Javier "Gitano" Fornaro

Custodio de estrellas

En una cafetería del Centro de Montevideo, Javier Fornaro (o ‘Gitano’ para los amigos) es un uruguayo atípico. Alto, fornido y amante de las motos, Gitano es el guardaespaldas de las celebridades: Chayanne, Joaquín Sabina o Pamela Anderson han sido algunos de los custodiados. Y con todos tiene infinitas anécdotas.

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Javier "Gitano" Fornaro.

Nick Jonas, Valeria Lynch, la banda Maná son apenas algunas de las celebridades que piden por él. Javier ‘Gitano’ Fornaro es uno de los expertos en seguridad más prestigiosos del Uruguay, pero el reconocimiento no lo tuvo de un día para el otro. Inició su carrera como guardia de seguridad en un boliche de elite donde se vinculó con gente que lo llevó a acercarse al primer famoso que se convirtió en cliente: el mismísimo actor Christophe Lambert. Desde entonces no paró, con trabajos en Uruguay y en el exterior. "He llegado a cuidar boxeadores, si llegás a ese punto es que andás bien", sonríe.

—¿Cómo se distingue a un buen seguridad?

—Cuando uno tiene estudios adquiere códigos que son muy importantes. Y al tener la disciplina de las artes marciales, uno se maneja con muchísimo respeto. Pero es cuando me ven trabajando que se dan cuenta que me preocupo realmente por cuidar a estas personas y su entorno.

—¿Cómo es el vínculo que tenés que tener con el artista?

—Muchos tienen la visión de la película de Kevin Costner y Whitney Houston (El guardaespaldas), en la que él se hace el duro y no quiere saber nada de la mujer que tiene que cuidar. Sin embargo, en la realidad pasa todo lo contrario. Yo quiero conocer al artista y para estar más cerca de él tengo que saber sus costumbres y necesidades. Me pasó con Nick Jonas de los Jonas Brothers, que le gusta a ir a un hotel con casino porque siempre le gustó jugar al póker. Por conocerlo bien fue que después me convocó otras veces para trabajar en Puerto Rico y República Dominicana.

—¿Y en qué situaciones se pone en práctica esa empatía?

—El seguridad tiene que saber con una mirada del artista si quiere irse o seguir firmando autógrafos o sacándose fotos. Él no lo tiene que decir. Uno es el que tiene que quedar antipático con la gente y no el artista. Yo coordiné la seguridad de Axel cuando vino al Teatro de Verano, y en un momento que estaba cantando, yo estaba a diez metros y vino a hablar conmigo en voz baja. Me dijo: "¿cómo ves que yo baje por acá y me ponga a cantar entre el público?". Tuve que manejar diez guardias más para que lo rodeen y empiece a bajar la escalera. En los primeros tres escalones ya se le empezaron a tirar arriba. Pudo caminar hasta la tercera fila entre el público y me miró como diciendo "sacame de acá". No lo tuvo que decir, pero con la mirada ya supe lo que tenía que hacer. En ese momento uno se lleva arañazos, puteadas y todo lo que venga, pero lo tengo que ir a buscar y si es necesario llevármelo a upa.

—¿Con quiénes tuviste más química?

—Con algunos hubo tanta buena onda y me daban tanta confianza, que después no me daba para pedirles una foto. Cuando vino Ismael Serrano a un espectáculo en el Teatro Plaza, terminó el show y me dijo que quería ir caminando hasta el hotel. Volvimos caminando y mirando vidrieras, y él con su guitarra.

—¿Viviste alguna situación que se haya salido de control con un famoso?

—Sí, yo estaba en el recordado problema que tuvo Pamela Anderson en Punta del Este en la década del 90. Ella vino a visitar el país e iba a hacer un evento en Playa Bikini. Tenía que caminar 150 metros desde la camioneta hasta el parador de Playa Bikini con cuatro personas seguridad. Y ahí fue el desastre. Vinieron 200 personas de la playa a abrazarla y tocarla. En el momento hubo que sacarle la gente de encima a la artista. Fue un desastre de verdad, terminó toda arañada y en un estado de histeria total. Una locura. Después iba a ir a otro evento, pero como le pasó eso no quiso saber más nada y se encerró en el hotel hasta que se fue. Para nosotros fue terrible porque no se previó que podía pasar eso; manejaron una seguridad muy light. La producción nunca nos dijo que habían 150 metros de distancia desde donde se bajaba ella hasta donde tenía que ir. Después de esa vez, no volví a hacer nada basado en lo que me diga la producción de un evento, sino que yo intento aconsejar a los productores.

—Cuando cuidás de artistas en giras, ¿los has tenido que acompañar a salidas nocturnas?

—Sí, varias veces. Estuve con Sabina y con Serrat. Son figuras muy distintas. Sabina es más permisivo, quiere saber dónde está la joda. Hace muchos años estuvimos en el Michigan. Con Serrat fuimos a comer a un conocido restaurante en Agraciada. Hay que saber manejarlos a los dos. Con Maná fuimos a Azabache cuando estaba en Punta Carretas y a La Casona de Campbell.

—¿Cuánta intimidad conocés de cada artista?

—Mucha, como saber que Ricky Martin era homosexual antes de que lo hiciera público. Yo lo vi con un hombre en Punta del Este. O de chicas famosas que yo cuidaba, y sé que después en el hotel que estaban alojadas cobraban… Pero no se puede decir más... Hay que preservar la fidelidad con los artistas.

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