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La moraleja que transpira el film es: chicas, no laburen, no tengan hijos, búsquense un bacán que las mantenga, les ponga un penthouse y les pague las pilchas más caras. Sean gato.
Últimamente he estado estudiando las influencias y repercusiones de Sex and the city en el ejemplar femenino adulto de la especie humana gringa.
Freud se haría un picnic.
La semana pasada les decía que para mí el secreto del éxito de la serie y ahora de la película está en que muestra la amistad entre personas adultas del mismo sexo.
Claro, están los romances y la pornografía del lujo: los penthouses, los vestidos, las carteras, los zapatos. Pero en la sociedad estadounidense de hoy el bien más escaso es la amistad.
Incluso personas con cabeza, en este caso mujeres con cabeza, han intentado fundar barritas de minas de treinta para arriba, con el molde de Sex and the city.
Sin ir más lejos, está el caso de una chica hermosa y cultita, que cantó con mi banda durante el primer año y medio.
Con sus amigotas arman barritas así, caen de a cuatro en fiestas, se empilchan lo mejor que pueden y salen a curtir la noche… Y te declaran que son como un bloque, todas para una y una para todas. Y vos pensás, pero cómo, si hace tres meses apenas se conocían y además Kathy nunca pudo aguantar a Christine. Es muy fuerte.
Tres meses más tarde, de las cuatro mosqueteras quedan dos y, con dos nuevas aspirantas a rastras, apechugan como pueden entre vasos de vino a 12 dólares cada uno, picadas a 24 dólares por cuatro pedacitos de queso y dos espárragos, parkings a 20 dólares la hora, taxis que no vienen y hombres generalmente poco atentos.
Los diálogos tampoco son chisporroteantes como los de la tele. Y los bacanes no pintan por ningún lado.
El otro día escribí, antes de que empezaran a salir las críticas y antes de que el estreno de la película Kung Fu Panda destronara de las taquillas a Sex and the city y a Indiana Jones en el Cotolengo Perdido.
Ahora han salido toneladas de críticas, de tres clases. Uno, de los cronistas que están directamente pagados por las productoras de Hollywood. Dos, de los cronistas que no reciben un sueldo, sino coimas de parte de las productoras de Hollywood. Y tres, de los críticos que no están a sueldo de Hollywood y que no reciben coimas. Que es el tipo más raro en medio de la decadencia y la corrupción a la que se han degradado el 90 por ciento de los medios de difusión en Estados Unidos, especialmente los más poderosos.
Los críticos mas entusiastas, los que más deliraron con los modelitos de las tsicas, el lujete y la pavada, fueron, como siempre, los coimeados.
Segundos fueron los cronistas cholulos del resto del mundo, que sin haber visto la película están dispuestos a batirle el parche gratis a cualquier artefacto que venga propagandeado con brishos y petardos. Es la mentalidad del paparazzi.
Ahora sí, los otros críticos, los que no están coimeados ni son gacetilleros a sueldo, le han dado como quien lava y no tuerce.
Para darles una idea, les voy a citar a Anthony Lane, uno de los críticos más suaves y benévolos, casi anodino, de la revista The New Yorker. Esta publicación es de lo poco medio decente que queda, aclaremos.
Dice el tal Anthony: "Yo fui al cine con la esperanza de pasar una buena tarde y salí transformado en un marxista de línea dura, con mi cabeza convertida en un torbellino de closets, alucinaciones y gatitas mostrando las zarpas. Lo que a la película le falta es un subtítulo: `Las Mentiras, la Perra y el Guardarropa`".
Si esta película puso en semejante estado a un buen pequeño burgués de Nueva York, acostumbrado al café de Starbucks, al sushi y a los aperitivos en la terraza del restaurante Balducci, imagínense lo que podría llegar a hacerle a un verdadero crítico marxista. Hulk sería un poroto.
Y es que cuando el Sr. Big rompe por enésima vez su compromiso matrimonial, todo lo que la anoréxica protagonista atina a decir es: ¿Y AHORA CÓMO VOY A CONSEGUIR MI ROPA?
Mi consejo es que agarre para las ocho horas, que agarre.