OBITUARIO

Entrevista póstuma a Miguel "Pendota" Meneses: "Si me preguntan qué soy, yo digo que soy parodista"

Fue Juan Salvador Gaviota y Gandhi en plena dictadura. Pero también fue Tita Merello, Nosferatu, Gardel... entre cientos de personajes que interpretó en más de 90 parodias. Con su muerte, se va un gran parodista, un pilar de una categoría que no logra reinventarse. 

Miguel "Pendota" Meneses
Miguel "Pendota" Meneses. Foto: Archivo. 

Todos los febreros hacemos el mismo chiste. Nos sentamos alrededor de la mesa de un bar y lanzamos la teoría con gran desparpajo, como si fuera la primera vez. La humorada es la siguiente: “para saber qué conjunto de parodistas va a ganar basta con sumar la edad de sus componentes, el que consiga la cifra más alta es el que seguro se llevará la copa”. Y ahí empezamos a contar, muchas veces sin certezas, arriesgando la edad que puedan tener cada una de las figuras de la categoría. 

La década de oro del parodismo fue los 80. Yo nací en 1982, y ese mismo año mi papá empezó a salir en Los Klaper’s, que eran los archienemigos de Los Gaby’s, el conjunto que tenía como una de sus principales figuras a Miguel “Pendota” Meneses. Los Klaper’s contra Los Gaby’s era Peñarol vs. Nacional pero sin pelota; con guantes blancos, bastón y galera. Crecí disfrutando de sus espectáculos, y enterándome de los pormenores de esta puja sin sentido que se dilucidaba a puro arte la mayoría de las veces y la minoría, a trompada limpia.  

Mientras la murga tuvo una renovación importante de sus principales figuras con el devenir de los años -sobre todo a inicios de este siglo con la explosión de la murga joven-, en el parodismo esto no ha pasado, y los pesos pesados provienen todos de esa década de oro. Luis Alberto Carballo, Ariel “Pinocho” Sosa, Aldo Martínez, Horacio Rubino, Miguel Villalba, por nombrar solo a algunos, son todos hijos de los 80, de Los Gaby’s y los Klaper’s, y de algunos de sus hermanos menores: Los Walker’s, Caras y Caretas, Los Adam’s.

Imaginemos por un instante que Hollywood no se hubiera renovado, que después de Al Pacino, Robert De Niro y Dustin Hoffman, nadie que no fuera ellos hubiera logrado que una película obtuviera un premio Oscar. Bueno, eso es lo que pasa con el parodismo. Ningún conjunto que no haya tenido una figura que haya explotado en los 80 -algunas como Pendota lo hicieron en los 70- ha podido ganar el concurso de carnaval. Ninguno.  

Las cosas han cambiado, claro: los tiempos del humor no son los mismos y el ritmo de una parodia hoy no es el que era hace algunos años; también cambiaron las escenografías, pasaron de ser unos pocos trastos de madera, a estructuras que serían la envidia de cualquier productor de teatro; lo mismo pasó con la vestimenta, que hoy es mucho más colorida, rimbombante y cara. Otro cambio importante fue el de las coreografías, que se pasó de movimientos lentos (lentísimos) de brazos y piernas, a unas danzas que hoy dejarían extenuado al mismísimo John Travolta. Y esto trajo sus dificultades, a medida que las grandes figuras se iban haciendo más grandes debieron abandonar el baile, y por eso ahora durante la presentación y la despedida se paran en los costados del escenario para hacer “coros” -esto ya empezó a implementarse a fines de la década del 90-. 

Miguel "Pendota" Meneses
Miguel "Pendota" Meneses en Los Gaby's en 1989. Foto: Facebook de Los Gabys's.

En anclaje en el pasado también se puede ver en otras cuestiones, como ser las parodias. Ya es algo común que los textos que se toman como base se repitan: Los Klaper’s hicieron El Quijote de la Mancha en 1982, también lo hicieron Los Adam’s en 1998 y lo volvieron a hacer Los Zingaros en 2017, que en ese mismo año hicieron también Drácula, que antes la habían hecho Los Klaper’s en 1980. Romeo y Julieta la hicieron Los Gaby’s en 1993 y la repitieron Los Momosapiens en 2016, por nombrar tan solo algunos ejemplos.

Por todo esto, porque el peso del parodismo es el peso del pasado, es que la muerte de Pendota es una patada en el hígado de una categoría que no logra renovarse, que es lo que fue. Y Pendota fue, quizá, el mayor actor cómico que dio el carnaval, con un manejo de los tiempos impecable, que supo hacer reír y mucho, pero también logró emocionar.

En 2016 lo llamé y le dije que quería investigar sobre toda esa generación de parodistas y que la primera entrevista no podía ser a otro que a él. Aceptó de buena gana y un par de días después nos reunimos en un bar. Antes yo solía ir a ver ensayos de carnaval, pero extrañamente nunca había ido a uno en el que estuviera Pendota, por eso fue raro verlo con ropa de civil, sin las lentejuelas y el maquillaje. Era invierno, hacía frío y él vestía un vaquero, un buzo de lana azul y una bufanda. No tenía campera. Yo seguro pedí un café y creo recordar que él tomó un café con leche. Lo primero que hice fue hacerle el chiste que hacemos siempre con mis amigos, él contestó con una sonrisa. Después me dijo que su historia era larga y me preguntó si tenía tiempo. Le dije que sí. 

Lo que sigue es la vida de Pendota contada por Pendota, el mejor parodista que este carnaval recuerde.

—¿Cómo empezaste con esto del carnaval?

—Salí por primera vez en 1964, en una murga que se llamaba Don Bochinche y Compañía. Después pasé a Palán Palán, que era una revista, donde estuve tres años y ganamos los tres; ahí yo hacía imitaciones, a Jerry Lewis y cantaba como Elvis Presley. De ahí me fui a Comediantes Rítmicos, los primeros parodistas en que estuve. En ese entonces fue que conocí al “Tucho” (José Orta, fundador de Los Gaby’s), que venía a buscarme para llevarme al conjunto que él tenía en ese momento, Los Jardineros de Harlem, que eran humoristas.  

—¿Y cómo fue que conociste al Tucho?

—Teníamos un amigo en común que yo conocía porque era hincha de Unión Vecinal, el club de fútbol donde yo jugaba de golero. Dos veces le dije que no me quería ir a Los Jardineros de Harlem, la tercera vez se me apareció en mi trabajo y me dijo que me quería llevar sí o sí, pero no para Los Jardineros, para otro conjunto que todavía ni nombre tenía.  

—Y te convenció.

—Sí, me dijo que ya había arreglado con dos carnavaleros históricos, Mario Fossatti y Alejandro “Buby” Benitez (quien sería luego el fundador de Los Klaper´s). Y como a ellos ya los conocía, porque habían salido conmigo en Los Comediantes Rítmicos, acepté. Así nacieron Los Gaby’s.  

—¿Quiénes eran los dueños de esos primeros Gaby’s?

—En el primer año Los Gaby’s tenían tres dueños: el Tucho, el Buby y un negrito boxeador, el “Tuca” Álvarez. Ellos se propusieron hacer algo nuevo, darle una vuelta de tuerca radical a la categoría. Las parodias fueron Cabaret y El Chúcaro. Para la primera nos disfrazamos todos de Liza Minnelli, de hot pants, para hacer el baile de la silla que ella hacía en la película. Al principio nos miraban rarísimo y me acuerdo que una vez fuimos así a tocar al penal de Punta Carretas. Yo le dije al Tucho que así vestido no me iba a meter en una cárcel, pero me convenció; la verdad es que no la pasamos muy bien, estaban todos serios.  

Miguel "Pendota" Meneses
Miguel "Pendota" Meneses en Aristophanes. Foto: Ana Laura De Brito

—Y ese año fue que los dueños de Los Gaby’s se separaron.

—En el 74 el Tuca habló con el Tucho y le dijo que con dos conjuntos no podía, entonces él se quedó con Los Jardineros y el Tucho con Los Gaby’s. También en ese año se fue el Buby, que ese febrero no salió, y en el 75 volvió con Los Klaper’s, el rival directo de Los Gaby’s.  

—¿Cuándo empezaste a protagonizar las parodias?

—Hice papeles secundarios hasta el 75, cuando en invierno hicimos el espectáculo “Tres años en una noche”, que fue en el Teatro Victoria y me acuerdo que había filas de dos cuadras para vernos. Ahí el Tucho me dio la oportunidad de protagonizar con Mario Fossatti, él hacía El Chúcaro viejo y yo el joven, que antes lo hacía el Buby.  

—¿Cuáles fueron para vos los mejores años de Los Gaby’s?

—Probablemente elegiría algunos en los que no ganamos, y creo que no ganamos por la dictadura. Pasó con Juan Salvador Gaviota, en 1978; y con Gandhi, en 1984. En el 78 a mí me dieron el premio a la mejor imitación musical, por Tita Merello, en la parodia de Las Mil y una Noches, pero Juan Salvador Gaviota no existió para los jurados. Las tres veces que fuimos al Teatro de Verano el público nos ovacionó de pie. Yo tenía un diálogo bastante pesadito y aunque el teatro se haya llenado de punta a punta las tres veces que fuimos, nos ignoraron.

—¿Pero los textos no pasaban por una censura previa?

—Lo que pasó con Juan Salvador Gaviota fue que a los militares se les pasaron cosas, supongo que leyeron mal el libreto. Eran ellos los que decían esto va o esto no va, pero estaban más en las menudencias que en lo importante: no te dejaban usar el color verde o no se podías decir la palabra “botón”. Con Gandhi también nos enloquecieron. Una vez, que justo yo no había ido, se pasaron de la hora pautada en el Teatro de Verano de la Teja, que estaba en la calle Carlos María Ramírez, y los llevaron a todos presos. Los dejaron toda la noche muertos de hambre y frío en Jefatura.

—¿Cuántos años saliste en Los Gaby’s?

—Salí con ellos del 73 al 84 ininterrumpidamente, en el 85 me fui a la murga Los Arlequines, en el 86 estuve en Los Nuevos Saltimbanquis, en el 87 no salí y en el 88 volví a Los Gaby’s.

—¿Cómo fue ese regreso?

—Cuando volví ya estaba Rubino y le di la idea de hacer Nosferatu. Él ya tenía pensada la otra parodia, que era Cyrano de Bergerac. Cuando le propuse Nosferatu primero me pregunto de qué era y cuando le dije que era de un vampiro me dijo que no, que estaba muy trillado, que quería hacer algo diferente. Yo le insistí, le rompí tanto los cocos que terminó consiguiendo la película. Fuimos a un boliche que había en Acevedo Díaz y Rivera, que era de un gallego que tenía un videocasete, y la miramos. Cuando terminó me dijo: “es mortal, vamos a hacerla”.

—¿Cómo era tu relación con el Tucho?

—Conmigo era bien, me quería mucho. Y los hijos también me quieren. Incluso Marito (Mario Orta, hijo del Tucho y exjugador de fútbol) me vino a buscar cuando él falleció. Fue a mi trabajo, me dijo que le iban a hacer un homenaje y me pidió que participara. Le dije que no, porque yo con el Tucho no terminé bien.

—¿Qué pasó?

—En 1992, cuando fui para los Momosapiens, él se enojó. Lo que pasó fue que en 1991 a mí me dio un infarto arriba de un tablado, entonces decidí que en 1992 no iba a salir en Los Gaby’s, porque no estaba bien y no quería lastimar al conjunto. En medio de todo eso Rubino me vino a buscar para salir en los Momosapiens, yo le dije que no, que no podía, que todavía no estaba bien, pero él insistió, y hasta fue a hablar con mi doctora.

—Y el Tucho se enojó.

—Hasta ese entonces yo no le había dicho a Rubino que sí, pero un día me vino a buscar a casa y me pidió que lo acompañara al ensayo. “Vení un ratito para que te vean los del conjunto, porque yo les dije que hablé con la doctora, que podías salir y no lo podían creer”, me dijo. Fui, los saludé y al otro día se me aparece el Tucho en el taller de lustrado que yo tenía; estaba malísimo. “Vos no vas a salir más en carnaval, no vas a salir en ningún lado”, me dijo. Ahí le dije que no me meta el peso y que como me estaba desafiando me iba a ir a los Momosapiens. Él había sido buenísimo conmigo, después del infarto me mandaba la plata de los tablados como si los hubiera hecho; pero en el medio de la discusión me pidió que se la devolviera. Junté peso por peso, se los llevé, y cuando me iba me dijo: “diez goles les vamos a hacer, diez goles”. Y ese año ganaron Los Gaby’s. A él le dolió que me fuera, él confiaba en mí en todo.  

—¿Fue un error?

—Yo no sabía si iba a aguantar todo el carnaval. Rubino me bancaba eso, los Momosapiens eran un conjunto nuevo. Pero a Los Gaby’s yo no los podía dejar tirados en medio del concurso, como me había pasado ya con el infarto.

—¿Cómo fue ese infarto?

—Estábamos actuando en Las Bóvedas. Sentí como una presión en el pecho, y quería respirar y me salía cortita la respiración. Fue en la mitad de la parodia. La terminé de hacer y cuando iba bajando la escalera del escenario dije “no puedo más”. Me subí arriba del camión y dije “creo que me voy al suelo”. Prendí un cigarro y me dio asco; una pitada y lo tiré. Íbamos para un tablado en Bulevar Artigas. Me bajé y le dije al Tucho: “Tengo una cosa acá en el pecho, me tengo que ir”. Me llevaron al médico y me metieron ya en el CTI para hacerme un cateterismo. Me quedé en el CTI 10 días y después me pasaron a intermedio 15 días más. Terminó carnaval y yo seguía internado. Esto fue en el 91. Y gané figura del carnaval en el 92 con El nombre de la rosa, pero ganaron Los Gaby’s.

—Eran tiempos en que había muchos más tablados. ¿Cuántos llegaban a hacer en una noche con Los Gaby’s?

—El día que tuvimos más tablados con Los Gaby’s fue con el Ballet Ucraniano en el 75, que tuvimos 25. Hay tablados a los que íbamos tres veces en un día. Con Juan Salvador Gaviota hicimos una cantidad enorme de tablados, me acuerdo que un día íbamos al Club Fraternidad y le digo al Tucho: “acá no debe haber nadie, ya está casi amaneciendo”. Llegamos al tablado y el sol ya estaba saliendo, eran las seis y media de la mañana, y estaba lleno.

—¿Y se ganaba bien?

—Ganabas, pero no tanto, y eran épocas en que uno era joven y nos íbamos a tomar, vivíamos de joda. A veces eran las dos de la tarde y estábamos en la mesa del bar. Y dormíamos en el mismo local de ensayo.

—¿Cómo era la rivalidad con Los Klaper’s?

—Pah, se armaba cada lío. El Tucho un día fue y dijo que le iba a romper la jeta a uno en la Terminal Goes; se metió para adentro del tablado y salió enseguida con un ojo morado. “¿Qué te pasó? ¿Quién te pegó?”, le preguntamos. Le había pegado la Mirtha, la esposa del Buby.

—¿Se armaban líos también con otros conjuntos?

—Yo estaba por fuera de los líos, pero a veces sin querer terminabas adentro. Una vez habían ido a ver Los Gaby’s cuatro señoras de cuatro componentes de Los Walker’s; al parecer empezaron a criticar el espectáculo y la esposa de uno de Los Gaby’s les dijo que si no les gustaba porqué no se iban. ¡Para qué! Después aparecieron los maridos y empezaron a volar piñas para todos lados. Me acuerdo que había un negro grandote que decían había ido a la guerra, y estaba en la escalera del tablado y le pegaba una patada a cada uno que pasaba.

—Y el carnaval de hoy, ¿cómo lo ves?

—Es distinto, cambió todo, cambió la gente. Antes habían 120 o 130 tablados, nosotros una vez tuvimos ocho tablados y tiramos la bronca al Tucho de que eran muy pocos. Ahora nadie hace ocho tablados, ni una murga de las más taquilleras. Ahora haces cuatro o cinco a reventar. Yo qué sé, lo que veo es que técnicamente se está mejor, pero a nivel de parodias no ha habido buenas cosas. A mí, por ejemplo, me encanta el estilo de Rubino, pero tiene un problema: le falta gente en el medio, le falta un buen actor, un parodista que pese.

—¿Qué es ser un parodista?

—Parodista es meterse adentro del personaje y hacer reír tanto como llorar. Cuando yo hacía El hombre elefante (Momosapiens, 2001) había una voz, había una forma de decir las cosas, había una composición. Pinocho Sosa grita, no está parodiando. Para mí el mejor actor que tienen los Momosapiens hoy es Rubino. Generalmente cuando van a hacer un drama, gritan. Y no es así, vos te metés al público en el bolsillo siendo natural. Hay que valorar lo que estás hablando, cada palabra tiene un sentido, un sentimiento, una alegría, una tristeza.

—¿Cuál es el parodista con el que más te ha gustado trabajar?

—Con el que me siento más cómodo es con Aldo Martínez. Aquel también los rebusca a los personajes. Aparte tiene más facilidad que yo porque sabe música, entonces maneja muy bien los tiempos. Él no grita. Él dice que me mira y me roba cosas, pero él tiene un estilo propio.

—¿Se vive del carnaval?

—No, qué se va a vivir. Yo empecé trabajando de chico como lustrador de muebles y después me abrí mi propio taller, y ese es mi trabajo de toda la vida. En algún momento trabajé en Casa Soller, pero solo porque quería andar de traje, y en el London París. Pero si me preguntás que soy, yo te digo que soy parodista. Esto es lo que más he disfrutado en la vida.

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