ENTREVISTA

Facundo Arana: Corazón de galán

El actor presenta Los Puentes de Madison el próximo fin de semana en Montevideo. Habla sobre el éxito teatral, el emotivo homenaje que le realizó a Romina Yan, las ganas de volver a la pantalla y su relación con Araceli González.

Facundo Arana. Foto: Marcelo Bonjour
Facundo Arana. Foto: Marcelo Bonjour

FOTOS: MARCELO BONJOUR

Escaló el Aconcagüa, se quedó a dormir en estudios de televisión para grabar varias novelas a la vez, realizó una función de teatro con apendicitis y al terminar se dirigió al hospital para operarse, se embanderó con arriesgadas campañas a favor de la donación de sangre, y llegó a Uruguay estos días justo después de acompañar a su esposa al velatorio de su madre. Facundo Arana lleva una vida agitada y apasionada, como la que cuentan sus telenovelas. Las ficciones lo convirtieron en el galán televisivo favorito del público y ahora brilla en el escenario al frente de Los Puentes de Madison, un espectáculo que arrasa en la taquilla. Antes de presentar la obra en el Teatro Metro de Montevideo, el actor habla con El País y se refiere a los rumores de enfrentamiento con su compañera de elenco Araceli González.

—¿Por qué Los puentes de Madison es un éxito que supera las 300 funciones?

—Porque es la gran historia de amor de todos los tiempos desde Romeo y Julieta. Es una historia que si no te pasó, te podría pasar. Contra eso no hay escape posible.

—¿El público llora mucho con la obra?

—Sí, mucho. Es que realmente no pueden escapar a la historia.

—Has dicho que viste la película de Los Puentes de Madison después de estrenar la obra, ¿condicionó tu interpretación?

—No, verla después me permitió disfrutar de la película. Fue como si hubieran hecho la película después. Me dio tremenda alegría ver que Araceli está muy aceitada en su Francesca como Mery Streep en la suya. Y comprobé que las decisiones de dirección que se tomaron para llevar la historia al teatro fueron arriesgadas, pero muy acertadas. Es muy lindo cuando viene gente que dice que esta es su historia de amor preferida y que se va contenta y orgullosa de la versión que hacemos.

—¿Es más difícil llevar adelante una obra durante tanto tiempo junto a alguien con quien has revelado que tenés rispideces, como Araceli González?

—¿Rispideces de qué tipo?

—Has dicho que tuvieron un arranque complejo y ella comentó que habían tenido encontronazos.

—Hay un desentendido ahí. Siempre se tiene que hablar de algo. Si una dupla dice que se lleva bien, entonces después se dice que tienen un romance. Si decimos que no somos amigos, entonces se dice que nos llevamos mal. ¿Cuál sería el punto intermedio? Es mi compañera de trabajo, las discusiones y rispideces están ahí. No hay nada más ni menos que eso. Para mí la relación está bien. Yo no pierdo el tiempo en pasarla mal en ningún lado.

—¿Cuál es el límite para dejar un trabajo por pasarla mal?

—El de todo ser humano... Discutís, tenés cambios de opinión, intereses diferentes, vivís de distinta forma la profesión, sí. Pero no nos odiamos ni nos amamos.

—En tu caso llamó la atención porque te has hecho fama de ser un tipo querido por sus compañeras...

—Pero puedo discutir. Tengo esa fama por estar muchos años en el medio y ser de determinada forma. Soy amigo de hacer que el otro se sienta bien. Mal no me ha ido y no cambio ni en pedo. Si la persona que tengo enfrente está más preocupada por intuir si lo mío es una postura o es real, evidentemente yo estoy perdiendo el tiempo en hacerla sentir bien. Eso sí, tengo claro que el día que cruce un semáforo en rojo ya sé con qué vienen todos... Pero los que me conocen no pueden decir que estoy todo el tiempo fingiendo.

—Estuviste en ViveRo, el espectáculo que recordó a Romina Yan, y cantaste con ella a través de una pantalla. ¿Cómo fue ese momento?

—Fue un regalo para todos: para los que estábamos en el escenario, para los que estaban en la platea, para los que lo vieron por televisión, para la fundación Sí y para la familia de Romi, que en vez de sentarse a vivir la ausencia organizó una fiesta entre el cielo y la tierra. Fue un honor asistir a ella en el mismo lugar en el que hicimos 95 funciones seguidas a sala llena.

—¿Y qué te pasó al salir a escena?

—Fue difícil. Antes de salir al escenario se me caían las lágrimas, pero en ese momento se iluminó todo en mí. A los otros artistas que estaban ahí les pasaba lo mismo. Se secaban las lágrimas como si les estuviese lloviendo encima y al salir a escena transformaban todo eso en arte. Fue precioso.

Chiquititas también implicó el despegue de tu carrera.

—Sí, fue un despegue después de varios años. Empecé en el 93 y cuando llegué a Chiquititas no tenía descanso, no había sábado ni domingo. Hacía Chiqutitas de mañana y Muñeca Brava de tarde. Me quedaba a dormir en Telefé. Son cosas que quedan como un recuerdo muy definitivo porque yo sé cuánto hubo ahí de soñar, laburar y estudiar para desarrollar una carrera. Uno toma decisiones y tiene el empuje para laburar los siete días de la semana porque sabe que va a llegar el momento en el que va a poder descansar sobre la carrera que está haciendo.

—¿Llegaste a perder el rumbo en aquellos años de furor y descontrol por los programas que integrabas?

—Sí, pero cuando mis amigos veían que me iba a la mierda, me agarraban de la pata. Tengo una educación que me permitía darme cuenta si estaba viendo pajaritos de colores, y mi familia y mis amigos siempre hicieron que mantuviera los pies sobre la tierra. Tener al ego caminando adelante de uno es una imagen pobre. No quisiera que mis hijos vieran eso de mí.

—Ahora tenés 46 años, ¿cómo vas a tomar el momento en el que te empiecen a llamar para interpretar al papá del galán de turno en lugar de ser protagonista?

—Es parte de la cosa. Me preocuparía que me siguieran llamando para ser el galán joven de Chiquititas. No sé qué le pasará a mi ego en ese momento, pero lo resolveré. No será la charla más difícil que haya tenido conmigo.

—Tu última ficción en televisión fue Noche y día en 2015, ¿tenés ganas de volver a la pantalla?

—Siempre tengo ganas de volver, pero estoy muy divertido con el teatro y nos está yendo muy bien. Iría a la televisión porque me gusta, pero estoy esperando pacientemente que llegue un proyecto que me den ganas de hacer. Incluso siendo el tío del protagonista, pero con una historia que me cope. También tengo mi unipersonal con el que seguramente vuelva en noviembre a Uruguay. Mientras, llevo a mis hijos al colegio y tomo mate con mi chica. Ella está estudiando y pinta cuadros, y yo escribo, tengo un blog y toco con la banda. Tengo un culo inquieto.

—¿Cómo ves la situación política y económica argentina que parece cada vez más compleja?

—Desde que nací siempre estuvimos llenando la plaza para gritar. Siempre estamos en emergencia. Hace 46 años que vivo en mi país, y siempre voy a amar a mi bandera sin importar lo que haga el gobierno de turno. Tenemos desfalcos, pero también un país con gente maravillosa. Yo viajo mucho y eso lo veo. Ojalá que algún día tengamos un político que logre que todos corramos atrás del mismo impulso de sacar el país adelante sin pelearse antes. Que la oposición deje gobernar. Que finalmente el capitán sea uno y no todos quieran ser capitanes. Además, hay un par que sabemos que no pueden ser capitanes porque les gusta tirar bolsos y llevarse plata.

—¿Entonces confiás en la capacidad del "capitán" actual?

—Yo confío en el capitán de ahora como también confiaba en la capitana de antes. Confío en el capitán de turno porque si llegó a presidente fue porque lo eligió el pueblo. No importa a quién voté, importa quién ganó y ese tiene que tener a todos empujando atrás.

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