roly serrano y abel ayala: Actores con mucho en común

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"Un plan. Un robo. Una amistad. Una traición. Tres marginales…”, así se presenta El Búfalo Americano, la obra de David Mamet que reúne a Claudio Rissi, Roly Serrano y Abel Ayala. Antes de presentarse en el Teatro Metro, Serrano y Ayala hablaron con Sábado Show.

Abel Ayala y Roly Serrano
Los actores hablan de la obra de Mamet y de "El Marginal", entre otros temas.

"Hace muchos años, yo hacía títeres y actuaba. Estaba en Barcelona, en un festival internacional, y había un director cordobés que hacía como veinte años que vivía allí. Estaba fascinado con la obra que habíamos hecho de títeres. Vino a saludarnos, nos invitó a la casa a comer y, cuando ya me estaba yendo, me dice ‘tomá’ y me regala un libro. ‘Esta obra vos la vas a hacer alguna vez, cuando seas más grande’. Me dijo un par de elogios y agregó: ‘cuando estés en el mejor momento de tu carrera, tenés que hacer esto’. El libro era El Búfalo Americano en inglés. Fui y compré la película, que protagonizaban Dustin Hoffman y Dennis Franz".

La anécdota de Roly Serrano, una de las tantas que deslizará con mucho humor y detalle durante la charla, muestra que el actor estaba predestinado a ponerse en la piel de Don, el dueño de una casa de venta de objetos de segunda mano en la que transcurre la obra que David Mamet estrenó en 1975, en Chicago. Ganadora del Premio Pulitzer, la versión cinematográfica dirigida por Michael Corrente llegaría recién en 1996.

"Don es un tipo más bien tranquilo, reflexivo, que tiene un joven, Bob (Abel Ayala), al que está rescatando de la droga, de la calle. Es una especie de empleado y a su vez es como un hijo para él. Teach (Claudio Rissi) es un personaje totalmente exaltado, que lleva todos los conflictos", explica Roly. La venta de una moneda será el disparador para que estos tres tipos terminen planeando un robo que huele a fracaso desde el vamos.

"Todo eso es contado no desde lo coloquial, sino desde la profundidad de los conflictos. Estamos hablando de algo, pero en realidad está pasando otra cosa. La idea es generar en el público esa incomodidad de preguntarse ¿qué está pasando acá? y hasta pensar nos van a matar a todos", agrega Roly. "Se pone intensa. Son personajes fuertes. Pasan muchas cosas en simultáneo, muchas", interrumpe Abel Ayala.

"No se trata solo de estudiar el texto y aprenderlo para generar eso que queremos, que es que la gente salga hablando de la obra, vayan a comer una pizza y sigan hablando, y se levanten a la mañana y sigan hablando… Es lo maravilloso que tiene el arte, en este caso una obra de teatro", continúa Roly.

La obra, dirigida por Luis "Indio" Romero y producida por Javier Faroni, llegó al Teatro Metro de Montevideo (hoy, 21 horas) apenas una semana después de haberse estrenado en Mendoza. "Es una obra muy compleja, no es fácil de hacer", detalla el actor. "Tuvimos que estirar mucho el estreno para poderla hacer bien. No es naturalista, no es coloquial. Tiene dos espacios: lo que está pasando y lo que está abajo. Cada uno de los tres personajes es muy complejo… el trabajo que está haciendo "Indio" Romero es extraordinario. Estuvimos dos meses ensayando. Normalmente, para una obra común, trabajás tres, cuatro horas por día o cada tres días. Nosotros estuvimos trabajando seis, siete horas durante dos meses, sábado, domingo… no importaba. Era tal la necesidad de saber que estábamos haciendo un teatro excelente, que sacábamos hora para dormir; yo tenía que viajar y no lo hacía… Abel tiene la dificultad de que vive cerca de Luján, son muchos kilómetros desde su casa. Es un esfuerzo tremendo el que hicimos".

Roly ha llegado a afirmar que seguramente sea la obra más importante que haga en su carrera. "A todos nos toca desde un lugar muy especial", dice y Abel asiente. "Es como una obra signo. Abel ha hecho veinte películas, pero no tiene una experiencia de teatro como la que tenemos nosotros. Yo he hecho mucho mucho teatro, pero nunca con esta complejidad. Claudio Rissi es otro monstruo", destaca.

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Tanto Rissi como Serrano y Ayala comparten el hecho de que, en algún momento de sus vidas, les tocó vivir en la calle. El primero llegó a dormir en los ómnibus o en la propia calle; Roly vivió en la calle entre los 13 y los 15 años, y Abel se fue de su casa a los 9 años y estuvo sin techo hasta que entró a un hogar de niños, donde permaneció hasta los 17 años.

"Fui un niño muy feliz, el problema fue cuando me metí en el mundo adulto y empecé a enroscarme, como hacen todos los adultos", cuenta Abel. "Cuando era chico era más inconsciente, entonces no me hacía tantas preguntas, no analizaba tanto lo que me pasaba, por eso disfrutaba tanto. Después, cuando empecé a relacionarme con adultos y ellos me hacían devoluciones sobre lo que sabían de mí, la cosa fue distinta. Cuando vivís en un hogar, te tratan como un chico de un hogar, no te tratan como un pibe normal. Pero son los adultos los que hacen eso, porque se hacen una película detrás de toda esa circunstancia que te hace creer que sos una cosa que no sos".

Son experiencias de vida que tanto Abel como Roly reconocen que les han servido como herramientas para la actuación. "Ser actor es un trabajo que implica mucho lo que uno es, lo que uno tiene. Es imposible escaparse de lo que uno tiene, de lo que uno lleva. Creo que todos los actores, consciente o inconscientemente, utilizan eso, abren su baúl y utilizan cosas propias", reflexiona el primero.

Roly también va por ese lado en su forma de pensar. "Lo hermoso de la vida es que nunca nada es igual. Si bien con Abel hemos tenido vidas paralelas bastante parecidas, cada uno ha podido vivir la vida con su propia costilla. Sin comparar, yo pude sobrevivir en otras circunstancias, eran otras épocas, la marginalidad no existía tanto. Yo tocaba la puerta de una vecina para que me diera de comer y me daba; pedías trabajo y te decían limpiame el gallinero. Te pagaban, te daban de comer y te daban alguna ropita. Lo que en mí repercutió mucho fue ser un niño muy golpeado, maltratado por mis tíos", apunta el salteño sobre un pasado en el que, separado de su madre a la que creyó muerta durante mucho tiempo, vivió con sus tíos, quienes lo maltrataban. "Poder zafar de eso, querer salir de eso, me transformó en otra cosa, en un monstruo adorable. Era un experto en seducción para poder sobrevivir, porque era un niño agresivo, un niño al que la gente rechazaba. Para mí, el teatro fue muy sanador porque a partir de ahí empecé a descubrir la vida", destaca.

Igual tiene claro que se trata de un juego, "sino ya es una terapia. El teatro es un juego, jugamos, nos reímos, nos enojamos, nos golpeamos y nos abrazamos… todo en juego. Pero para construir hay que sacar de algún lado", agrega y pone como ejemplo su trabajo en la obra Casa Valentina, donde se vestía de mujer. "No era ponerme ropa de mujer y reírme un rato. Tenía que transformarme en mujer y para eso tenía que sacar mi lado femenino. De pronto descubrí que sacar mi femenino mejoraba absolutamente mi masculino. Ese es el teatro para mí".

Presos.

Serrano, Ayala y Rissi son parte de la segunda temporada de la exitosa serie El Marginal. Los dos últimos compartieron incluso la primera temporada como dos presos, César y Borges, de gran peso en la historia que se cuenta. A Serrano le tocó interpretar un personaje que se pasa de malvado y que es uno de los puntos altos de la nueva temporada: El Sapo, el recluso que mandaba en el penal de San Onofre antes de que los Borges (Claudio Rissi y el uruguayo Nicolás Furtado) se apoderaran del lugar.

"Busqué lo más despreciable que tenía dentro mío y lo jugué a verdad. Cuando terminás con el personaje, está bueno porque lo podés dejar afuera. No quiere decir que expulsás todo, no; siempre hay algo que te queda. Hay gente que no puede hacerlo porque tiene miedo, entonces dicen ese actor se quedó pegado con…, porque pudo sacar algo afuera pero no pudo expulsarlo, se quedó enganchado", explica Roly.

A Abel le tocó ser uno de los presos jóvenes, los luego llamados Sub 21. "Yo soy bastante inconsciente cuando trabajo. Se dio así, estuve como dormido con todo lo que pasó. Ahora ves que El Marginal es un éxito y disfrutás de eso, pero no sé lo que hice ni cómo lo hice, ni nada", confiesa.

Roly pide interrumpir para destacar la gran labor de su compañero, no solo en El Marginal, sino también en los otros trabajos que han compartido (van ocho hasta el momento). "Abel es lo menos académico que hay, no es un estudioso del teatro. Tiene lo que todos los actores queremos tener y le envidiamos: la capacidad para hacerlo. Lo hace todo con una naturalidad que nosotros nos pelamos los sesos estudiando, leyendo y dando vuelta a los métodos. ¿Cómo explicás que haya gente que nació para esto y hay otros que estudian años y no logran ni siquiera decir la mesa está servida? Con todo respeto a todos los compañeros que eligen esta profesión. Hay muchachos que hace 20 o 25 años que están estudiando con el maestro… ¡andá a hacer algo! Juntate con tres amigos en el zaguán de tu casa, agarrá la obra más pedorra de teatro, que vengan tus vecinos y que te diviertas. Eso es la profesión. Abel hace todo con una espontaneidad y una frescura, ¡que lo queremos matar! ¡Un día le voy a pegar un tiro!", remata entre risas.

Los Diegos.

Ambos actores comparten el hecho de haber representado a Diego Armando Maradona en el cine. Abel lo hizo en La mano de Dios, de Marco Risi; Roly en La juventud, del oscarizado Paolo Sorrentino.

"Eso no era Maradona, no sé qué fue eso", dice Abel sobre su experiencia. Y otra vez Roly sale a su rescate. "No seas malo, lo ves caminar, lo ves correr, ves la actitud que tiene cuando conoce a la que sería su esposa… es Diego, no es otro tipo. Vos hay cosas que no te das cuenta, porque tu vida ha sido así. Fuiste un niño que vivió en la calle, creció así, sobrevivió… y hoy estamos hablando con un futuro gran empresario. Tenés una inteligencia natural absoluta".

El actor lo dice con el mismo entusiasmo y humor con el que cuenta su anécdota con Sorrentino, gracias a la cual terminó siendo un Maradona de más años y más entrado en kilos que el de su colega. "Al principio creí que mi representante me estaba haciendo una broma. Estaba filmando en Salta la película Lo que no se perdona. Me llama mi representante y me dice te va a llamar Sorrentino porque quiere hablar con vos por skype". ¿Sorrentino, el que ganó el Oscar?, le digo, ¿y qué quiere hacer?. Una película?, me responde, se va a llamar La juventud, y vas a trabajar con Michael Caine, Harvey Keitel, Jane Fonda, Rachel Weisz, Paul Dano…. Le contesto noooo, con esa gentuza ni en pedo. Me estaba bañando y suena el skype. Salgo en toalla y veo a Sorrentino. ¡Hola, come stai? Tutto bene?. Me pregunta ¿puedo ver tu cuerpo?. Suelto el toallón, me voy para atrás y me paro con los brazos cruzados, bien maradoniano. Y del otro lado escucho ¡es Diego, es Diego!, a los gritos. Volví de filmar y mi hermana me estaba esperando con una valija para ir a Ezeiza para viajar a Suiza dos meses".

Una historia con final feliz, no como la experiencia que vivió con Francis Ford Coppola, que lo convocó para filmar Tetro en Argentina. "Soñé toda mi vida con que me llamara Coppola, mataba por filmar con él. Y después casi lo mato (risas). Me hace un casting, me elige para otro personaje… pero ahí había una viveza criolla, quería trabajar por dos pesos. El cholulaje argentino, con tal de trabajar con Coppola, mataba o pagaba. Yo no pagaba, pagame vos a mí de tu producción, es mi profesión, respetamela", relata con convicción.

La misma convicción que exhibe Abel cuando dice que no tiene sueños profesionales porque prefiere vivir el momento y sorprenderse con lo que va surgiendo. "No miro ni muy para atrás, ni muy para adelante. Voy resolviendo con lo que va pasando".

Así, entre los puntos de contacto y las visiones que los separan, los dos actores se entregan ahora a una obra que piensan no será una más de sus carreras. "La dificultad de El Búfalo Americano nos hizo crecer ensayo a ensayo. Hoy aprendí tal cosa, ayer aprendí tal otra o me fui enojado porque hoy no aprendí nada", sintetiza Roly ante la mirada aprobatoria de Abel. Junto a Claudio Rissi vienen redondeando un gran año en el que esta obra puede perfectamente transformarse en un justo broche de oro.

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