una canción de amor idiota

Guiñadas en colectivo

En agosto de 2014 solo había incertidumbre en el staff de La Carniceri. No tenían texto ni título para su tercera obra. Necesitaban que el germen de la dramaturgia fuera el proceso de búsqueda e investigación de los actores. Ganó el instinto. La metodología se inventó sobre la marcha. La creación fue 100% horizontal y colectiva.

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Ramiro Pallares dirige por primera vez

El primer desafío del colectivo artístico fue empezar de cero: el trabajo actoral debía ser la base para la creación. Tiempo después, decantó en Una canción de amor idiota.

El siguiente paso fue identificar un punto de contacto que trascendiera el hecho artístico: agosto de 2014 encontró a este equipo de treintañeros viviendo solos, sin familia.

Esa coincidencia disparó una temática que delimitó qué comunicar y dónde poner la lupa previo a dar rienda suelta a la investigación. Se pensaron como seres individuales y no como proyectos de pareja o familia. Los bocetos iniciales de los personajes se armaron desde la soledad.

Compartían material, procesaban esos estímulos y los trabajan en los ensayos. Películas de los hermanos Cohen, novelas de Onetti (El pozo y La vida breve) y el sonido de El podador primaveral (Franny Glass) dispararon imágenes que agilizaron la creación.

Identificaron la poesía de la obra en ese disco. Los textos de Onetti lograron que se toparan con ese ser solitario que "fantasea sobre su propia vida y ciertas formas de comunicación que no son las convencionales, como escuchar detrás de las paredes", ejemplifica el director Ramiro Pallares.

—Sos actor, tu debut en la dirección apareció como un juego...

—Los compañeros que habían dirigido las obras anteriores, Mugre (Domingo Milesi) y La Cantante (Domingo (Gastón Borges), no estaban en este proceso y yo era el que tenía más impronta. No siento que sea mi obra porque fue súper colectiva, un proceso 100% horizontal, pero donde me sentí más cómodo fue en la articulación de personas y el liderazgo del equipo.

La Carniceri apostó a ser fiel a su estilo. Se enfocaron en las costumbres montevideanas, "el teatro es más abstracto y metafórico que la literatura o la música pero no tuvimos miedo a contextualizar en lo local".

Decidieron ahondar en el realismo y contar la historia desde la óptica de su generación. El hombre carga con las expectativas de una sociedad que marca su accionar, "se espera que a determinada edad uno tenga ciertas cosas saldadas o transitadas. Está esa lucha con el deber ser, el ser y no saber qué es lo que uno quiere".

Vincularon las crisis personales con los procesos creativos de los artistas (en este caso, un músico).

"Alberto (Pablo Musetti) intenta terminar de componer Una canción de amor idiota a lo largo de la obra y eso trasciende la canción, tiene que ver con tomar decisiones que le permitan escribir su propia historia: cómo uno construye su trayecto en base a decisiones. En ocasiones todo se vuelve más nublado e indefinido porque uno no tiene claridad sobre lo que quiere".

Improvisaron para empezar a moldear los personajes y definir los vínculos. Filmaron esas primeras secuencias, las desgrabaron, las pasaron a texto, montaron algunas escenas basándose en esos guiones pero dieron marcha atrás y descartaron mucho de ese material porque sentían que los acotaba.

Ensayaron en sus casas para ponerse a tono con el realismo que buscaban. Los muebles, los objetos e incluso la iluminación de las distintas habitaciones que ocuparon les facilitaron ir hacia esa verosimilitud y apropiarse de los espacios.

Eligieron una sala no convencional para presentar la obra. El bar Péguenle al mimo (Canelones 811) les permite desarrollar uno de los motores de su búsqueda: el límite entre realidad y ficción que se traduce en el juego entre el adentro y el afuera. "Hay una ventana y una puerta que incorporan la calle a los sucesos de la obra".

La canción que da título a la pieza también surgió en instancias de improvisación. El protagonista es músico en la vida real y le propusieron que compusiera para investigar. Tarareó la melodía en un ensayo, jugó con una letra, la redondeó en su casa, volvió a compartirla con el colectivo y "llegó un momento en que dijimos, esta canción es la columna vertebral de la obra y terminó dándole el nombre".

Director a prueba.

Ramiro Pallares debutó en la dirección con esta obra. Confiesa que quizá algún día repita ese rol pero prefiere volver a actuar, "extraño, sufro mucho estando afuera en las funciones".

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