La noche tiene nuevo príncipe

"¿Cascanueces qué termina siendo? El nombre de la pastilla, de todo".

Por: Bernadette Laitano

El cascanueces es una herramienta que facilita la tarea de comer nueces. En 1816, E.T.A. Hoffmann le "dio vida" en un cuento infantil, convirtiéndolo en un príncipe encantado que se enamora de Clara y lucha contra una legión de ratones para llegar al País de los Dulces. Hoy, en Montevideo y en el siglo XXI, es la versión danzada que Martín Inthamoussú ideó exclusivamente para adultos. En ella, los reyes son la noche, la música electrónica, las drogas y los avances homosexuales.

-¿Qué estabas haciendo cuando se te ocurrió realizar este espectáculo?

-Se me ocurrió hace mucho tiempo. Quería hacer una versión de un clásico de ballet y al Cascanueces lo tenía pululando por ahí porque es un ballet que no ha sido tan intervenido. Mathew Bourne, por ejemplo, en Inglaterra, ha trabajado con El lago de los cisnes, ha hecho Carmen… Pero nadie se animó a meterse con la historia de Cascanueces, entonces decidimos que era eso. Lo intervenimos de todos lados. ¿Qué es? Un ballet para niños. ¿De qué manera lo transformamos? Haciendo un ballet para adultos. ¿Cómo intervenirlo a través de la música? Dándole al ballet, que no es nada contemporáneo, una fiesta electrónica. Y cuando decidimos hacer una fiesta electrónica decidimos hacer una versión gay.

Lo que mantiene, entonces, del ballet original es la estructura que, a grandes pasos, corre en paralelo con la llegada de los invitados a la fiesta, el viaje al País de los Dulces -el contacto, por primera vez, con la droga y su consecuente viaje alucinógeno- y el "regreso". Está la pareja principal, que aquí bautizan Clarito y El Príncipe, y está Drosselmeyer, pero versión dealer. "¿Cascanueces qué termina siendo, también? El nombre de la pastilla, de todo", sentencia Martín.

En escena, además del dealer y la DJ Paola Dalto, la atención recae en cuatro chicos que bailan en solitario mientras el público entra en la sala Under Movie. Suena Tchaikovsky apto para pistas. Cuando todos se acomodaron en sus asientos, aparece un quinto muchacho, el nuevo. La edad promedio de todos: 25 años.

"A mí lo que más me interesa, dentro de la danza, no es la parte técnica del bailarín. Me interesa que cada uno pueda crear su personaje desde donde bailar. (El elenco) tuvo dos meses de creación de personaje, de investigación sobre quiénes eran, por qué iban a la fiesta, cuál era su objetivo, cuál es la necesidad por la que se acercan a las drogas. Una vez que estuvo compuesto todo eso, empezamos el montaje, que duró tres meses. Vos no los ves bailando exactamente iguales porque cada uno tiene un personaje. Yo siempre digo que cuando voy a ver danza y veo la técnica del bailarín, me aburro porque no siento que haya un contenido conceptual (...)En este caso nace de los personajes, desde un espectáculo teatral".

-Acá también transgredís los planos. Lo hiciste en Antes/Después, donde mediante una proyección de video se te veía trepando las paredes. Ahora jugás directamente con los planos y el artista, haciéndolo bailar tango y salsa con los pies en la pared.

-En esa escena, que se llama la Danza de los Niños, que es cuando los invitados van llegando a la fiesta, dijimos `es la llegada a una fiesta, hagámoslo con danzas sociales`. Trainspoting fue una referencia muy fuerte y Réquiem por un sueño también. Hay una frase en Trainspoting que dice -y que es un texto que dice Paul (Domenack) en la obra- `piensa en tu mejor orgasmo y multiplícalo por mil`, y después dice `se siente como si estuvieras volando`. Entonces, esa cosa de no sentir tus piernas o sentirlas pero en un plano diferente, es que tu percepción del espacio empieza a cambiar. Yo quería que el público vaya en ese viaje y ahí surgió la idea de usar las paredes como un plano horizontal, de que la alfombra se vaya destruyendo, que las bolas de espejos suban y bajen, que tu percepción del espacio quede totalmente diferente al finalizar la obra.

-Uno sigue la historia, pero más que nada recibe sensaciones. La búsqueda del amor y hasta el tema de la soledad están presentes, pero lo que se trasmite con más fuerza es la sensación de la psicodelia.

-Sí. La luz ayuda mucho a ese estado, la música tan alta, y que también haya momentos de lucidez como podés tener en una noche donde decís `¿qué está pasando?, ¿cómo llegué acá?` . Y ahí, la decisión de seguir o detenerse. Lo tenés cuando entra cada uno de los personajes y le dice un secreto al público, y que si te tocó escucharlo bien y si no, no. De hecho, tienen esos momentos de lucidez y después deciden seguir hasta ver, como dice el personaje de Claudio Castro, `cuánto más puede soportar el cuerpo de un joven común y corriente`, cuál es el tope que uno puede llegar a tener, y después que ya viste eso quién es el culpable. Yo creo que no es importante lo del amor y la soledad porque eso existe igual, lo dice el dealer al final: "Al fin y al cabo, todos lo estamos". Ahora, ¿cómo llegás a eso?, ¿quién tiene la culpa de eso? (...) Más que un juicio moralista, hay una reflexión a la que invitamos al público.

-Homosexualidad y drogas dominan la obra. ¿Cuál es la relación entre el público y esos temas?

-Creo que desde el momento en que decís que vas a hacer un espectáculo sobre las drogas, tenés gente que directamente no va a ir. De todas formas, lo que pasó (en una función) me gustó porque había gente muy joven y a la vez había gente de 50 y pico de años, y todo se mezcló. Ahora, la reacción que tiene ese público es diferente (...)Una vez alguien me dijo que lo mejor que te puede pasar en un espectáculo es que haya gente que se pare y se vaya a la mitad de la función y que después, cuando termine la función, quede gente aplaudiendo de pie, y si vos pasaste por todos esos estados, eso ya es maravilloso. A los mayores les impacta mucho y dicen que eso no es teatro, que no es danza, que muy lindas las coreografías pero que no puede ser. Y la gente joven sale muy contenta de lo que vio.

-En el viaje por el País de los Dulces se permiten las asociaciones hacia Alicia en el País de las Maravillas.

-Tal cual, era lo que decíamos con Mariana (Percovich) cuando ella hizo Alicia Underground, que también estaba esa cosa de ir a un mundo de alucinógenos.

-Y que te muestra la cara buena y la mala.

-Exacto. Porque es maravilloso lo que te ofrecen, pero a ver, qué causa después, cuál es la consecuencia. Y más que nada quién es el culpable porque siento que siempre vamos con un prejuicio muy grande en cuanto a los personajes. Creo que el público con quien más cercanía va a sentir es con quien está narrando la historia, ¡y es un dealer! Y tus prejuicios te los tenés que guardar porque quien estuvo hablando contigo es un dealer. Después está la historia de amor gay.

-Es la primera vez que no hacen referencia al mundo femenino y, encima, se vuelcan al mundo homosexual.

-En este espectáculo fue arbitrario. Sabíamos desde el principio que era una historia gay, pero pensábamos que entre los otros personajes podía haber una mujer. En la danza no hay hombres, siempre son espectáculos de mujeres. Así que dijimos `pongamos todos hombres`. La decisión fue re arbitraria. Pero creo que no tenemos una posición tan intelectual de perfilarnos hacia un lugar; un espectáculo lo pide, lo requiere o nosotros lo decidimos, eso varía.

"También hay momentos de lucidez. ¿qué está pasando?

¿Cómo llegué? y ahí, la

Decisión de seguir o detenerse"

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