Cumpleaños, regalo y un libro esencial

ANTONIO LARRETA

LAS COLUMNAS

El 14 de diciembre cumplí ochenta y cinco años. Mi hermana Verónica me trajo un libro de regalo. Es un libro voluminoso, de carácter histórico, de esos que uno piensa que leerá a lo largo del verano y que un día podrá olvidarse en la arena. Grueso error. Lo devoré en tres días, y tiene 750 páginas. Lo firma un Cayota, y digo un Cayota porque admiraba mucho a su hermano Víctor, marido de una actriz deliciosa y fugaz (Nelly Mendizábal). Y ahora debo decir que admiro a otro Cayota, Mario, por la sostenida fascinación y la notable calidad y originalidad histórica de ese nuevo, novísimo, libro sobre Artigas, personaje que me persiguió y me invadió todo este año y que me aparece ahora, gracias al autor, bajo una luz inusual y muy a menudo indirecta manejada con sumo talento por el historiador.

En la primera parte se remonta al Poverello, a Francisco de Asís y la primera fraternidad franciscana. Es una manera de reconocer, de entrada, en dónde va a poner los acentos el libro, en su irrenunciable "subjetividad" (así la llama el autor), aunque su aporte de información histórica es tan completo y tan preciso que dicha subjetividad, si la hubiere, se convierte en un aporte precioso a la historia de las ideas de nuestra América. La extraña fusión del experimento franciscano a través de los continentes y los siglos, y el ideario artiguista.

El último capítulo es magistral. Resume bellamente la intención de Cayota y lo hace con elementos estrictamente históricos. La atención se centra en la Universidad de Córdoba, con una alusión a su leyenda negra, y su prolija rehabilitación a través de toda la gente que se formó allí o enseñó allí, y la difusión en toda nuestra América de la hermandad franciscana hasta llegar a una familia montevideana de nombre Artigas, donde casi todos sus miembros se hicieron hermanos de la orden. Los Artigas vivían junto al hospicio que en 1760 se convirtió en convento. A esa altura la propia madre de Artigas era miembro de la Orden Tercera. Artigas creció en esa atmósfera. Los franciscanos erigieron allí el Convento de San Bernardino, que se constituyó por muchos años en el único foco de cultura intelectual de Montevideo, vinculado estrechamente a la Universidad de Córdoba, donde también había jesuitas, como el inglés Falkner que ya enseñaba a Newton. Y el interés por las ciencias experimentales ya había llevado a la creación de una Cátedra de Matemáticas. Y alguien tan importante como el benedictino (y gallego) Fray Benito Jerónimo Feijóo difundía la "filosofía nueva" que cuestionaba duramente las crueldades de la Conquista.

Es una extraña coincidencia, o no lo es, que el franciscano Monterroso, futuro secretario de Artigas, también haya enseñado en Córdoba. Fue también una resolución del gobierno de Córdoba la que en 1815 declaró a Artigas Protector de los Pueblos Libres y le regaló la espada donde estaba grabada esa leyenda. También el paraguayo Fulgencio Legros, que murió fusilado por el dictador Francia, había estudiado en Córdoba.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar