NACHO ALCURI

Cupletero negociador

La mayoría de los proyectos que desarrolló Ignacio Alcuri cayeron sin que lo planeara. Llegó al Carnaval de la mano de Rafa Cotelo: escribieron a dúo para Curtidores de Hongos, y él siguió tres años más. Este febrero se sube por primera vez al escenario con La Margarita y se prueba como cupletero. 

Foto: José Arisi (www.carnavalenfotos.com)
Foto: José Arisi (www.carnavalenfotos.com)

—En el espectáculo de la murga dicen que vos ni sabías donde quedaba el Teatro de Verano, ¿quién te llevó por primera vez al tablado?, ¿eras carnavalero?

—Iba al tablado en la adolescencia con mis compañeros de liceo. En los últimos años me gustó mucho el estilo de La Gran Siete, Curtidores de Hongos y La Mojigata. Trabajé cuatro años en Curtidores como letrista e iba algunas veces al tablado, veía algunas cosas por tele o directamente no miraba nada. No soy tan caído del catre pero soy muy irregular, no me puedo considerar un amante del Carnaval. Me gusta y disfruto pero tengo que ponerme un escalón más abajo. Cuando tiran el año y empiezan a cantar retiradas, estoy a años luz. Me sé las clásicas de los asados.

—¿Quién te convenció para que te sumaras a La Margarita?

—Me llamó Paul Fernández para decirme que Felipe Gardiol (director) me iba a contactar para invitarme a escribir en la murga. Me junté con él y en medio de la charla me preguntó, "¿no te animás a subir a cantar?" Y yo tengo esa cosa de que si lo pienso mucho digo que no, entonces contesté que sí con una única condición: que a la murga le sirviera para sumar. Sé que oído tengo pero de repente cantando era un desastre.

—¿Nunca habías cantado?

—Había tenido una banda de cumbia en el liceo, nada más. Incluso como cupletero no era lo mismo que lo que he hecho en televisión o en los monólogos. Si en algún momento me decían, "no es por acá", yo seguía escribiendo. Pero no me han echado.

—¿Llegaste con algún prejuicio al Carnaval?

—El único prejuicio que tuve antes de integrarme a Curtidores era que fuera muy salvaje, esa oscuridad de la noche que se asociaba a la murga. Y tuve la suerte de no toparme con eso. Los grupos en los que laburé siempre fueron de gente luminosa, sin abismos.

—¿Cómo llegaste a escribir en Curtidores de Hongos?

—Estaba haciendo De Pie y a Rafa Cotelo lo llamaron para sumar alguna cosita y como él tenía 700 trabajos me propuso hacerlo juntos. Armamos algo entre los dos en las horas libres entre funciones. Mi entrada fue de la mano de él y por eso resultó más sencillo.

—¿Era un lenguaje que te interesaba probar o no lo habías pensado antes?

—La mayoría de los proyectos que he hecho nunca los había pensado. Se fueron dando cosas encadenadas sin ningún plan a largo plazo. Publiqué un libro (Sobredosis Pop, 2003) porque escribía cuentos y eran muchos; me llamaron de Justicia Infinita (Océano FM) porque habían leído el libro y en televisión empecé porque la gente de la radio se juntó para hacer un programa. Todo fue una sucesión de hechos a partir de la publicación del libro. La murga tampoco estaba en mis planes pero me encantan los desafíos y jugar con el humor en un contexto donde la respuesta del público es inmediata. Tiene cosas que disfruto y otras donde me doy la cabeza contra la pared.

—¿En qué te diste la cabeza contra la pared?

—En el rol que tiene el concurso, el jurado y los puntajes. Sé que de los libros no voy a vivir entonces me puedo dar el lujo de escribir lo que se me canta, pero acá entra en juego el concurso y hay que agradar al jurado porque entrar a la Liguilla representa un montón de beneficios. En el stand up tenía un par de chistes que para mí eran los mejores, pero la respuesta del público era medio lamentable. Y los dejaba porque me gustaban. Pero acá hay que negociar. Mi humor no es el que más le gustaba a los integrantes del equipo así que hubo que integrar otras cosas a la letra para que se sintieran más conformes, pero estoy acostumbrado a que mi humor no sea muy popular. También está bueno hacer humor en conjunto porque se genera una dinámica que refresca el laburo creativo.

—¿Aportase más como letrista en las puntas o en el medio?

—Las puntas son de Jorge Velázquez. Es el momento más poético y mi sensibilidad poética es menos diez. Ni me meto. En el medio no escribí tanto como podía pensarse al principio, pero se armó un grupo heterogéneo con Velázquez, Fredy González, Martín Prado, Paul Fernández y Jorge Soria.

—¿Dejaste de lado tu costado más intelectual?

—No sé si se puede considerar que tengo un lado intelectual. Entiendo que como escribo cuentos hay que tomarse un tiempo para leerlos porque no es tan directo, pero no creo que sea muy complejo. Mis referencias son oscuras pero no desde lo académico, sino desde el comic de súper héroes de los ochenta.

—¿Qué festeja o quiere el público de Carnaval?, ¿risas?

—No sé si el público lo único que valora es la carcajada pero el feedback para el murguista es muy fuerte, entonces al no escucharla puede que piense que no lo está haciendo bien. Ahí la carcajada termina teniendo una importancia capital pero yo estoy más acostumbrado a no escucharlas. Cuando hacía De Pie era el que tenía menos risas de los cuatro por demolición, así que no me cuesta eso, pero entiendo que a mis compañeros sí.

—¿La murga tiene que ser divertida?

—Tiene que ser entretenida, no sé si es lo mismo, y tiene que mantener tu atención durante 45 minutos. Yo le doy más importancia a los textos que al canto como espectador, pero entiendo que el espectáculo debe ser completo.

—¿Te sentís cómodo cantando?

—Muy cómodo. Confié en mi oído y estoy al lado de gente que canta fuerte y bien, así que me les pego. Los sigo y disimulo bastante.

—¿Qué cambios identificás en el Carnaval y el público que consume estos espectáculos?

—Los últimos dos grandes cimbronazos han sido la Murga Joven con su cambio de cabeza, y la llegada del Frente Amplio al poder, que obligó a los letristas a modificar la forma de hacer humor político. Parecía que el Frente no podía cometer errores pero no hay gobierno en el mundo que no los cometa, y hay que centrarse en eso. Pasó la luna de miel de esa primera gestión y se dieron cuenta de que criticar a la oposición por ser oposición no estaba funcionando tanto. El espectáculo de La Margarita es muy crítico del gobierno y si se le pega poco a la oposición es porque tampoco han hecho grandes cosas: más bien parecen murguistas ellos porque están esperando los errores del gobierno para cantarle la cuarteta.

—Sos muy crítico con lo que escribís en tus libros, ¿estás conforme con lo que canta La Margarita?

—Estoy conforme. Hubo negociaciones y quizá si yo hubiera tenido el control total hubiera ido por otro lado que tampoco sé bien cuál es porque no dejé cosas afuera. Ni siquiera sé si aceptaría el manejo completo de un espectáculo porque reconozco mis capacidades limitadas como letrista de Carnaval. Estoy disfrutando más de lo que hago arriba del escenario que de cantar las partes que escribí yo. Eso es distinto a los procesos anteriores.

—¿Hay que estar 100% convencido de lo que dice el texto para poder cantarlo en la murga?

—Es muy difícil cantar algo en lo estés fervientemente en contra. Por estar en el grupo técnico tuve la potestad de pelear si aparecía algo que sentía que estaba en las antípodas de mi pensamiento. Hay algunos pedacitos con los que quizá no estoy tan de acuerdo pero hay que negociar. Tampoco me puedo hacer el súper ofendido. Si cantaran cosas aberrantes me abriría pero ni cerca de eso.

—¿Cómo fue la previa a ese primer Teatro de Verano estando arriba?, ¿hubo nervios, ansiedad?

—No fue ansiedad, fue impaciencia. Llegué a las tres de la tarde al club y no pasaban más las horas. Estaba tranquilo de que íbamos a hacer un buen espectáculo porque tuvimos como 17 tablados antes y salía bien desde el primero, aunque fuimos ajustando cosas y puede ser mejor. Hubo más risas de las que la murga esperaba y esa respuesta sorprendió gratamente y dio más confianza al equipo. La noche del Teatro de Verano quería que empezara de una vez y cuando estás arriba del escenario que te prenden las luces, y los trajes son livianos pero levantan 140 grados decís, "que pase esto ya", pero por lo que estás sudando.

—¿Lo disfrutaste?

—Sí, muchísimo porque el espectáculo corrió bien. Entiendo que no somos el caballo del comisario, ni tenemos todas las de ganar, pero hicimos el partido que podíamos hacer sin cometer errores.

—¿Sentiste presión por la competencia?

—Traté durante todo el tiempo de que eso no influyera. Pero tampoco voy a ser hipócrita, sé que estamos en una competencia y quiero hacer la mejor versión para que repercuta en el jurado, pero intento que eso sea secundario porque creo que si entrás en esa rosca es un círculo vicioso: te ponés nervioso, repercute peor y lo que hacés gusta menos al jurado. Es más sano olvidarse por un ratito de eso.

—¿Cómo te sentiste al cantar la retirada, uno de los momentos más emotivos de los espectáculos murgueros?

—No me mantuve frío pero traté de que no me ganara para evitar que me jugara en contra. La explosión fue más grande en la bajada que en la retirada y no fue la satisfacción de que la gente disfrutaba de lo que yo estaba haciendo, sino de decir, "esta respuesta significa que hicimos los deberes y las cosas salieron bien". Dimos el espectáculo que queríamos hacer y eso me dejó tranquilo. La emoción llegó después, cuando me saqué la capa, el gorro y me abracé con la gente que quiero: mi familia, mi novia y mis compañeros.

Una de cal y una de arena en la fiesta de Momo.

El momento de mayor nerviosismo lo sufrió en los primeros tablados porque era algo nuevo. “El Teatro de verano tiene mejor sonido y más gente pero no deja de ser un tablado más”, según Alcuri. Está tranquilo de que dieron el espectáculo que querían brindar en la Primera Rueda, y dice que el Carnaval se le está haciendo eterno: “Podría durar un poquito menos”.

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