Ni tan tímido, ni tan canchero

Diego Waisrub vuelve al Carnaval con su murga Queso magro

El murguista devenido en comunicador nunca tuvo entre manos subirse a un escenario hasta que apareció Queso Magro como un plan más para seguir divirtiéndose con sus amigos. La murga dará la prueba de admisión para volver al Carnaval y es la excusa para conocer un poco más la intimidad de Diego Waisrub y descubrir la personalidad del hoy conductor de Radiomental(Azul FM) y Ponete Cómodo (TNU).

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Es y será Dieguito eternamente y le sienta bien el diminutivo. Foto: Leonardo Carreño

Tímido, mimoso, pacífico, hogareño, habitué de la feria y excelente cocinero; inteligente, pero atorrante, “hacía la moña y pasaba”: algunas señas particulares con las que Daniela Waisrub delata a su hermano Diego.Tiene poco feeling con las mascotas pero es muy buena onda con los niños. Fue “terrible tío” y hace un año y medio exprime su ternura con su hijo Vicente. Su esposa Mariana es testigo: “todo es una fiesta entre los dos, cambiarle los pañales, darle de comer”.

"Nunca gané un casting", dice. Y minutos después se corrige: "una sola vez quedé en uno, era para meterme adentro de un pan, no se me veía nada". Apareció en publicidades, es cierto, pero porque lo llamaron directamente. Su hermana recuerda un comercial de encendedores donde se disfrazaba para interpretar varios personajes: "fue el descubrimiento de Dieguito frente a las cámaras". Está cerca de los 40 (sopló 37 velitas el pasado 6 de julio) pero "será Dieguito eternamente. El hijo más chico de mi prima se llama Diego pero en la familia Dieguito es mi hermano, creo que si le dicen Diego no se siente identificado". Así figura en las redes sociales y así se presenta por la vida, ‘hola, Dieguito’. "El director de la productora me preguntó el otro día, ‘¿no será momento de que te llames Diego?’ Pero toda la vida fui Dieguito, de niño y de grande. Había un Diego en la barra que llegó antes y quizá también como mi apellido es complicado, al decir Dieguito ya te distinguían. Me rinde y me divierte".

Hace dos años que la murga que integra (Queso Magro) no participa del Carnaval y a la banda ya le picó el bichito. Darán la prueba de admisión pero no quiere arriesgarse a decir que estarán en la fiesta, "antes era sí, pero después de lo que pasó con la Catalina..." Sucedió que 13 de los 17 murguistas fueron padres y eso complica para coordinar horarios. "Estamos en el horno, no tenemos nada, estamos como los niños, en pañales, pero hay muchas ganas de juntarse y salir".

Miedoso.

El diminutivo le calza mejor aún cuando Daniela hace memoria: "con las vecinas y mis primas lo hacíamos jugar a las peluqueras, las vendedoras, lo tratábamos como a un muñeco". Su hermana es dos años mayor que él y lo recuerda "bastante mimoso, era un bebé de mamá, se protegía con los adultos". La casa donde se criaron tenía "dos dormitorios y medio, uno era re chiquito, tenía una estufa que intentaba calefaccionar pero dejaba más olor que calor. Un día mi viejo se calentó, la sacó y ese cuartito se transformó en cuarto", describe Dieguito. Ella estaba "embolada" de dormir con su hermano, quería su espacio, así que aprovechó esa movida y se mudó. "Dieguito tenía miedo y se venía todas las noches a dormir a mi cuarto", recuerda Daniela. "A ella no le copaba demasiado hasta que robaron la casa y se empezó a asustar, era un cuarto chiquito pero inseguro".

Reconoce que la oscuridad siempre le dio pavor, "era un garca". Los sábados se reunía con la gente del club hebreo Zhitlovsky y hacían actividades para niños en el tercer piso del Teatro Astral, "pila de veces me olvidaba de algo después de que se habían ido todos y era capaz de dejarlo ahí porque me daba miedo ir hasta arriba solo. Y si subía, lo hacía corriendo y gritando".

Se dice muy apegado a su hermana, "estaba acostumbrado a estar siempre al lado de ella". Según Daniela, esa conducta aprehensiva la traslada también a lo material: "le cuesta desprenderse de las cosas, es muy de guardar. Lo ayudé en una de las últimas mudanzas, empecé a sacar cosas del ropero y no lo podía creer: ¡tenía remeras de campamentos del 86 agujereadas!" Su esposa enlista otros objetos que conserva como tesoros: "una colección de casetes con murga del 80, las clásicas botellitas de Coca Cola, una taza de Tab, una lata de perfumes Pibes, una toalla de Disney muy vieja, una mesita ratona-caja musical". Y él confirma que hace años busca el libro de cuentos Cuando mi papá era pequeño. Su madre se lo leía de niño y a pesar de Google y haberlo mencionado en la radio, no logra encontrarlo: "un oyente me dijo que lo tenía y me lo iba a llevar" pero no apareció.

Manso.

Daniela y Dieguito iban a la escuela República de la India (Viladerbó y San Martín), los martes y jueves se tomaban el ómnibus por dos paradas y se bajaban en la puerta del Club Juventus. Dieguito jugaba al fútbol, hacía gimnasia pero odiaba la natación. Mojaba el short en exceso, "volvía lleno de agua" para evitar que sus padres se dieran cuenta de que invertía las horas de piscina en la mesa de ping pong, "hoy cago a pelotazos al que sea". Su hermana intuye que lo hacía por vergonzoso pero él lo atribuye a que era pésimo para ese deporte: "te iban poniendo etiquetas en el short según tu nivel, la primera era la mojarrita, después venía el pejerrey, el tiburón; yo hacía seis años que iba y tenía las mojarritas que me las habían dado por lástima".

Daniela repite durante la charla que su hermano era tímido y confiesa que todos en su familia se sorprendieron cuando se atrevió a subirse a un escenario para cantar con la murga y cuando se metió en los medios. "Fue novedoso verlo en la tele porque en cámara se muestra súper extrovertido y canchero pero siempre fue lo contrario". Él no se recuerda tan introvertido, "no había que moverme para que hablara, pero si podía pasar desapercibido, pasaba, no porque fuera muy inteligente y me pegara para ese lado, sino porque no me gustaba llamar la atención. Mis compañeros de escuela me ven ahora y dicen, ¿qué le pasó a este pibe? Mutó. En el liceo ya era más tirando a banana. En quinto fui compañero de Leo Pacella en el Zorrilla y él era mucho más callado que yo. Se sentaba en el fondo y no hablaba. Cuando me lo crucé en Carnaval, quedé de cara". No sobresalía, pero se ligó varias observaciones, aunque "nunca doble amarilla. Era el que agitaba y si me agitaban también me sumaba. Prendí fuego una papelera en el liceo Varela, agarró un mapa y tuve problemas; otra vez tiré unos ladrillos para abajo pensando que iban a caer en las rejas y casi le parten la cabeza a uno".

Tuvo su época de descontrol en la adolescencia pero hace años que si le dan a elegir se queda con la estufa a leña y la cervecita. Prefiere la vida tranquila y no sale. "Cuando empecé a trabajar me tocaban coberturas de jodas, chupe, minas y me colgaba pero cuando se apagaba la cámara me iba para casa". "En las reuniones suele estar callado, no le gusta figurar y si puede ejercer su bajo perfil, mejor", describe su esposa. Él atribuye esa pose a que sus amigos son los pibes de la murga y todos son "muchísimo más graciosos y divertidos que yo, entonces me divierto mucho más escuchándolos que participando, es más, les robo piques".

Creativo.

Gracias a Queso Magro empezó a soltarse. Antes de ser una murga fue un grupo de amigos. Se conocieron en el Zhitlovsky, "el único club judío progresista; no es religioso pero mantiene ciertas tradiciones, se enseñan valores: compañerismo, solidaridad, laburo en equipo. Queso Magro sale de ahí y es cooperativa, tiene muchos fundamentos de ese club. Hay muchos de la murga que no son judíos pero iban desde niños y son amigos. Es un club muy particular, es zurdo, entonces no está bien visto dentro de la colectividad".

Frecuentaba los tablados pero nunca imaginó que se subiría a un escenario. Es más, de los 13 a los 19 años se alejó del Carnaval, "me aburría, me parecía una terrajada". La reconciliación llegó de la mano de propuestas estéticas que le interesaron como la BCG y Contrafarsa. "Y un día pintó armar la murga como para seguir haciendo algo con los amigos". Antes no se había planteado enfrentarse al público pero le empezó a divertir, se sintió cómodo y "sin querer me di cuenta de que me encantaba escribir, crear y armar un espectáculo con esta barra".

Su veta artística estuvo "tapada" hasta los 20 años, "se largó a escribir con la murga, antes no", comenta Daniela y no recuerda que su hermano haya dado muestras de creatividad de chico, más allá de chistes y salidas originales. Dieguito confirma que antes nunca se había largado a redactar pero sucedió de forma natural, "tenía mucho feeling con Toto, nos empezamos a juntar mano a mano y se generó una dinámica donde ninguno escribía solo, esa modalidad continúa hasta hoy". Encontró en la murga un espacio donde descargar y esa posibilidad catártica floreció con la paternidad, según Mariana: "le canta canciones inventadas a Vicente, le hace cuentos". En su casa hay un montón de libros infantiles, no los leyó, pero mira las imágenes e imagina historias donde su niño siempre es el protagonista, "me encanta colocarlo en el centro y ponerle un montón de aventuras fantásticas alrededor. La mayoría de las veces no tienen final porque se duerme antes y me salva porque lo voy estirando".

Volantazo.

La murga fue un espacio más para compartir con amigos: "no tenía pánico escénico pero tampoco estaba cumpliendo el sueño de mi vida". Más bien estaba cumpliendo el sueño de su padre que "todavía se muere por salir en una murga, pero nunca estuvo ni cerca, canta espantoso y él cree que lo hace bien".

Agradece al Carnaval y dice que Momo le dio mucho más de lo que podrá devolverle. En 2006 Queso Magro salió sexta pero ganó Mejor Espectáculo, Mejor Cuplé, Mejor Texto y Dieguito lo usó de currículum. Su carta de presentación fue su rol de guionista de murga y entró como redactor en una agencia de publicidad: "por primera vez estaba laburando en algo parecido a lo que me podía gustar". Antes de llegar a los medio hizo de todo: vendió fuegos artificiales en Arenal Grande, fue cadete en una metalúrgica y luego por su cuenta, vendió hilos, fue repartidor. Cuenta su hermana que al finalizar el liceo andaba sin rumbo, medio perdido y 2001 se fue a Brasil para darle una mano a su padre que trabajaba en una fábrica de telas. Volvió y en 2005 renunció a su trabajo porque seguía sin encontrarle la vuelta, se fue a España a ver a su madre y vendió cuadros con un amigo.

A la vuelta armó el espectáculo 2006 de Queso Magro y consiguió trabajo como redactor publicitario hasta que lo llamaron de casualidad para que hiciera el piloto de Telemental. Faltaba un notero, Rafa Cotelo y una amiga suya tiraron su nombre y en la productora pararon la oreja. "Salí con el mejor productor de campo que tuve, Rafa Villanueva. Nos paramos en la puerta de la Intendencia y me dice, bueno, tirá el copete, yo no sabía ni qué era un copete. Lo hice y me mandé para adentro, terminé en el despacho del Director de Turismo hablando mano a mano". Su esposa solo reconoce un 30% de lo que Dieguito realmente es cuando lo ve frente a cámaras; Daniela se acostumbró, pero al principio le llamaba la atención. "Sigo siendo yo pero me coloco un poquito más arriba".

Dieguito a secas. 

Cocina bien pero "sus platos son tan efectivos como limitados", según su esposa. Él dice que su especialidad son los canelones, pero su hermana recuerda que le quedaban muy bien los guisos de lentejas; Mariana prefiere las milanesas con puré, "son un manjar" y aclara que las croquetas le quedan "blandísimas". Tiene serios problemas para comer: "odio la cebolla, el morrón y la remolacha. No me gusta el pescado ni las verduras. Probé polenta hace dos semanas, nunca probé la morcilla ni la berenjena pero no me gusta".

Su esposa lo define como un gran amo de casa, "él dice que su sueño es poder vivir de mí". "Me gusta más que esté ordenado a ser el que ordena pero lavo ropa, lavo cuando cocino, me gusta que el auto esté limpio". Necesita oscuridad y silencio absoluto para conciliar el sueño: no puede dormir si el wáter pierde una gotita, si está prendido el motor de la heladera vieja o hace ruido el aire acondicionado del vecino. Lo persiguen las obras, el ruido y el polvo: "me construyeron un edificio lindero que me arruinó la vida, nos mudamos y acá también hay una obra".

En casa de los Waisrub nunca hubo perros, tuvieron un gato que duró un día y Dieguito recuerda que velaban a los peces en el wáter y los enterraban en el patio. Tiene la imagen de su padre sacándolos con el colador de plástico y tirándolos en el inodoro. En su casa no eran bicheros pero su hijo está obsesionado con los perros, "una de las primeras palabras que aprendió fue guau, guau, ve uno y se enloquece"; igual por ahora no transa, "en el apartamento apenas hay lugar para mí".

Todos los sábados va a la feria de Salto entre Canelones e Isla de Flores. Sigue una rutina: elige la fruta, después los quesos y los huevos. Le gusta ir porque se cruza con su hermana, un par de amigos y siempre hay alguien con la remera de Atenas, equipo del que es hincha. Es fanático de Peñarol y recuerda su primera victoria futbolística como si fuera hoy: "el gol de Diego Aguirre en el 87, mirándolo en el cuarto con mi viejo". Le apasiona el fútbol, prefiere ver los partidos solo; ya no se calienta tanto por Peñarol pero se malhumora con las derrotas de la Selección; su esposa aún se sorprende con sus reacciones.

Es bien uruguayo hasta para escuchar música: "la murga se lleva todos los honores. Le gusta Sabina, Manu Chao, Calle 13, Cuatro peso de propina, La Vela, Zitarrosa y se sabe todas las canciones del Puma Rodríguez. Últimamente escuchamos mucho al Reja porque Vicente se fanatizó", lo delata Mariana. Prefiere la música en español, "me gusta escuchar lo que me están cantando y en inglés no entiendo una palabra". Su hermana lo confirma: "fue 7 años y solo sabe decir, hello; un día la profesora de inglés le dijo a mi madre que por favor no lo mandara más a clase porque veía que era una tortura para él. Iba pero lo sufría".

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados