CON ALAN SABBAGH, UN ACTOR QUE GANA PANTALLA

"No busco ser original"

Cuando no actúa Alan Sabbagh atiende el negocio familiar en el que cumple un horario. Ahora mismo, se perdió el estreno de El candidato porque viajó a China para comprar mercadería. Antes de partir, terminó el rodaje de El jardín de bronce, la serie que Pol-ka realiza junto a HBO.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Alan Sabbagh

Cuando no actúa Alan Sabbagh atiende el negocio familiar en el que cumple un horario. Ahora mismo, se perdió el estreno de El candidato porque viajó a China para comprar mercadería. Antes de partir, terminó el rodaje de El jardín de bronce, la serie que Pol-ka realiza junto a HBO.
Se presenta como un intérprete popular, de origen judío y raíces sirias. Aunque su rostro se asocia con varios personajes secundarios de la televisión (como Marito en Graduados), poco a poco gana un lugar en el cine. Este año protagonizó El rey del Once, La última fiesta y es uno de los aliados de Daniel Hendler en su segunda película: una comedia de suspenso que ya está en cartelera.

—Estás rodando para la serie de HBO El jardín de bronce, ¿qué podés adelantar?
—Es un policial que consta de ocho capítulos y estamos grabando "a libro abierto", es decir que todo mezclado. A mí me tocaron poquitas escenas, son cuatro días de rodaje nada más pero es todo muy intenso.

—¿Qué tal es tu personaje?

—Es el amigo del protagonista, Fabián (interpretado por Joaquín Furriel). Mi personaje es uno de esos amigos que van hasta el final, y lo acompaña durante la investigación para resolver el misterio de la desaparición de su hija.

—¿Cómo te sentís en un registro más oscuro que los que han tocado hasta ahora?

—Este es un personaje de esos que nunca hice y me gusta mucho. Me encantaría meterme más en el drama.

—¿Te parece que la comedia te ha ido calzando mejor?

—No, a mí me da lo mismo: no tengo un lugar de comodidad. Es decir, puede ser que me salga más cómodo hacer comedia, pero quiero también salirme de ese espacio.

—Así y todo nunca apelás a la comedia más evidente: sos el tipo serio que hace reír.

—Esa es una interpretación del humor que fui buscando. Me gusta hacerlo así, porque me gusta ver e inspirarme con las cosas que vi durante mis primeros años como espectador, cuando era niño. Es el tipo de humor que me gusta hacer y el que me gusta ver. Yo no busco ser original, pero no quiero repetir las fórmulas de otros actores. Intento salirme de los lugares comunes del humor.

—¿Y cómo se consigue?

—Diciendo las cosas de otra manera, agarrándolas desde otro lado, levantando al personaje desde otro costado distinto al evidente.

—El jueves se estrenó El candidato, película en la que tenés un personaje. Es curioso el tono entre comedia y suspenso que se maneja desde las actuaciones, ¿cómo lo llevaste?

—El candidato es una de esas películas en las que te entregás por completo al director y no sabés que estás haciendo, solo respondés a lo que te pide. Yo me entregué al resultado, que en este caso eligiera Daniel Hendler, y eso requiere confiar y yo confió plenamente en él. Me parece un director con un criterio muy interesante y un actor que a mí me encanta.

—¿Cuándo se conocieron?

—Trabajando en Mi primera boda (Ariel Winograd, 2011) y luego en la tira Graduados, y un tiempo después me propuso El candidato. Fue complicado porque acababa de ser padre y me planteaba un rodaje en otro país y lejos de la capital, en una estancia. Era estar 20 días en un pueblo que no conocía, quedándome allá. Dudé, pero ahora te puedo decir que fue uno de los rodajes más felices que tuve.

—¿Cómo es ser dirigido por un actor?

—Fue la primera vez que me pasó y noté que Daniel es muy distinto como director que como actor. Aunque mantiene algún rasgo en común, como director tiene una idea muy clara, y es muy puntilloso y muy obsesivo con eso y con sus ganas de que lleguemos al punto justo. Es un tipo que puede repetir infinitamente una toma hasta conseguir exactamente lo que quiere. A mí eso me encanta porque es nada menos que laburo, y me fascina laburar.

—¿Preferís ese tipo de rodaje más concentrado y dedicado al resultado plano a plano?

—Depende del tipo de película, hay algunas en las que está bueno tener más libertad y otras en las que necesitás que te guíen como en esta, en la que yo no sabía ni para qué lado iba la cabeza de Daniel.

—Dos semanas atrás estrenaste La última fiesta, que se presentó como una comedia alocada...

—Esa es una de las películas donde hay más libertad para actuar, más improvisación, más búsqueda de remate para el humor: esa es otra rama de mi interpretación.

—¿Qué costumbres tenés para preparar los personajes?

—Mirá, aunque parezca medio loco yo trabajo mucho cuando manejo, solo, de un mandado a otro. Pienso cómo es el personaje, cómo habla, cómo dice y hablo solo en el auto, me imagino cómo hacerlo, cómo interactúa con los otros. Los voy probando en voz alta y eso lo llevo a mi casa y ahí decido qué es lo que voy a proponer. Por ejemplo, en El rey del Once (Daniel Burman, 2016) hablaba más con la mirada que con las palabras, traté de mostrar eso: que es un tipo que piensa más que decir, que es un tipo al que le pasaban muchas cosas por la cabeza al reencontrarse con su pasado.

—¿Cómo estudiás los diálogos?

—Los memorizo de una noche para el otro día. Soy un tipo de buena memoria, por suerte.

—Tenés un pie en el espectáculo y otra afuera, ¿cómo es eso?

—Sí, formo parte de un negocio familiar de iluminación. Trabajo todos los días en el local atendiendo al público y comprando mercadería. Eso me pone contento porque me permite no apurarme con mi carrera de actor y equivocarme menos.

—Debe ser curioso para los clientes entrar y ver a una cara conocida de la televisión del otro lado del mostrador.

—Para ellos es divertido. Yo muchas veces me hago el tonto y les digo que están equivocados. Este es un mundo completamente distinto y me permite tener un contacto sincero con la realidad laboral del país, y eso me gusta porque el mundo del espectáculo muchas veces te termina metiendo en una burbuja.

—Ese contacto con gente de distinto tipo, ¿te inspira para sacar ideas?

—Sinceramente no sé si es una ventaja, pero me gusta la coetaneidad de las cosas, ver lo que pasa en la calle, lo que pasa de verdad: yo trabajo en el centro porteño, al lado de donde hay cortes, protestas, buenas noticias, pero también hay muchas quejas, tránsito... Tengo un contacto privilegiado con la realidad. Si fuese solo actor estaría en un barrio, en mi casa, encerrado. En realidad no estoy seguro de que sea una ventaja porque hay excelentes actores que solo se dedican a actuar y les sale perfecto, otros que tienen un restaurante, otros que diseñan ropa. Pero a mí me tocó esto y trato de aprovechar la libertad que me da para elegir lo que muestro como actor.

—¿Cómo te llegan los trabajos?

—Trabajo con un manager, pero la mayoría de las propuestas me las presentan directamente productores o directores, o colegas, y ahí veo si me gusta y si me interesa.

—Dijiste que te cuesta verte, salvo cuando fuiste a ver El rey del Once y pudiste ser un espectador.

—Me sigue dando vergüenza porque soy tímido en ese sentido. Cuando voy a un estreno me retuerzo en la butaca y le rompo la mano a mi mujer porque cada vez que aparezco en la pantalla se la apretó fortísimo. Todavía me cuesta relajarme y mirarme así nomás.

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