantes de drogas, confabulados para deformar la figura de "El 10" hasta igualarla a la de un monstruo. Lo raro es, por suerte, que a un individuo que estuvo más de una vez al borde de la muerte por su permanente desvío de conducta, lo haya salvado un desvío gástrico... que así suele definirse a la operación que se le practicó al Diegol para devolverlo a la normalidad.
Finalizado el "show" del último lunes, empecé a pensar en el próximo lunes... pero no por una ansiosa expectativa de reencontrarme con el programa de "la zurda mágica", sino porque, ahora sí, me propongo bajar la barriga a partir del lunes que viene. ¡No puede ser! Ya ni pesándome en balanzas amigas puedo resistirme a la evidencia que marca la aguja que, "a lo Jorge", me canta la justa y me desespera. Rozo los 95... y sin descargo de aprendices.
Colgados desde hace tiempo en el placar, me contemplan con la tristeza que provocan los largos encierros, un ambo de alpaca azul, "made in Muto", testimonio de pasados imperios económicos: saco cruzado (modelo elegantísimo, hasta que empezó a devaluarlo Kirchner) ya no me entra ni con la intervención de un cerrajero. Otro saco cruzado —gris, con discretas rayitas blancas— integrantes de una confección de Palay de cuando empezaba a desdibujarse mi brillo imperial, no me cierra ni los domingos.
Voy hacia el espejo. Me planto de perfil y me miro. ¡Horror!... ¡Qué volumen ventral! ¿De cuántos meses estoy, Señor? ¿Qué solución habría para ocultar —si no hacer desaparecer— esta deformación de mi silueta, que no fuera la de salir a la calle detrás de un biombo?... Acaso pueda resolver esto con un viaje a Colombia, si los gordos ganan allí la batalla para lograr que se les opere gratuitamente... atento a su derecho a la dignidad humana, y a mejorar la autoestima. Espero el desenlace de la acción judicial —denominada "La tutela Maradona"— interpuesta por los obesos colombianos, para "desviarse gástricamente" sin cargos quirúrgicos, y tomar por la ruta de los seres que no temen mirarse al espejo. Con esto le pondría punto final a la serenata de mi médico, que no cesa de aconsejarme una saludable caminata diaria, porque es lo ideal para rebajar. Ah, sí, ¿eh?... Mi cartero, que se pasa el día caminando, acaba de decirme que se clavó en 114 kilos y no baja ni un gramo.