RENATA DENEVI

Una vida entera de escenarios

Podría haber sido dentista o bailarina pero la pasión por el teatro que mamó desde niña y en las charlas intelectuales con sus padres (Jorge Denevi e Ileana López) pesó más. Debutó como directora y autora de Madre en 2016, con 21 años. Aquí su historia.

Renata Denevi
Renata Denevi egresó de la EMAD en 2014. Foto: Ariel Colmegna. 

—De niña te molestaba que a la gente le quedaran migas de galletitas Oreo en la comisura de los labios, ¿qué otras cosas alteraban tu humor?

—Siempre fui un poco obsesiva. Tenía pila de mañas. No podía ir a la escuela si no me hacía el rollito de la media. Si se me corría un poquito la tinta de la lapicera mientras hacía los deberes arrancaba toda la hoja. Podía pasar hasta las cuatro de la mañana para que quedara perfecto.

—¿Seguís igual?

—Con los años aflojé un poco, pero conservo algunas cosas. No puedo dormir si escucho el ruido de un reloj, o si se sale la sábana de la cama cuando estoy acostada.

—¿Te acordás cuando tu madre (Ileana López) llegaba tarde de las funciones y la sometías a ver dibujitos animados?

—Iba casi siempre al teatro con ella pero cuando me quedaba con mi abuela la extrañaba, entonces la esperaba y nos quedábamos hasta tarde mirando dibujitos de terror.

—¿Qué es lo primero que se te viene a la mente al recordar los veranos en Valizas?

—Mi abuelo construyó un rancho ahí y lo primero que se me viene es la imagen del fondo: una ventana que da al campo y las dunas atrás. Pasé toda mi adolescencia en Valizas: fumé mi primer cigarro, iba de noche al arroyo, tenía un amor de verano que nunca nos llegamos ni a dar un beso.

—Y hacías los afiches para los toques de tu madre y Gravina…

—Mi madre y Gonzalo Gravina tienen el espectáculo ¿Qué querés con ese loro?, armaban toques y yo siempre estaba metida en el medio. Los hacíamos a mano, todos mal escritos con mi amiga Julieta, y salíamos a pegarlos por Valizas.

—Tu padre se paraba en la orilla y no te dejaba meterte más hondo que por las rodillas, ¿recordás algún otro límite que te haya impuesto?

—Mi padre nunca fue de ponerme ningún límite, de hecho yo no quería ir a la escuela y me decía, no vayas, quedate viendo esta película. Siempre estuvo en contra de la educación formal pero mi madre no, y mi abuela médica menos. Pero algo en mi interior no me dejaba faltar.

—Tu padre te hacía muchas bromas pesadas, ¿alguna te quedó grabada o te traumó?

—Vivíamos en un edificio, cuando se apagaba la luz de las escaleras me asustaba, y yo gritaba y corría. Me sacaba los alfajores de la mano, se los comía enteros y yo lloraba. Siempre fue muy ácido con sus bromas. Mi amiga Julieta una vez perdió una tortuga y llegó de su rancho en Valizas al nuestro y mi padre le dijo, nos la acabamos de comer en una sopa. Ella se fue horrible e impactada. Para mí ya era común.

—¿De él heredaste tu comicidad y sentido del humor?

—Sí, un poco. Me encanta el sarcasmo. En mi clase de la EMAD alguien preguntaba, ¿qué le pasó a tal que faltó? Y yo respondía, falleció. Sí, pobre, horrible. Al principio era, ay, Renata, por favor, porque no me conocían. Yo me reía mucho para mí.

—No elegiste criarte entre ensayos, teatros y bares, ¿te gustó igual?

—No lo elegí, casi que nací en un teatro. Mis padres salían de un estreno, iban a La Tortuguita, que ahora yo también voy, y se quedaban hasta las tres de la mañana conmigo ahí. Me acostaban en unas sillas y cuando ahora recuerdo la gente hablando, el murmullo y los ruidos del bar me deja en calma. Viéndolo a la distancia, me fascina el recuerdo.

—¿Sentís que era inevitable que fueras artista o podrías haber tenido otra profesión?

—Yo quise ser dentista y después vestuarista. Hice danza desde los cuatro años y quería ser bailarina. Me fui a Cuba a entrenar incluso. Cuando terminé el liceo hice un curso de actuación ante cámara con Beatriz Flores Silva para probar y me quedó la cabeza en otro lugar. Me acuerdo que tuve una conversación con mi padre y le dije, quiero ser bailarina y dirigir. Él es muy radical y me contestó, si querés estudiar actuación no podés tener el cuerpo de una bailarina y entrenar lo que entrenás. Me metí en la EMAD, seguí entrenando y en un momento dejé por la pasión que sentía por el teatro.

—Pero entraste a la EMAD para dirigir, no para actuar…

—Cuando salí del liceo me tomé un año sabático e hice un viaje largo por Europa con la idea de volver y dar la prueba en la EMAD. Yo quería dirigir y acá no hay ninguna escuela de dirección. La única formación que tuve fue viendo a mi padre en millones de ensayos. Me metí y me empezó a gustar muchísimo actuar.

—Le encontraste el gusto a la actuación durante la carrera...

—Hice el clic en segundo año, cuando tuve de profesor a Levón. Sabe muy bien traducir la vivencia misma del actor y meterte en ese mundo. Él plantea mucho un ejercicio de atravesar el umbral y mi vida fue un poco eso con él: atravesé un umbral al gusto por actuar. Recuerdo que en un ensayo de La vida es sueño (Calderón de la Barca) él me pedía más, más, porque es muy exigente, y largué tal voz que quedé disfónica varios días. Desde ese momento empecé en la rosca e hice el clic.

—¿Cuánto de tu vocación como directora tiene que ver con la admiración que sentís por tu padre?

—Mucho. Yo iba a los ensayos y no tenía celular ni tablet. Las opciones eran dormir, jugar o mirar. A los siete años encontré que me fascinaba ver cómo mi padre le decía algo a un actor y notar el cambio tras esa marcación. Mamé eso toda mi vida. Me críe como observadora entre patas. Lo mío era mirar y escuchar, no hablar. Lo elegí por el interés que tenía en ver el proceso de una obra.

—¿Nunca sentiste presión por la figura de tu padre?

—Sentí presión cuando hice la prueba de ingreso a la EMAD por cómo podría llegar a ser mi desempeño, y también por mi opinión sobre el teatro, que es muy cercana a la de mis padres, pero muy distinta a la visión de la escuela. Apenas entré sentí una ola turbia pero ya al año se me fue. Y era tratada como cualquier otro alumno. Siempre está eso de, vamos a ver cómo actúa la hija de Denevi. Ay, no, para lo que es Denevi, horrible. Pero no me interesa en lo más mínimo.

Madre nace a partir de las actrices que te convocaron para dirigir una obra sobre la relación madre hija, ¿por qué planteaste una investigación autobiográfica colectiva?

—Me llamaron dos de ellas (María Inés Cabaleiro y Florencia Cúneo), me dijeron que querían hacer algo para Movida Joven y me plantearon el concepto del vínculo madre e hija. Yo convoqué a Valeria Ferreira y Ailín Osta, dos actrices que estaban en mi clase, y lo primero que hice por recomendación de ellas fue ver Todo sobre mi madre (Almodóvar, 1999). La película no fue ningún punto de partida pero sí el primer paso. Yo no me siento a escribir teatro, entonces visualicé que el camino más real era tirarles consignas: traigan una historia de su infancia donde recuerden un olor. Lo hacían, les iba pidiendo cosas más específicas y narradas, y así iba transformando esos textos en algo escénico. En paralelo, escribía cosas sobre mí y sobre mujeres que conocía. Es increíble después ver cómo la gente se ríe de cosas de tu propia vida.

—¿Qué pasó cuando tu madre vio la obra?

—Se sintió un poco atacada al principio, pero después lo naturalizó y hacíamos chistes sobre las escenas donde ella se reconocía fácilmente. De hecho, el otro día me lanzó una frase tal cual y le dije, ¿ves? Estás haciendo exactamente lo mismo que la obra. Y se empezó a reír.

—¿Y tu padre?

—Mi padre la vio una vez, me comentó que estaba muy bien, pero que tenía cosas para decirme, y me hizo algunas correcciones.

—¿Temías en la devolución de tu padre?, ¿estabas pendiente de eso en tu primera dirección?

—No, él es una especie de consultor, igual que mi madre: acudo a ellos porque los respeto mucho y fueron mis primeros maestros, pero no con miedo. Ya pasé esa etapa. Para mí era como una sombra la primera obra que iba a hacer, y en un momento dije, no es ese el camino. No le tengo miedo a la opinión de nadie porque es muy sincera la obra.

—Al inicio las actrices disparan adjetivos y características que son como piezas de un puzzle y sirven para armar a una madre cualquiera, ¿es una forma de generalizar el vínculo?

—Yo quería plantear cierta universalidad, que pudiera llegar a ser tu madre, la mía, no importa de quién, y no este personaje o el otro. En un momento observé un montón a la madre de mi exnovio, que es muy distinta a la mía, y a su vez ella también cuajaba con la madre de Florencia (Cúneo). Puse características de personas reales pero salpicadas.

—La obra toca el tema de la muerte de los padres, ¿es algo en lo que pensás mucho?

—Sí, nací y crecí con un padre mayor, se lleva 20 años con mi madre. La muerte ha estado bastante presente en mi vida. No es que piense en la muerte de mi padre, pero es algo que uno proyecta: yo tengo 23, él 74, es algo que va a pasar. Más allá de eso, me vinculé con la muerte desde muy temprana edad como algo romántico. Escribo mucho sobre el tema porque me quita un poco el sueño.

Debut temprano

Dirigió y escribió su primera obra con 21 años. Madre es un texto autobiográfico que se estrenó en La Gringa en 2016, se repuso en el Florencio Sánchez, y el sábado pasado se hizo la última función en el Museo Torres García.

Próximo desafío

Interpretará a una cocinera en la obra Volare. La idea inicial de Natalia Castello, directora, era hacer una obra infantil pero durante el proceso creativo mutó hacia un concepto para todo público. "Es muy corporal, tiene imágenes sensibles y poéticas. Es un lugar donde los niños se pueden enlazar con una historia, no es puro entretenimiento". Se estrena en vacaciones de julio en Tractatus.

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