ALEXANDER LALUZ
Reivindicando esa tradición mestiza y siempre porosa del tango -incluso a pesar de la Academia-, el próximo martes se reunirán en el teatro Solís dos generaciones en una celebración de espíritu regional: Atilio Stampone y Ricardo Olivera.
El primero le dobla la edad al segundo. La diferencia, sin embargo, no tendría que importar demasiado, más allá de motivar ese rico juego de percepciones en la que el tiempo puede discurre por carriles nada lineales. Es que a esta altura de la historia, el tango es ante todo eso: una música sostenida por historias, tiempos, genealogías que se anudan en una memoria que se cultiva en las narrativas de la modernidad.
En 2005 y en 2008, esta sociedad intergeneracional dejó dos impecables muestras de ese funcionamiento simbólico. Fueron en el mismo escenario al que volverán este martes, a las 20.30 horas, y con características casi similares: un show donde se revisitará el repertorio clásico, del género y en particular de la frondosa producción de Stampone, con piezas instrumentales y cantadas, en las que Olivera promete hacer gala de su recia y expresiva voz, con el sólido apoyo del quinteto de Stampone.
Quien haya escuchado atentamente Aristocracia arrabalera, el disco que Ricardo Olivera editó junto al trío de Álvaro Hagopián el año pasado, tiene ya un manojo de muestras muy interesantes para aquilatar el estilo de este cantante del barrio Buceo. Porte firme, mucha "cintura para el swing" y el decir tanguero, son parte de las expresivas revisiones de Manzi, Tulipano, Ferrer. Las muestras de la discografía del pianista de San Cristóbal, Buenos Aires, son más difíciles de elegir. En más de 60 años sentado al piano, componiendo, arreglando, orquestando, los títulos superan las limitaciones de una contabilidad apurada. Con pan y cebolla, Fiesta y milonga, Mi amigo Cholo, Un guapo del novecientos, Afiches, Viejo gringo, Ciudadano, son apenas apuntes mínimos de los tangos que forman su copioso catálogo de grabaciones, pero alcanzan para esbozar esa bien lograda articulación entre formación académica, sabiduría y swing en los arreglos, la interpretación, y un oído inteligentemente cultivado en la escucha diaria.
Es muy fácil hablar de Don Atilio como una leyenda viviente. Esa elogiosa predicación, propia de la ampulosa retórica tanguera, hace justicia con su trayectoria, aunque no va más allá de su reivindicación como emblema de un género, que debe ser citado obligatoriamente en cualquier repaso de las estirpes del género. Pero, es necesario reconocerlo, no da mucha cuenta de la vitalidad musical y personal que mantiene a sus 83 años. Algo que se hace muy evidente al cruzar las primeras palabras con él, incluso a través del teléfono.
"Cuénteme, ¿de qué quiere charlar?", dice con un tono distendido, sin apuros que diluye toda consulta dubitativa, con el que es fácil imaginarse su postura, sus gestos y hasta cómo es su entorno en las oficinas de Sadaic (Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música), de la que es uno de sus principales directivos.
Rápidamente, como en una conversación de café, llegan en una acumulación de fragmentos de tiempo, el entusiasmo por volver a tocar en Montevideo, Troilo, Piazzolla, Maffia, Salgán Mores, la Orquesta Nacional Juan de Dios Filisberto, Bill Evans, Ravel, las orquestas de jazz, la armonía, los arreglos. También Gardel y Goyeneche, como paradigmas para medir a cualquier cantante: "esas son las barreras que tienen. Cómo superar aquel talento natural de Gardel (...) o ese decir de Goyeneche", sentencia. "Troilo tuvo la mejor orquesta de su época (...) creó un estilo único, innovador" a prueba de todo arreglador. Él, recuerda, "metía mano en todos los arreglos, borraba y volvía a escribir" y esas interpretaciones luego sonaban muy distinto a cualquier otra realización. No tenía parangón: forjó un nuevo estilo en la práctica orquestal, en la forma de componer y tocar. "Y esa fue mi formación de pibe", después, claro de haberse fogueado con la orquesta de Pedro Maffia, a los 16 años, y un año antes en la de Roberto Dimas.
Años después, en 1946, se integrará a la orquesta de Astor Piazzolla, a quien reconoce como creador de otro tango, como ocurrió con Salgán, aunque su estilo, subraya, también está marcado por Troilo. Muy elocuente: "los pianistas de mi época, Colángelo, (Osvaldo) Manzi, Berlingeri (...) todos tocamos siguiendo" a Pichuco.
Ese estilo, en su lenguaje personal, también recibió aportes del jazz y hasta de la llamada música clásica. En el primer caso, Bill Evans tienen un peso fundamental. Ravel y sus concepción armónica y orquestal llegan del mundo "culto" y de esa bisagra estética compleja, diversa, que fue el pasaje del siglo XIX al XX en la música (centro) europea. Debussy y Gershwin, son las otras referencias a las que profesa una admiración alimentada en muchas escuchas. "La influencia de Ravel en el jazz y también en el tango fue muy importante. Sus armonías siguen allí presentes", anota en una descripción que abunda en detalles técnicos.
De esa matriz tan variada nace su propio lenguaje pianístico y compositivo, donde no por casualidad el tratamiento de las armonías y la instrumentación se convirtieron marcas identificatorias: "me importa trabajar con los acordes, repensar las armonías, el manejo de los instrumentos. Casi nunca conservo para un arreglo los acordes originales. Me gusta buscar otras posibilidades", para crear en esas tensiones y asimilaciones entre los contornos melódicos, el movimiento de los bloques, el color sonoro que resulta de todo ese entramado.
Esos sonidos tan rápidamente identificables en una performance en vivo o en una grabación, se pasearon en muchas giras en su país y en el exterior, junto a artistas como Ariel Ramírez, Julia Plaza, Julio Bocca, y alimentaron orquestas grandes y formaciones camerísticas como el quinteto con el que actuará la próxima semana en Montevideo.
Desde el año 2000, semejante experiencia artística también se vuelca a su trabajo como director de la Orquesta Nacional Juan de Dios Filisberto, con la que "disfruto volando con las posibilidades que tiene con todos esos instrumentos", dice.
El sello oriental de un esperado show
En horas del mediodía de ayer, Ricardo Olivera llegaba al puerto de Buenos Aires con el tiempo justo para comenzar el ensayo con Stampone. "Estoy llegando y voy a buscar un taxi para llegar a Sadaic. En media hora vamos a ensayar ahí con el quinteto", explica con voz algo agitada. No será una experiencia nueva, ya que compartió varias veces el escenario con Stampone, tanto en Montevideo como en Buenos Aires. "Incluso llegué a cantar con la Orquesta Juan de Dios Filisberto en 2009, y tengo una invitación para volver a actuar con ellos". Tocar con esta leyenda viva del tango, agrega, "es una experiencia enriquecedora. Él da mucha libertad a la interpretación, y me indica que el quinteto se va a plegar a mi trabajo". Tal confianza se sustenta en la muy positiva valoración que Stampone ha hecho del canto de Olivera: "tiene muchas posibilidades -calificó el veterano pianista-, y sin duda llegará a ser un gran valor para el tango".