MARTÍN CARDOZO

Metal y purpurina: el benjamín de los Cardozo

La murga Agarrate Catalina cierra el año con sus clásicas Cantarolas en el Museo del Carnaval el 14 y 15 de diciembre. Y es la la oportunidad para charlar con el menor de los Cardozo, que soñaba con ser el líder de una banda de metal. 

Martín Cardozo, de Agarrate Catalina
Martín Cardozo, de Agarrate Catalina. Foto: Julieta Raso. 

Sus cachetes eran la sensación de los cumpleaños familiares. Martín es el único de los hermanos Cardozo que no tiene nombre indígena y le valió una crisis en la niñez. Se sentía discriminado y se hacía llamar Martín Artigas Heber. Mientras Tabaré y Yamandú eran utileros y escribían cuplés de murga, Martín prefería vacacionar en Rocha con amigos. El menor de los Cardozo soñaba con triunfar en una banda de metal. Tenía el pelo largo y sedoso. Cambió las uñas negras por la brillantina en la cara cuando conoció a la barra de Agarrate Catalina y se enamoró de la experiencia de crear en equipo.

Ese niño hermoso, rozagante, y cachetudo que las tías se peleaban por apretujar en los cumpleaños, un día perdió esa ternura y se alunó de forma descabellada porque no quería llamarse Martín. Los nombres indígenas de sus hermanos mayores, Tabaré y Yamandú, tenían "mística", y él se sentía discriminado. Cuando entró a la escuela quiso superarlos e ir un rango más arriba que los charrúas. Empezó a estudiar a Artigas, y decidió cambiar su identidad. Los que querían comunicarse con él debían llamarlo Martín Artigas Heber. Incluso la maestra tuvo que decirle Artigas alguna vez para que le respondiera. Todavía recuerda el eco de esas risas que rebotaban en el salón de clase. La huelga de nombre le duró una semana: la maestra se comunicó con la madre de Martín y le ordenó que hablara con su hijo para que terminara con esta "pavadita".

Mientras Tabaré y Yamandú eran utileros de murgas y escribían para Carnaval, Martín jugaba a hacerse el metalero en el fondo de la casa de un amigo. Habían acondicionado el lugar con espuma plast y hueveras para aislar el sonido, pero se filtraba por todos lados. La banda usó el nombre alternativo Full, pero jamás llegó a ser oficial. Nunca tocaron en vivo. Eso sí, ensayaban a diario y sonaban horrible. Antes y después de practicar hacían el "descontrol" que consistía en gritos, ruidos, y darle a la batería lo más fuerte posible. Un vecino les gritaba tarde por medio que no los aguantaba más. "Botón, ortiva, estamos haciendo música", respondían los tres adolescentes. "Eso no es música, imbéciles, por lo menos toquen una canción". Los covers de 2 minutos, Green Day y Nirvana les salían bien. De Metallica tenían medio tema porque no sabían resolver el solo de guitarra.

"Así empecé a probar mi voz a través del micrófono. Intentábamos tocar todo lo que tuviera distorsión y habilitara el pogo y peludear". Es que a los 15 años Martín tenía el pelo por la cintura, lacio y sedoso. Y se pintaba las uñas de negro. "A los 12 me confundían con una mujer porque me desarrollé tarde, tenía poco vello fácil y el pelo largo". Yamandú y Tabaré estuvieron a punto de arruinar la reputación punk del menor de los Cardozo. Lo convencieron de que se pusiera un chaleco de cuero marrón para un cumpleaños de 15 pensando que le quedaría bárbaro, "pero estaba idéntico a Ráfaga y quedó re pegado", recuerda Yamandú.

Martín se destacaba por su talento manual. Pintaba remeras de rock y de Nacional. El logo de Agarrate Catalina lo diseñó él. Yamandú le contó a su hermano que quería armar una murga, se acostó a dormir y a la mañana siguiente se encontró con que la única camiseta que le entraba estaba pintada con ese arlequín "medio rebelde y a los gritos", y la inscripción Agarrate Catalina. La murga tuvo nombre y logo antes de existir. Yamandú aún conserva esa remera verde con la que se paseó durante meses. "La gente le preguntaba qué era y varios compañeros por curiosos terminaron siendo parte de La Catalina", cuenta Martín.

La murga que mejor maneja el marketing en Uruguay dio sus primeros pasos en materia de merchandising con remeras pintadas a mano por Martín para todos los componentes. Familiares, amigos y novias de los murguistas también querían la suya. Martín solo les pedía que le llevaran la camiseta y las pinturas, o plata para comprarlas. Llegó a dedicar ocho horas diarias a esta actividad sin fines de lucro. En 2002 se le fue de las manos: la demanda creció porque la murga explotó. "Me di cuenta de que estaba perdiendo mucho tiempo y prefería dedicarlo a algo más productivo".

Mucha brillantina.

Le gustaba la murga pero no era carnavalero. Si sus hermanos no salían, prefería irse para afuera con amigos.

—¿Te imaginabas murguista?

—No. En los actos escolares imaginaba que tenía ganas de recibir un aplauso. Hice varias veces de árbol y sol, papeles tímidos. Pero me encantaba el aplauso y esa paga que hace la gente al artista. Tabaré y Yamandú me largaban como mascota en las barras de amigos de ellos, yo los hacía reír, y me fascinaba esa devolución. A los 13 años Tabaré me obligó a anotarme en Teatro Joven, pero nunca estudié nada.

Miró de reojo a La Catalina durante el primer año. Acompañaba en los ensayos, pero sin participar del espectáculo. Hacía apoyo moral. Yamandú creía que Martín aportaría desde lo estético, pero no pensaba que se subiría al escenario.

—¿Quién te convenció para que dejaras de mirar a la murga desde abajo?

—Todos me afilaban un poco, pero conocer a la barra de La Catalina me impulsó. Entrar a un grupo nuevo me daba mucha vergüenza. Era muy tímido socialmente. Conocí a la barra y vi que la murga estaba buenísima, pero experimentar construir algo con compañeros me enamoró profundamente.

Yamandú dice que hoy es imposible concebir la murga sin Martín. Cuando actuó en la ficción Porque te quiero así (Canal 10) se perdió algunos toques y "fue rarísimo suplir su ausencia". No pudo hacer la gira por Madrid en 2010 que duró un mes y no hay una vez que Yamandú no le pregunte si recuerda tal o cual anécdota. "Lo primero que me viene a la cabeza son historias con Martín incluido. No puedo creer que no haya estado. A ese punto la importancia que tiene en la murga".

—¿Confiaste de primera en tu capacidad para actuar e imitar?

—Más o menos. Soy bastante auto crítico. A veces me persigo al pedo, me castigo demasiado. Fui aprendiendo a asimilar el error como parte del arte. Como respondía bien me daban más participación y esa responsabilidad me generaba más preocupación. Siempre fui un gran estresado. Y mucho es debido a la competencia del Carnaval. Está ahí. Aunque no tengas la presión, existe.

—¿Te sentís más liviano en los escenarios donde no hay competencia?

—Sin duda. Me divierto mucho más. El Teatro de Verano es un momento alucinante que no olvidaré jamás. Canté por todo el mundo, pisé escenarios emblemáticos, pero nunca más me pasó algo similar. No es fácil estar ahí arriba.

El estreno de Un día de Julio también le "pesó bastante". Era un renacer para La Catalina. Habían quedado afuera de la Prueba de Admisión y prepararon por primera vez un show ajeno a las exigencias del Carnaval: dos horas de espectáculo, en el Sodre y el título llevaba el nombre del personaje de Martín, Julio. "Tenía mucho diálogo y pies donde no podía patinar. Mis miedos son con la memoria. Esa noche dormís pleno y feliz si todo sale bien. Y te queda prendido en la retina ese aplauso", ese que soñaba recibir cuando era un niño.

Hermandad creativa.

Hace poco decidió armar una nueva banda de metal. El proyecto aún está en pañales pero tienen material de sobra para grabar un disco.

Empezó a componer hace dos años y dice que ver la hoja en blanco es aterrador. Varias personas percibían en él una cabeza creativa interesante y lo incentivaban a escribir canciones. Pero no le nacía. Hace dos años sintió la necesidad de hacerlo: "Hay una edad en que empezás a mirar más para adentro. No sé si vamos a poder grabar y tocar en vivo esas canciones, pero el hecho de hacerlas y mostrárselas a alguien sacó algo re lindo en mí que me cobijó".

Martín canta orgulloso lo que sus hermanos escriben y le costó muchísimo mostrarles sus temas. Sentía vergüenza "porque admiro mucho cómo escriben. Estaba muy nervioso pero tuve la suerte de que les gustó y eso me impulsó a hacer más canciones".

No carga con la responsabilidad de armar los espectáculos de Agarrate Catalina, pero siempre está muy cercano durante los procesos. Yamandú dice que la función del menor de los Cardozo es sobre volar la creación con la libertad de entrar y salir sin estar atado, y así generar aportes más frescos y críticos.

En Un día de Julio la historia cambió. Después de quedar afuera del Carnaval decidieron irse los tres solos a Río de Janeiro a armar un espectáculo lejos de todas las distracciones. Ese viaje les sirvió muchísimo a nivel de "hermandad". Tabaré y Yamandú escribían en la playa, y luego lo discutían entre los tres. "Nunca había estado tan por dentro y creo que aporté más que otros años, sobre todo respecto al rumbo del show". Yamandú confirma que su hermano picoteó en "toda la sustancia de la historia".

—¿Qué pasó esa noche de fallos de 2005 cuando escuchaste que La Catalina ganaba?, ¿qué pensaste?

—Fue rarísimo. Ese enero iban 40 personas al ensayo. Eran todas caras conocidas. Y esa noche el club era un mar de gente: había más de dos mil personas. Fue muy sorprendente y avasallante. Había caravanas de autos, bicis y motos que nos seguían de tablado en tablado. Lejos de sentarnos a analizar eso nos paramos a disfrutarlo.

Esa noche hicimos baile de disfraces. Yo me puse un mameluco, jogging tipo chupín, un casco y laureles para parecer un corredor de autos. Me morí de calor. Esa noche la murga empezó muy abajo en la primera rueda. Se fue dando muy de a poco y cuando se empezó a arrimar me fui para el vestuario a escucharlo solo. Fue increíble, muy loco y emocionante. Sentíamos que era demasiado e inmerecido, pero la murga estaba divina y podía ganar perfectamente.

—¿Qué es La Catalina para vos?

—Es mi vida desde los 19 años. Está todo armado ahí. La mitad de los afectos más importantes de mi vida están ahí. Desde que decidí jugarme al arte mi forma de arte es La Catalina y el género murga. Y quiero que así sea para siempre. Tuve ofertas hermosas para salir en Carnaval de diferentes categorías este año. Por más que no agarré, es divino que se fijen en vos.

—¿Te lo cuestionaste?

—Lo pienso y cada propuesta que me hacen me seduce. Podría ir de prestado un rato como van a hacer muchos compañeros, pero no me dio el cuero para salir en otro conjunto todavía.

—Tienen fanáticos y gente que los arruina, ¿algún comentario te dolió de verdad?

—Las críticas objetivas me parecen súper constructivas, y he aprendido incluso de críticas no constructivas que tenían algo de verdad. Me duele cuando están hechas con mala leche y hay un odio de gente que nunca charló contigo y está ensañada. La agresividad me entristece mucho. He logrado que no me paralice, ni me tranque el motor artístico pero me duele y me dolerá toda la vida.

—Donde más vibras la competencia es con Nacional y Uruguay, pero ¿cómo te sentiste después de esa Prueba de Admisión que no pasaron?

—Horrible. Inesperado. Seguimos pensando que la murga estaba en el nivel. Fue un dolor muy grande. Tengo la certeza de que no fue un motivo artístico, sino otro, pero por lo que sea me sacaron de lo que considero mi casa, el Carnaval. Ese portazo nos llevó a hacer por primera vez un espectáculo con la libertad absoluta de tiempo y de todo. La gente es un poco adicta a la competencia y si no estás concursando no te van a ver con el mismo fervor, pero logramos girar dos años sin parar. Económicamente fue un gran desafío. Los sponsors te apoyan cuando estás en Carnaval porque les hacés propaganda en los tablados. Tiene lógica. Fue muy difícil sustentar el show. Lo saldamos mucho tiempo después de girar.

—¿Extrañás el Carnaval?

—Extraño el tablado a morir, pero la competencia no. Es un juego increíble, tiene una magia especial, pero siento que ya lo jugué. Me pasó de todo. Gané casi la mitad de las veces que concursé. Me dejaron afuera de la Prueba de Admisión. Estuve en todos los puestos que podía estar.

—¿No habrá más Agarrate Catalina en Carnaval?

—Nos encantaría hacer Carnaval sin concursar pero no se puede. Cuando terminó el concurso este año hicimos doce tablados municipales sin ganar un peso pero fue una experiencia increíble: es gente que no va a ver espectáculos de Carnaval en invierno a un teatro. A ese público lo perdés y eso sí lo extraño. Ojalá le encontremos la vuelta para hacer tablados, y sino concursaremos. Y si estamos en el concurso saldremos jugar el partido en serio.

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