CARNAVAL

Diablo Rojo: el último cupletero

Claudio Rojo es un cupletero clase A: baila, hace reír cantando y es un gran solita. Los Patos Cabreros se darán el lujo de tenerlo en su staff este 2017.

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Claudio Rojo en Garufa 2016. Foto: Ana Laura De Brito.

La música era infaltable cuando había reunión en casa de los Rojo. Cantaban hasta cansarse. Walter Ramón Rojo, conocido como Negro Claudio, fue el único de su numerosa familia que no aprendió a tocar la guitarra. Era vago. Pero tenía la mejor voz de Santa Lucía. Heredó la garganta y la chispa para hacer reír de su madre. A ella le reza antes de cada Teatro de Verano. Se retira atrás del telón y pide, “mamá, acompañame en esto”. Siempre cumple: lleva 31 febreros sin olvidarse de la letra. Y al volver al club brinda con vino cortado en su nombre. Un perfil al último cupletero de pura cepa que queda en carnaval.

En su casa todavía le decían Ramón cuando corría dos kilómetros hasta la quinta de Massaro, robaba frutas verdes, les daba un mordisco y las dejaba tiradas para que los pájaros comieran las sobras. O cuando se escapaba a la laguna ancha y sus padres quedaban con el Jesús en la boca porque llegaban noticias de que se había ahogado una criatura en otra laguna. Él volvía feliz y embarrado y se ligaba una paliza. "Ramón, esta varita tiene hambre", le decía su abuelo, le daba un "chirlo" y lo acomodaba por un par de semanas.

Desde hace 35 años repite las mismas bandideadas que de niño pero ahora le gritan Claudio, no Ramón. Su amigo Raúl Escobar lo bautizó así en un baile del Paso Molino. Iban a "ganar novias" y no querían revelar identidades: uno era Paul, otro Johnny y él era Claudio. Nunca más dejaron de llamarlo así y si hoy alguien le dice Ramón no se da vuelta.

Hace destrozos en las bañaderas de las murgas. Su voz se escucha desde que sale del club hasta el último tablado. Se pasea de una punta a la otra, habla, canta, grita cualquier cosa por la ventana y hasta hizo que algún compañero se bajara porque no bancó sus chistes. Una noche de 2009 el ómnibus de La Margarita no podía salir porque uno de los murguistas, moreno él, estaba retrasado. Llegó, se puso base blanca en la cara y subió a las apuradas. "Mirá si no parece un Ricardito", le gritó el Negro Claudio desde el fondo. El tipo se ofendió y se bajó. Otra vez le peló una banana en un tablado porque sabía que entraba como un caballo.

Son pocas las bromas pesadas de su autoría que se pueden contar, la mayoría quedan en la interna y bajo llave. Sus allegados piensan muy bien antes de delatarlo porque ha hecho diabluras "graves, graves". Alexander es su amigo hace doce años, piensa en Claudio y se ríe. Fue chofer de La Murguera, grupo de murga que hace fiestas durante el año, y no se olvida más de un viaje a Parque del Plata. Pararon para orinar en la ruta, Claudio se bajó los calzoncillos y empezó a correr a un utilero nuevo que quedó bordó. Los autos le tocaban bocina y él saludaba.

A Claudio solo se le activa el pudor cuando le gritan, "fenómeno, bestia, no dejes el carnaval". El tipo que se desnuda adelante de cualquiera se muere de vergüenza cuando los demás lo halagan.

Si le siguen la corriente, no para. Parece un niño. Claudio es Rojo pero bien verde. Un diablito con una energía tremenda. Es la piel de Judas. Así lo definen sus amigos. Su objetivo es la carcajada arriba y abajo del escenario. Habla sin filtro. No le importa el contexto ni el lugar. Igual te hace tentar en un velorio: "Por favor, no lo sienten, déjenlo acostado", ha comentado.

Claudio le cuenta un chiste al de al lado mientras la murga canta. Desconcentra. En La Margarita 2009 les tocó interpretar una canción dedicada a los desaparecidos. La puesta pedía que Claudio hiciera como que buscaba a un familiar, entonces sorprendía a los murguistas por atrás y les susurraba, "mi hermano no tenía tanta pulpa". Era imposible contener la risa. Es que él transforma lo dramático en humor en dos segundos. Así concibe la vida.

Todos aseguran que tiene la necesidad de hacer reír. Él dice que tiene la facilidad de robar carcajadas, que cualquier cosa que tira causa gracia y se jacta de haber evitado varios líos por meter mechas. "En vez de estar a los piñazos terminan a los abrazos".

Tiene un gran sentido del humor y no se deja ver triste. La última vez que se le cayeron varias lágrimas fue hace un año y medio. Se quedó sin trabajo en la construcción y lloró mucho y solo. "La vida sigue, tengo salud", pensó. Y salió a remarla otra vez. Agarró changas, algún toque con La Murguera hasta que consiguió algo fijo como portero en un edificio en Libertad y Soca, a un par de cuadras de donde vive hoy.

Puede recitar sin titubear todos los conjuntos de carnaval en los que salió pero su memoria no retiene la cantidad de trabajos que tuvo. El primero fue como ayudante del maestro de pala en una panadería de su Santa Lucía natal. Tenía 14 años y conserva las marcas de esos comienzos en sus muñecas. "Pasaba todo el día de joda y trabajaba de noche. Yo me dormía y el tipo me empujaba la lata caliente cuando la sacaba del horno y así me despertaba", cuenta. Aprendió un montón de repostería y es un gran cocinero. Cuando se fue de gira con La Murguera por España llegó a hacer tres kilos de milanesas para alimentar a diez bocas.

Fue chofer y masajista en Rampla. Aprendió el oficio con el "Bebe" Guifague. Éste le entregó un atlas del cuerpo humano para que supiera los puntos y así evitó que esguinzara a los jugadores.

Durmió en la calle por decisión propia. Se quedó sin casa y sin familia porque le gustaba esa vida. No tenía trabajo y pernoctaba en la Plaza Zabala para no molestar a nadie. Le gustaba mucho la noche. Recorrió la Ciudad Vieja de punta a punta. Conoció todos los rincones, buenos y malos. Pero eso es historia vieja. Tiene 56 años y está cansado. Ya no cuenta los días como un desesperado para que llegue el fin de semana, ni amanece en una cantina tomando vino cortado y cantando con algún parroquiano que toca la guitarra. Ahora se le iluminan los ojos cuando habla de su nieto. Se llama Dante y "es una crema".

***

El Negro Claudio es fundador de Garufa y tiene puesta la camiseta de esa murga. Este año saldrá en Patos Cabreros porque "Pucho" Ferreira, dueño de Garufa, decidió no sacar el conjunto. "Pucho" agradece que siempre haya acompañado porque es un cupletero clase A. Y encima le hace bien al grupo porque se esmera en crear buen ambiente. El tipo llega después de seis tablados, sale a buscar un supermercado abierto y te arma un guiso de lentejas a las cuatro de la mañana para chuparse los dedos.

El dueño de Garufa opina que el que no quiera a Claudio en su cuadro no debería salir en carnaval.

En 2015 Claudio se hartó de las injusticias del jurado y amagó con abandonar a Dios Momo para siempre. "Me da bronca, son unos inservibles que nunca tocaron una madera, nunca se subieron al Teatro de Verano y salen a opinar y tiran mugre para todos lados". Ese febrero no salió y Garufa tampoco porque "Pucho" andaba con algunos problemas personales.

Sus amigos y colegas están seguros de que se comió las uñas pero él dice que no sufrió nada. Fue un par de veces al tablado y miró el concurso por televisión. Quienes lo conocen sabían que ese descanso lo haría volver con más fuerza porque él necesita el carnaval para sobrevivir. Es su sustento, lo que hace bien y lo que le gusta.

"Pucho" lo quería de vuelta en 2016 así que armó una columna vertebral de primera y lo colocó en el centro. Para convencerlo llevó a Julio Pérez, Carlos Sanjurjo, Carlitos Paredes, Pablo Porciúncula y Damián Lescano. Él está seguro de que esos nombres hicieron que le picara el bichito otra vez pero Claudio dice que en realidad volvió por "Pucho": "Él me había dado una mano muy grande y esa vez me precisaba para el proyecto".

Hay que rascar para encontrar al Claudio sentimental pero entre los que lo conocen es unánime que tiene un corazón infinito. Es un amigo fiel, solidario e incondicional. Se saca comida de la boca para dársela a quien lo precisa.

La primera vez que Claudio Rojo vio una murga en Montevideo cantaba Arlequines en el estadio de Danubio y en el medio sobresalía el "Comba" Insúa. El corazón le latió a mil cuando vio cómo la gente reía y lloraba a la vez. "Quiero hacer eso", pensó.

Salía en humoristas Jardineros de Harlem y se apuraba para llegar antes a los tablados y poder ver al "Comba". Se le acercaba, le daba un abrazo y era feliz. Le hubiera encantado ser su amigo pero no hubo tiempo: el "Comba" falleció muy joven y las pocas veces que se cruzaron en una cantina Claudio no tuvo cómo llegar a él. Hoy, el "Jarra" Insúa, hijo de su referente, es su hermano de la vida.

Claudio aterrizó borracho en el club Las Bóvedas, se metió en un ensayo de Nos obligan a salir, cantó todo y conquistó a Mandrake De Souza que lo invitó a sumarse. "Al día siguiente caí fresco y me puse a dirigir y bailar de careta. Te falta hacer cuplé nomás, me dijeron. Que me lo traigan y lo hago". Y no se movió más de ese lugar en la murga.

Tiene treinta carnavales y solo tres primeros premios con Arlequines (93,94 y 95). Le gusta ganar, pero no mata por eso. Sale para divertirse y divertir al resto.

En 2008 viajaron a Buenos Aires con La Margarita, querían tomar una y ninguno tenía un mango. Claudio tiró el sobre del redoblante en la mitad del barco y los motivó a cantar. Recolectaron cuatro mil pesos que se fueron en whisky caro y habanos.

—¿Qué te enamoró del carnaval?, ¿por qué te quedaste?

—Lo popular, la gente común, pero ha cambiado mucho. Algunos se creen que son estrellas, siguen con el personaje de divos. Hay mucha gente conocida a la que le di una mano y después me dio la espalda.

Claudio le dio un VHS con el cuplé de El Estreñido (Patos Cabreros, 1992) a un compatriota que iba a Buenos Aires para que lo entregara en Ideas del Sur porque no tenía plata para el pasaje. "Se ve que se le cayó en el barco", ironiza. Se arrepiente de habérselo dado. "Hoy él es un grande. Me lo crucé en la Mutual y bajó la cabeza. No me hizo ni un comentario".

Una vez lo llamó Federico Hoppe y le pidió que lo hiciera reír por teléfono. Claudio le armó una historieta pero al productor de Tinelli no le convencía. "Lo mandé a cagar. Pagame el pasaje, voy hasta Buenos Aires y te hago reír a vos y a toda tu familia".

***

Su boca es un pozo negro, pero nunca ha hecho reír con malas palabras. Es el uno en el doble sentido y juega con la picardía desde su rostro. Su sonrisa contagia. Hace reír con abrir y cerrar los ojos. El público le da permiso para pasearse por el filo de la navaja y manejar temas cercanos a los grosero como El estreñido o el cuplé del baño (Garufa, 2014). Tiene cancha y estilo para transitar esos tópicos.

El letrista Eduardo Rigaud dice que Claudio es como los gatos, lo tiras para arriba y siempre cae parado. Él es quien más le ha escrito a este cupletero que necesita un libreto para caminar firme y seguro pero nunca se animó a guionarse.

"Pucho" dice que la dupla con Rigaud es perfecta porque lo lee mejor que nadie. El letrista sabe que Claudio se mueve mejor con ritmos sabrosos que con una canción de Drexler y que no puede llevarlo hacia un lugar reflexivo porque el público no se lo cree.

No le gustan las mechas, prefiere interpretar bien el libreto. Jamás le dijo a Rigaud que no haría tal o cual cuplé. A todo le busca la vuelta. Para él cada línea es aprovechable. "He remado en dulce de leche", dice. "Pucho" confía que aunque le tires un pedazo de diario él te lo va a defender y la gente se va a reír porque tiene talento.

Es el centro de atención. La mirada en el escenario va siempre dirigida hacia él. Resalta. Es el último cupletero de la vieja escuela que queda en carnaval. Es completo. Canta como los dioses, es terrible solista, baila y es un capo para hacer reír.

Hay muchos humoristas en carnaval, pero pocos cupleteros porque el verdadero debe hacer reír cantando y Claudio lo logra. Tiene un timbre de voz imponente. Es un elegido. Claudio Rojo, Pinocho Routin y Marcel Keoroglian forman parte de una raza en extinción.

La gente necesita reírse y unos pocos lo consiguen, por eso Rigaud dice que el producto que vende Claudio es cada vez más selecto. Su escuela fue la calle. Capta ademanes de los seres cotidianos y los transforma. Logra una empatía inmediata con la gente.

Hace magia con lo más simple. El público, sus colegas y los letristas desean que no se le apague la chispa.

—¿Qué espera la gente de vos en el escenario?

—Reírse y escucharme cantar porque soy de los únicos cupleteros que canta, soy el último que queda, me lo repiten todos. "No dejes el carnaval, botón", "no dejes el carnaval, Negro".

PARA EL RECUERDO

El cuplé que todos recuerdan de Claudio Rojo es El Estreñido y cuando hizo de monaguillo en El Padre Propoleo (Arlequines, 1993). Con ese último explotó. Pero su preferido es La muñeca gigante, que marcó su debut en la categoría murga con Nos obligan a salir en 1988. Nunca se guionó pero compuso temas de música tropical. Cantó en la banda NBA y ahora lo hace en El cubano de América.

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