Los barrios montevideanos o alguna ciudad del Interior son los lugares en los que Henry Trujillo (Mercedes, 1965) coloca a sus personajes para moverlos como piezas de ajedrez. Intrigas, equivocaciones, coincidencias son el motor de una trama que mezcla lo cierto y lo falso, comunicando el placer superlativo de escribir.
Autor de Torquator, El Vigilante, Ojos de caballo, Tres buitres y un puñado de cuentos, este escritor uruguayo consolidó en pocos años una obra que lo sitúa en un lugar destacado entre los nuevos narradores. Una de sus mejores novelas, La persecución, de 1998, acaba de ser reeditada por Ediciones de la Banda Oriental, donde a partir de la figura principal de una mujer se recorta un panorama espectral, que habla del despertar al mundo, la fragilidad del ser, en contraste con un entorno ganado por el desengaño. La distancia entre la Capital y el Interior se acentúa en este universo cargado de signos, que estimulan la capacidad de interpretación, pero también la desafían.