Dos horas con el maestro

2008-03-22 00:00:00 300x300

SEBASTIÁN AUYANET

De tan simple, misterioso. Descuidado seductor de audiencias y a la vez músico de pub y carretera sin pretensiones. El jueves pasó por Punta del Este la historia de la música. O un hombre de ningún lado rodeado de una corte de geniales músicos de rock.

¿Cómo debería pararse un amante de la música ante las nuevas propuestas artísticas en función de las obras del pasado? ¿Qué puede ser lo que mantenga viva a la inspiración de un artista con medio siglo de carrera? ¿Cómo puede un hombre cambiar y al mismo tiempo seguir siendo el de siempre? Estas cuestiones centrales que pueden aplicarse sobre la mayoría de las grandes figuras del arte, pueden -por fin- tener explicación si el tipo que se está a punto de ver se llama Robert Zimmerman.

Sobre el escenario ubicado en el estacionamiento del Hotel Conrad las luces se apagan y una voz sombría acompañada de violines nerviosos comienza la presentación. Sin esperar a que termine, el hombre y sus músicos se acomodan. Hay misterio y no hay misterio. Es un show más y no es un show más. El lugar puede ser el Conrad, o cualquier hotel con casino en algún pueblo de Arizona, California, o algún bar del fin del mundo.

Un viento sopla con fuerza y la gruesa voz termina su parlamento al pronunciar el nombre de la leyenda y dar paso al aplauso. Con la guitarra colgada, el músico apunta a su banda con la mirada y, con un leve gesto, se entiende el "ok, adelante". Así, la que junto con la E Street Band de Bruce Springsteen sea probablemente la banda de pub más grande y precisa de todo el mundo comienza a tocar. La sensación es antagónica a la que puede ofrecer un recital de estadio.

El concierto, predecible en su esqueleto e incluso en sus sutiles modificaciones, comenzó con el de Minnesota a la guitarra, igual que todos los shows de esta gira. Para arrancar eligió Cat´s in the well, una gema de su Under a red sky (1990) que ya había utilizado para abrir su concierto en Rosario, Argentina. Como también era de esperarse, casi nadie acertó y hubo que recurrir al dylanólogo más cercano.

Luego del primer aplauso, Bob apretó la guitarra contra su cuerpo, en un movimiento que hizo recordar a George Harrison y comenzó a cantar -o mejor dicho, a recitar- Lay lady lay. Lo único que bailaba sobre el escenario era el pie derecho de la leyenda, que subía y bajaba. El resto de los músicos se miraba y gozaba de tocar, sin arrebatos.

Después llegaría Watching the river flow, una muestra más de la simpleza y perdurabilidad que Dylan pretende (y consigue) de su obra. Los años y el tabaco han hecho cambiar graznidos y gritos por susurros cascados. La canción, entonces, muta. Y en el caso de versiones como la de Love sick hasta cobran una impensada actualidad. "En realidad no importa de dónde viene una canción. Lo único que importa es a dónde te lleva", dijo Dylan alguna vez. Y en este caso, mientras jugamos a ver a una banda a la que el escenario le queda demasiado grande -porque como buena banda de bar tocan apretados mientras se miran y escuchan- esos seis elegantes cowboys de negro le dan un repaso a la música contemporánea rehaciendo viejas canciones. Se comienza a entender.

Para el quinto tema, el primer sacudón de intensidad. Una acelerada Thunder on the mountain (la primera de su disco Modern times) convierte a ese pequeño núcleo musical en una fiesta de amigos privada a la que asisten desde fuera 4.000 personas.

En realidad, van quedando algunos menos, porque buena parte de la veterana audiencia que ocupa las primeras filas se retira del predio: el llamado de la ruleta y las tragamonedas parece ser demasiado fuerte. Por contrario, cientos de personas que quedaron sin entrada están tras las gradas escuchando el show. Sobre el escenario, Bob disfruta. El marco de hombres indiferentes de camisas de seda brillante y gomina en el pelo acompañados por chicas jóvenes que bailan sin entender mucho parece motivar aún más a esta banda rutera que un estadio de fanáticos gritones.

Mientras tanto, cae A hard rain´s a-gonna fall; otro flechazo al alma que arranca con un nuevo vaivén emocional: Girl of the north country, canción que alguna vez grabó a dúo con Johnny Cash en 1969 y la balada Spirit on the water, donde sale lo mejor de su registro vocal en esa noche. Y de nuevo ese grupito de músicos con leve tendencia al blues se transforma en una locomotora de country rock con Rollin´ and Tumblin´. Fiesta.

Ahí aparece Denny Freeman, violero cultivado a la sombra de Stevie Ray Vaughan que con otro de sus solos extasiantes provoca sensación de hedonismo musical. Bob mira al bajista Tony Garnier, su director musical sobre el escenario. Se ríe. Luego cierra dedicando otra sonrisa de placer al amable y preciso batero George Recile, y propone otro bajón con Just like a woman, del esencial disco Blonde on blonde.

Va quedando poco. Otro subidón con Highway 61 revisited y la armónica de Bob entra en escena. Si en su juventud sonaba anárquica y potente, ahora no pasa de tierna y relajada. La belleza pasa por otro lado y otro estado de ánimo, pero sigue ahí.

La última del nuevo disco es When the deal goes down, y después de Summer days llega el momento más sentido de la noche, al menos para la mayoría del público: Like a rolling stone suena, a diferencia de casi todas las otras, con poca variación melódica. Hay gente que canta al estilo de la versión de Mick Jagger, y otros a la que el nudo en la garganta le hace fuerza.

Vienen los bises. Con el grueso de la platea de pie y apelotonada sobre el escenario, el cántico festivo y arengador de Rainy woman #12 & 35 comenzó el cierre de forma eufórica.

El remate dejó a muchos con ganas de presenciar en vivo otro hit legendario como Blowin´in the wind, que por alguno de esos motivos misteriosos que tanto atraen a los fanáticos el cantautor se guardó. La despedida fue intensa y rockera. Sonó All along the watchtower y, recordando a Hendrix, más de uno sintió que la experiencia quedó completa.

Hubo regreso, y fue un momento clave en la historia de los espectáculos en vivo en Uruguay. Pasó Bob Dylan y quedó la sensación de que quizá lo vivido ese jueves no suceda nunca más.

El viejo juego de estar y no estar

"Horas antes del recital, Dylan aprovechó el buen clima y la tranquilidad del balneario y salió a dar un paseo en bicicleta, disfrazado de mujer para evitar la persecución de los fanáticos alertas y/o miembros de la prensa".

Si lo que dice el comunicado que el Conrad envió a la prensa es cierto, la históricamente compleja relación entre la leyenda y su público ha escrito un nuevo capítulo en el balneario. Y nuevamente por la negativa, Dylan termina volviendo a estar más presente que nunca con sus extravagancias para pasar desapercibido.

No es que hubiera demasiados fans en las cercanías del hotel Awa, donde se hospedó el cantante junto a su equipo. Pero de cualquier manera el hermetismo fue total. "Ah, no sé nada de nada", decían los choferes de las camionetas con una mirada que delataba un secreto mal guardado. Perdido por perdido, uno podía ingresar a la recepción del hotel y preguntar por el cantante, que en realidad se hace llamar Robert Zimmerman, aunque la respuesta fuera un gracioso "¿de parte de quién?" de alguno de los empleados de la recepción.

En las visitas de Bob Dylan se suele hablar poco de música porque ese mito del hombre inubicable, reacio a los fans y a la vez omnipresente en todas las esquinas de la ciudad en que se instala, crece con cada anécdota misteriosa.

Luego del final del show, el avión privado del músico ya tenía las turbinas calientes. Lima es la parada de aprovisionamiento y en Zacatecas (México) está el próximo escenario.

Cuando el avión despegó, los fans más jóvenes de Dylan festejaron el encuentro en el reducto más "dylanesco" de todo montevideo. Los dos ómnibus del pub La Ronda llegaron para varias vueltas de masticable y cerveza, a la salud de Bob, de Robert o incluso del seudónimo Jack Frost.

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