El argentino Saderman presenta su película "El último bandoneón"

Mezcla. El film que se estrena mañana une la ficción con el documental

GUILLERMO ZAPIOLA

El propio interesado reconoce que se trata de una vuelta a las fuentes: su país (Argentina), su música (el tango). El director Alejandro Saderman llegó a Montevideo para presentar su film "El último bandoneón", que se estrena mañana.

La carrera de Saderman como cortometrajista, montajista, documentalista y realizador publicitario abarca cincuenta años, pero El último bandoneón es su tercer largometraje, y el primero que realiza en su país.

Saderman cuenta que el proyecto nació en Venezuela (país donde vivió durante casi treinta años), y que cuando decidió volver a radicarse en Argentina ya lo tenía a medias armado. Mezcla de documental y ficción, el film es entre otras cosas el resultado de la amistad del cineasta con el músico argentino Rodolfo Mederos, "que se ha extendido a lo largo de los años a través de espaciados encuentros, cuando uno de nosotros viajaba a Venezuela o el otro volvía a Buenos Aires".

MAESTRO. Rodolfo Mederos es una de las más distinguidas personalidades del tango actual. Fue considerado en su momento como uno de los herederos de Astor Piazzolla (de hecho, su bandoneón es un regalo de ese maestro), y ha recorrido una rica trayectoria como compositor, director y, por supuesto, bandoneonista. Tiene en su haber una extensa colección de grabaciones discográficas y viaja con mucha frecuencia al extranjero en giras de conciertos.

El disparador de El último bandoneón fue la decisión de Mederos de recrear una orquesta de tango con músicos jóvenes. Saderman pensó que "era la oportunidad ideal para documentar en una película ese esfuerzo, y allí surgió una idea inicial que luego sufrió algunas modificaciones".

"La intención inicial era centrar la película en un joven bandoneonista lanzado a la búsqueda de un instrumento perfecto para poder integrarse a la orquesta, y el descubrimiento de que la fabricación de bandoneones es una especie en extinción", cuenta Saderman. Cuando el director y Mederos comenzaron a trabajar en la idea surgió un nuevo elemento que generó uno de los cambios: allí el cineasta supo que había "toda una joven generación de bandoneonistas de sexo femenino que intentaban abrirse paso en el género". El joven de la idea original se transformó en una mujer.

Un "casting" realizado entre una docena de aspirantes femeninas a bandoneonistas lo hizo inclinarse por la joven Marina Gayotto, quien estudió bandoneón en Rosario con el maestro Marcelo Bompresi, continuó con Domingo Federico, y viajó a Buenos Aires con el fin de tomar clases con Mederos. Estudió también en varias escuelas de música, y eligió su formación con Joaquín Amenábar, Carlitos Viggiano, Néstor Marconi y otros.

Ella es quien en definitiva proporciona la leve línea de ficción a este documento sobre la música ciudadana de Buenos Aires. Su tránsito es una travesía a través de antiguas lutherías, de los bailes de la ciudad, de los maestros de tango y las viejas glorias del bandoneón.

De hecho, orquesta y película se retroalimentaron mutuamente. Hubo un momento en que Mederos sintió que su proyecto naufragaba, y Saderman lo empujó para que siguiera adelante. "Tuve que ponerle la pistola al pecho", bromea el cineasta, cuyo equipo contribuyó a organizar las audiciones que el músico requería para salir adelante. En definitiva, todos terminaron ganando.

EDICIÓN. Saderman se encontró, entre otras cosas, con ciento veinte horas de material filmado entre las manos, que tenía que convertir en una película de dimensiones normales. "Si hay una película hecha en el cuarto de montaje es ésta", reconoce el director. Con todo, no piensa desaprovechar todo lo demás: ya está preparando, con parte de ese material, una serie de televisión de seis capítulos de media hora de duración, cada uno sobre diversos aspectos del universo tanguero.

Cuando se le pregunta sobre proyectos futuros, el cineasta menciona una idea "todavía muy verde" sobre un grupo de mujeres, madres de jóvenes drogadictos, que infiltraron el universo del narcotráfico para tratar de ayudar a sus hijos. Sin embargo, todavía no da muchos detalles al respecto.

Es más explícito al quejarse de algunos problemas del actual cine argentino, donde parece ser más fácil la producción (el año pasado se hicieron setenta películas) que la distribución y exhibición: "Es allí que el Gran Hermano (la distribución norteamericana) vigila". Hoy hay en Argentina 12.000 estudiantes de cine, y se pregunta qué va a ser de ellos.

La inesperada conexión uruguaya

Alejandro Saderman tiene una particular relación con el Uruguay a través de su padre, el célebre fotógrafo Anatole Saderman, quien nació en Rusia en 1904, vivió luego en Berlín y emigró más tarde al Río de la Plata. En Montevideo conoció y aprendió con el maestro de su misma nacionalidad Nikolai Yaroboff, trabajó como fotógrafo ambulante y finalmente se radicó en la Argentina.

Una de sus especialidades fue el retrato de artistas e intelectuales famosos, argentinos (Pizarnik, Sábato, Gorriarena, Macció, Victorica, Alicia Peñalba) y extranjeros (Pablo Casals, Pasolini, Torres García, Stephan Zweig, Ionesco y Neruda). Murió en 1993, pero su hijo recuerda todavía a los familiares de Torres García que lo visitaban en su casa de Buenos Aires.

Director entre dos naciones

Alejandro Saderman comenzó su carrera cinematográfica en 1952 en su Argentina natal, realizó cortos documentales, y luego viajó a estudiar cine en Italia. Estuvo radicado varios años en Cuba, donde siguió haciendo cine documental, mayormente de cortometraje, volvió a su Buenos Aires en 1971 y realizó entre ese año y 1976 algunos trabajos para la televisión, entre ellos un mediometraje sobre el cineasta Leopoldo Torre Nilsson.

Como otros argentinos, debió exiliarse tras el golpe de estado de 1976, y se radicó en Venezuela, donde sobrevivió trabajando como montajista y haciendo cine publicitario. En 1993 rodó en ese mismo país su primer largometraje, "Golpes a mi puerta", sobre pieza teatral homónima de su compatriota Juan Carlos Gené. Hizo también otros cortos y un segundo largo, "Cien años de perdón" (1999), una comedia dramática sobre banqueros y asaltantes, con algunas puntas críticas sobre corrupción en las altas esferas.

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