GERARDO BEGÉREZ

Evita de carne y hueso

Cuando Roberto Andrade le propuso subirse al escenario para ser Eva Perón, no titubeó. Bajó ocho kilos y se tiñó el pelo de rubio platinado para encarnar este rol desde un lugar más real y menos mítico. Eva Perón se estrena mañana en el Teatro del Centro e irá los sábados (21:00) y domingos (18:30).

Foto: Alejandro Persichetti
Bergérez caracterizado como Eva Perón. Foto: Alejandro Persichetti

—Te metiste en el teatro para tratar de ser otros, ¿esa se mantiene como tu principal motivación?

—Lo maravilloso del teatro es que te posibilita ser muchas personalidades diferentes dentro de uno mismo. Uno bucea en su alma y encuentra lo que cada rol necesita. En este caso, interpretar un personaje tan emblemático y contradictorio como Eva Perón me permitió poner en primer plano mi lado femenino. Uno nace sin género, se elabora, al igual que los personajes de teatro: aquí coinciden ambas construcciones. El autor plantea que lo rico es encontrar el lado femenino sin intentar ser una mujer, desde la masculinidad.

—¿Te resultó fácil lograrlo?, ¿qué aspectos femeninos buscaste?

—Hay que buscar la desinhibición. No cualquier actor podría interpretarlo. Se necesita gran exhibicionismo, profundidad y osadía, sobre todo en este país. Si bien estamos en el siglo XXI y la sociedad ha cambiado, interpretar a una mujer siendo un actor puede generar cierto rechazo. A eso le sumamos que los héroes en la historia siempre fueron heterosexuales o así se perpetuaron. Eva Perón tuvo gran valentía y agallas para enfrentarse al mundo de la política y a una sociedad que era extremadamente machista y todavía lo es. Ella era conocida por tener cierta masculinidad en su trato y Perón está presentado en esta obra con un carácter muy sumiso y débil. La Eva Perón que construí tiene las agallas que le faltan a Perón y las que le sobran a una travesti. En esta obra los personajes mutan todo el tiempo y nada es lo que parece.

—¿Cómo es la Eva Perón de Bergérez?

—Copi trabaja con la mitología peronista y la anti peronista y a partir de ambas crea esta historia: Eva no era la virgen de los desposeídos, ni un ser siniestro y corrupto. Muestra esas dos facetas. Como actor tengo que desacrilizar y desmitificar a Eva Perón; sacarla de lo ideal y llevarla al plano real, mostrarla de carne y hueso con sus virtudes y defectos.

Yo necesito generar que el personaje fluctúe entre lo que entendemos por Eva en el mito, la estatua, y la que está escondida y fue creada por Copi, esa que está tramando un plan siniestro que el espectador sobre el final de la obra cierra con su cabeza. Creo que es lo más rico de esta pieza.

—Tu premisa era construir una Evita que conservara tu esencia de hombre, ¿cómo llegaste a eso?

—Traté de buscar el lado femenino desde la interioridad. No trabajé esta Eva Perón desde el afuera, no la tenía en mi mente, no decía, ahora camina así, ella tiene que hacer este gesto por tal y cual cosa. Primero busqué lo femenino, luego la enfermedad en la forma de hablar y en el caminar. Y en tercer lugar incorporé la gestualidad y la voz. Observé y creé con todos esos componentes mi propia Eva Perón para una farsa y en un teatro del estilo de Copi.

—El cuerpo te pide actuar por lo menos una vez al año, ¿qué pasa cuando eso no se da?

—Trato de que eso no suceda. Si no me ofrecen los proyectos me los genero. Hacía un año que no actuaba (lo último había sido Farsa en el dormitorio) y cuando Roberto Andrade (director) me planteó este personaje mi respuesta inmediata fue sí. Había leído la obra mientras viví en Buenos Aires porque existía la chance de que la dirigiera, pero dije, "no, la quiero hacer un día en Uruguay y representar yo a Eva Perón".

—El autor pide que Eva Perón sea encarnada por un hombre, ¿por qué? ¿para moverla del mito?

—Si, porque si creas un personaje desde una ruptura generás que se analice el contenido del discurso desde otro lugar. No me voy embelesar con la figura y pensar, ay, es igualita a Eva. Es una forma de bajarla de la estatua.

—En tus redes invitabas a ver una sátira sobre el poder…

—Hay muchos paralelismos a través de la corrupción. Es como una puesta en escena del peligro sobre el exceso de poder y cómo el afán de perpetuarte te conduce por caminos muy sinuosos. Si bien Copi toma elementos históricos, se inspira y crea mundos muy atrapantes. Va al humor negro y satiriza las situaciones.

—¿Le diste muchas vueltas al texto?, ¿cómo te preparaste?

—Hice varias cosas. En verano leí mucho material, biografías. Si bien no trato de imitarla, hay momentos en que sí debo hacerlo: su voz, sus gestos. Más que observar las composiciones de otras actrices, traté de ver el poco material fílmico real de ella. Hubo días donde me obsesionaba y pasaba hasta las tres o cuatro de la mañana. Y luego me preparé físicamente. El personaje necesita un cuerpo estilizado y flaco. Fui a una nutricionista y a un entrenador para bajar ocho kilos. Además me hice un cambio de look: me teñí y decoloré el pelo. Solo me depilé el pecho porque uso collares. Las piernas no se me ven, los brazos sí, pero lo conversamos con el director y Mancebo (vestuarista) y coincidimos en que se tenía que notar esa masculinidad porque no es una travesti, sino un hombre interpretando a una mujer mítica.

—Mirando tanto material, ¿sacaste en limpio algo puntual que te sirviera para el personaje?

—Sí, sobre todo la gestualidad. No es la primera vez que interpreto una mujer en teatro, pero es difícil. Lo había hecho hace unos años con la obra Reglas, usos y costumbres en la sociedad moderna que la estrené en España y la llevé de gira por todo Latinoamérica. A la gestualidad recurrente en teatro le llamamos clichés: son los modismos, lugares fáciles y comunes de la actuación y todos recurrimos a ellos. Como director trato de vaciar a los actores de todas esas muletillas. En este caso fue difícil limpiarme de otros personajes y crear una nueva gestualidad basándome en lo que yo comprendo de lo que plantean el autor y el director y con la Eva real.

La obra se ambienta en los últimos días de su vida así que después también tuve que crear a una Eva enferma sin salirme del tono de farsa y buceando en la verdad del personaje.

—Esta obra en Argentina la hizo Benjamín Vicuña, ¿la viste?

No la vi, no sé qué hizo, ni me interesa porque cada uno construye diferente.

—¿Pediste algún consejo?

—No, cuando dirijo no pido consejos y cuando interpreto mi único guía es el director, soy muy obediente en ese sentido. Cuando actuó el rol de director lo dejo en casa. Soy muy obsesivo también como intérprete pero desde otro lugar, entregándome absolutamente al director. Confío plenamente en Roberto Andrade.

—En esta obra la transformación es grande, ya sea desde lo físico como en el vestuario, ¿qué tan importante fue para el proceso artístico?, ¿te modificó?

—Me sirve mucho la ropa y el haber cambiado mi color de pelo que nunca lo había hecho. Es una transformación que proviene de adentro pero lo exterior también ayuda a terminar de componer el personaje.

Evito verme al espejo. Si bien en la obra me miro mucho mientras me peino y me maquillo, lo hago en un espejo imaginario que es el propio público: ellos me devuelven la imagen. A veces me ha servido mirarme pero cuando estoy completamente transformado lo que veo no soy yo. Y cuando empieza la obra no me siento yo. Es el único momento en que no estoy pensando en nada. Es como si me vaciara y empezara a vivir de cero. Es una sensación muy extraña cuando se está actuando y sobre todo a través de un personaje que está tan alejado de la esencia de uno.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados