ENTREVISTA

La fiebre de actuar

Alberto Ajaka es el actor del momento en Argentina. Su personaje de Donofrio en la tira Guapas le abrió la puerta a la popularidad masiva. Aquí la historia de un galán atípico, obsesionado con actuar, una pasión que descubrió a los 28 años y le cambió la vida.

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Alberto Ajaka

Alberto Ajaka cuenta que se envenenó a los 28 años, cuando luego de tres clases en un taller de actuación se sintió talentoso por primera vez. Él, que había jugado al basquetbol en Vélez, ya tenía una rutina armada como patrón en una imprenta familiar con más de 50 empleados. Pero igual llenó las paredes de su cuarto de citas y dibujos sobre el proceso teatral. Dice que lloró mucho: primero cuando entendió que el teatro era una fiebre, segundo por el tiempo que había pasado sin actuar. Algunos años más tarde, convertido en director, dramaturgo, actor y dueño de una sala, decidió que iba a dejar de sufrir por dramas irreparables. Su interpretación de un galán atípico en la tira de TV Guapas le abrió la puerta a la fama masiva, y así a una vida que le cambió por tercera vez.

—Ha dicho que le gusta leer entrevistas y que saca apuntes para sus obras, ¿cómo es eso?
—Es que de acuerdo a cómo esté realizada la entrevista puede reproducir algunas formas del habla coloquial genuinas, que me interesan. Además me intereso por los conceptos que los entrevistados dan y que por ahí no expresaron con tanta contundencia en un libro más teórico.

—¿Dónde suele buscarlas?

—Busco mucho en Youtube, ahí encontré un par de Orson Welles que están entre mis preferidas. Me gustan mucho los reportajes que publica Rolling Stone y los perfiles de Playboy.

—¿Qué lo inspira?

—No tengo método ni procedimiento. Me nutro de pinturas, lectura, música, cine y de la vida. De mis recuerdos. De mis vivencias. Todo lo que me llama la atención es material para mí.

—¿Por ejemplo?

—Yo no vivo como actor en la calle, entonces veo y vivo las cosas como puedo, sin mucha búsqueda, y lo que me llama la atención emerge. Tal vez sea solo una anécdota para la vida o algo que me irrite o me conmueve y eso en algún momento quizá termine decantando en algo expresivo: alguna herramienta de actuación, ponele.

—¿Reconoce algún terreno recurrente?

—Eso me pasa mucho con cosas de la infancia y de la adolescencia: están presentes en todo lo que escribo y en todo lo que actúo. Y las novedades, como mis hijos. Tengo 43 años y mis hijos tienen 6 y 3, ellos también son novedades expresivas y campos poéticos.

¿Tiene alguna manía?

—Me gusta leer sobre la vida de los actores. Rastreo actores olvidados para saber qué les pasó.

—¿Qué le da curiosidad?

—Necesito saber qué ha sido de la vida de los artistas que me gustan. Sus conceptos estéticos y su producción artística. Lo malogrado de las vidas me resulta siempre atractivo, o esas vidas con grandes picos de ascensos y descensos.

—Dijo alguna vez que siente que si al público no le gusta su trabajo es como si no le agradara usted como persona.

—Sí, mi acercamiento a la construcción de un personaje suele ser intuitivo pero abundante, hasta entender algo, que nunca sucede, porque para mí un personaje es un recorte de la complejidad del ser humano. Y yo tengo el cuerpo que tengo, la voz que tengo, la cara que tengo, así que eso está establecido y se lo doy a todos los personajes.

—Entonces, ¿qué es actuar?

—Lo que yo puedo hacer cuando actúo es maniobrar sobre eso que soy, no puedo negar mi propia humanidad que está puesta en el escenario o la pantalla. Creo que esto está en tensión con la idea que me hago de otros, aunque al final termino descubriendo que estaba todo en mí mismo.

—Cuando escribe o elige un personaje, ¿es prioritaria la curiosidad por querer ser otro tipo de persona?

—Sí. A mí absolutamente cada persona me resulta atractiva. Es que no hay nada extraordinario, lo extraordinario es esa común condición de lo humano, que es tan amplia. Más o menos visible, con más o menos épica, yo creo que todas las vidas son heroicas.

—Con tanta exigencia, ¿le resulta difícil verse en cine?

—Es una cosa muy rara el cine para un actor. Para mí hay una cuestión de energía: me agoto en un rodaje porque para actuar necesito estar activo y esos tiempos de plancha entre escenas me mata. Por eso prefiero hacer teatro: ensayo 5 horas y media al palo. Y la tele, que no tiene nada que ver con ninguno, te mantiene atento porque hacés muchas veces la misma escena, podés probar mucho sobre la misma situación.

—¿Qué tanto sabe cuando acepta un papel en televisión?

—Me dan tres o cuatro guiones. Nunca sabés si vas a tener 200 capítulos o 20. Y si pasa eso te quedás sin laburo.

—Hizo 300 funciones de la mítica obra Ala de criados (Mauricio Kartún).

—Mirá, se dice que ninguna función es igual a la otra y queda ahí la idea, pero efectivamente esa así. En el final de la obra mi personaje queda abandonado por sus primos ricos y vuelve para trompearlos a los tres. Cuando él entraba tenía que asustarlos. ¿Cómo asustar a tres actores con los que llevás un año repitiendo la escena? Así que empecé a fingir que me descomponía, para preocuparlos y que surgiera esa emoción. Todo en el teatro parece ser hecho para controlar el fenómeno y en realidad no es así: esas son las reglas del juego pero está abierta la posibilidad a que pasen cosas que hagan que cada función sea distinta a la otra.

—¿Qué piensa del público?

—Cada uno, efectivamente, es diferente. Hay que desarrollar una sensibilidad con el público para no prejuzgarlo, para no pensar "están todos muertos". Yo a veces elijo a un amigo y a un enemigo entre el público. Por ejemplo al que se sienta medio mal en la silla: eso me afecta, así que si puedo y coincide el estado a lograr me concentro en eso para que me afecte. O pienso en algo que me haya pasado en el día…me agarro de lo que tenga a mano, no importa que sea o no una gran verdad.

—¿En qué piensa antes de salir a escena?

—Voy sin ganas a la función. Llego antes pero tardo muchísimo en vestirme. Me duele todo el cuerpo antes de empezar y no me duele nada después. No sé, debe tener que ver con ir a poner la carne y yo no voy contento a hacer ese sacrificio.

—¿Y cuando comienza?

—No tengo ni un nervio. Cuando actúo básicamente no me pasa nada.

—¿Y cuando termina?

—No me quiero bajar o la haría de nuevo. Tengo la fantasía algún día de hacer eso: de que pinte y hacerla otra vez.

—¿Qué es lo más raro que hizo por un personaje?

—En Ala de criados empecé a golpearme la cabeza contra el piso en esa escena final que te conté. Y lo hice por 100 funciones.

—Fundó su propia compañía, dirige un elenco de 15 actores, tuvo una sala. Escribe, dirige y actúa. Sin embargo el teatro apareció tarde, ¿qué fue a buscar a ese taller que hizo a los 28 años?

—No lo sé, porque se me ocurre decirte cosas frívolas y pequeñas, y probablemente sean esas las respuestas: yo fui porque había cumplido 28 años y había una etapa que se estaba cerrando. Quizás sentía que tenía una expresión contenida. Hacer teatro empezó a modificar mucho de mi contacto con las personas en la vida cotidiana; soy muy tímido pero era lo era más.

—Digamos que no fue a buscar nada, ¿con qué se encontró?

—Con un espacio de libertad, algo así. Y encontré que eso lo podía hacer. Y encontré que era mejor ahí que en muchos otros lugares.

—¿Sintió que era bueno o se lo dijeron?

—Suena horrible que yo lo diga pero sí, lo sentí. Después me pegué unos palos tremendos, por supuesto. Pero fue así, vi que eso lo podía hacer y antes había visto que no servía para una enorme cantidad de cosas que había estudiado, para un par de deportes que había jugado y qué se yo cuánta cosa más. Aún hoy lo siento. Son pocas las cosas en las que uno puede decir que tiene talento, que no es más que tener la conciencia de un límite, porque es entender que algo que uno ve puede empujarlo un poquito más y seguir siendo bueno.

—Apenas comenzó a estudiar, llenó las paredes de su cuarto con frases (...)

—(...)frases, citas, ejercicios, dibujitos, de todo. ¡Estaba afiebrado! El teatro a mí me cegó, fue como una conversión.

—¿Qué dijo su entorno?

—Fue rarísimo, porque yo andaba muy solo en la vida en ese momento y más solo me fui quedando. Cuando empecé a contarle a mis amigos y familiares lo del teatro me decían "ah bueno, para bajar el estrés", pero para mí fue algo muy serio desde el primer momento. Era un pancho, porque llevaba tres clases hechas y juraba que iba a ser actor. No soportaba que me dijeran que era para relajarme o para conocer gente, ¡si a mí no me importaba conocer gente!, incluso me costó mucho porque no era de ese mundo y mis compañeros eran adolescentes y mi vida era muy distinta: yo a la par manejaba una imprenta con 50 empleados.

—La televisión lo convirtió en un tipo "con calle". Usted aconseja que antes de actuar hay que vivir, ¿ya había conocido suficiente antes de lanzarse?

—Había vivido muchísimo. El tiempo no se compra en ningún lado.

—Es probable que esto de ser un actor tardío sea parte de la frescura que tanto se le elogia.

—Me lo dicen mucho. Yo no doy clases de teatro y me viven preguntando dónde estudiar, y no quiero repeler los ánimos de los chicos pero siempre digo lo mismo: como dijo Ava Gardner, "no son muchas las caras para poner y se gastan." ¿Qué hacés entonces? Vivís. Esto lo dice mejor (Andréi) Tarkovsky en Esculpir en el tiempo cuando cita a su maestro, quien le dijo que él se dedicó al cine de grande y que antes de eso había sido un idiota pero que todo su desarrollo, todo lo que hizo en el arte, tuvo que ver con ese tiempo anterior a ser cineasta. Creo que todos esos años de nula conexión con el arte derivaron en la porquería que hago ahora.

—La primera vez que actuó en un escenario se dirigió a sí mismo. Solían ir a verlo dos personas: su mamá y una vecina. Luego, en la segunda, fueron ocho: sus hermanos y sus amigos. ¿Qué le hacía creer que era importante que hiciera teatro?

—Creía en mí. Suena a persona segura y nada que ver pero en ese episodio en particular creía en mí, en lo que podía hacer y en el deseo de expresarlo. Por supuesto que me angustié muchísimo, porque desde el primer momento me interesó todo lo que tenía que ver con el proceso.

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Próximamente será el protagonista de la nueva tira de Polka Quiero vivir a tu lado. Compartirá elenco con Mike Amigorena, Paola Krum y Florencia Peña.

—¿Por qué comenzó dirigiendo?




—¡Porque no me llamaba nadie! Y porque me interesó. Me pasaron dos cosas: entendí que me había jodido la vida, que me había metido un veneno adentro del que no iba a poder salvarme y eso me alteró mucho en mis dos primeros años como actor. Y luego, lloraba mucho por haber perdido tanto tiempo sin actuar. Por supuesto todo esto era una locura y no tenía solución.

—¿Cómo lo resolvió?

—Todo esto lo seguí pensando aún cuando trabajaba con Ricardo Bartís y luego de hacer dos giras por Europa. Pero, 5 años después tuve una especie de revelación zen: me di cuenta de que mientras quisiera actuar iba a actuar y cuando no, no lo iba a hacer más. Eso me alivió completamente y ahí empecé a pensar, ¿qué es todo esto?

—¿Qué es entonces?

—Bueno, a mí no me importa el dinero, ni la afirmación de los colegas, ni el éxito ¿Qué es entonces lo que te sostiene? El deseo. Sin aditivos. Sin que te importe nada más.

—¿Cómo lleva esto de ser la estrella del momento?

—A veces me pasa en una charla con gente que te chicanean porque estás en la tele y alguno te dice "yo no te conozco" y yo le digo: "no pasa nada, ¡si yo tampoco te conozco a vos!", me parece lo más normal del mundo porque no hay una obligación de conocerme. Me pasa que laburando con productoras de TV me gano y me dan mi libertad. En la medida en que pueda ir a probar determinadas cosas y nadie se moleste y me lo permitan, no voy a rechazar trabajos.

—Esta etapa de popularidad es como si estuviera viviendo una tercera vida.

—Es cierto. Se podría ver así. Hay grados de masividad y eso lo da el tiempo y la permanencia. Yo no soy un nombre y apellido para la gente, yo soy una cara conocida. ¿Qué es eso? Es raro, sí, porque un odontólogo no hace las cosas bien y en la calle le dicen "genial el conducto que hizo hoy". También es cierto que esto dura 20 segundos. Después del autógrafo, dos minutos más tarde, la fascinación se va y te piden que le sostengas la bolsa del súper.

—¿Qué admira en un actor?

—Yo elijo ser un actor como los tipos que admiré: un actor que actúa permanentemente, de lo que sea. Soy como los bufones: soy un tipo que se gana la vida actuando.

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