ENTREVISTA

Aureliano Folle: Hombre de mundo

Hay uruguayos instalados en sitios donde el sol aparece esporádicamente, otros en lugares donde deben olvidar su “viveza criolla” y pagar el ticket del metro aunque sepan que difícilmente los controlen, otros que salieron en busca de refugio en el marco de un dramático exilio. Tras esos testimonios parte Nano Folle en un nuevo programa con sello propio.

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Nano Folle. Foto: Francisco Flores

—¿Qué se propone Uruguayos por el mundo, el ciclo que estrenás en breve en Canal 10?

—La idea es encontrar a los uruguayos que están por todas partes, conocer esos lugares a través de sus ojos y al mismo tiempo hablar de sus historias: ¿Por qué se fueron?, ¿qué pasaba en su vida?, ¿cómo ven al Uruguay desde allá? Cada programa es una ciudad mirada por esos uruguayos que son muy distintos: un contador, un boxeador, un pastelero, uno que se enamoró y se fue detrás de una mujer. Buscamos uruguayos insertos, con trabajo y la vida hecha.

—¿Cómo fueron los encuentros con ellos?

—Nos llevamos la sorpresa de la emoción de cada uno de ellos al recibir un programa uruguayo. Ellos están adaptados en sus lugares viviendo y de repente encuentran en el diálogo una conexión con Uruguay que es imponente. Cuando nos despedíamos era muy impactante. Nos habíamos metido en la vida de alguien y le habíamos tomado un pedazo de historia. Esa persona se había emocionado al hablar de lo que dejó, y después "chau" y afuera, vuelve a su rutina. Hubo un periodista que trabaja en una radio y al final de la nota se quebró. Cuando nos despedimos le pedí disculpas y me apretó fuerte el brazo y me dijo: 'al revés, no sabés lo que necesitaba hacer esto'. El tipo te regala una emoción que es un llanto, una emoción pura que uno se trae encima de la piel.

Nano en Londres junto a su productor Ignacio Varela y el camarógrafo y realizador Milton Dujó.
Nano en Londres junto a su productor Ignacio Varela y el camarógrafo y realizador Milton Dujó.

—¿Es cierto, como dicen, que hay un uruguayo en cada parte del mundo?

—Yo creo que es verdad. Cada lugar en el que hemos puesto el ojo aparece un yorugua y con una historia interesantísima detrás. Y a todos, aunque estén bien donde están, los rascás un poquito y les aparece la celeste, el "bo", el Río de la Plata. Escuchan "Uruguay" y se ponen de pie. Lo que más extrañan es esa cosa nuestra de "hacé un mate que voy para ahí". Esa cercanía de "tomamos una".

—¿Te retrotrajo a tiempos de tu juventud en los que viviste afuera?

—Sí, incluso me pasó algo muy particular. Iba caminando por Londres, donde yo había trabajado en una empresa, y pensaba "no la voy a encontrar" porque no me acordaba ni dónde era. En un momento del viaje vi el logo de la empresa, y reconocí que era el mismo lugar. Entré y la disposición del lugar era la misma que cuando trabajaba yo. Me reencontré con ese sitio y fue un momento muy emotivo.

—¿Qué tan difícil es irse a vivir a otro país?

—Es solamente tomar un avión. Lo que no es fácil es quedarse. Cuando te quedás hay un montón de ventanitas que se van cerrando lentamente. Empezás a olvidar y a tener menos contacto. Aquel sobrinito que tenía 4 años de repente tiene 18 y se crió sin vos y no sabe: "tengo un tío por allá que a veces me manda un mensaje". La vieja que era veterana cuando te fuiste es una anciana cuando volvés. Capaz que tenés que volver para internarla o para despedirla. Uno congela el mundo el día que se va pero el mundo sigue y las cosas siguen pasando. Hay un trastorno del tiempo para quien se va. También es muy difícil adaptarse: convertirse de a poco en un sueco, un inglés, un ruso y no ser un sudaca resentido. Ser consciente de que uno está ahí entonces tiene que hablar ruso y hablarlo bien. Lo primero es el idioma, que hay que hablarlo de igual a igual, y después tomar las costumbres que son totalmente distintas.

—¿Cómo hacés para lograr esa empatía particular tanto con un uruguayo que vive en el exterior como con víctimas de delitos, asesinos o figuras públicas que entrevistaste en otros ciclos?

—Yo pido unos minutos con la persona antes de grabar y me hago ver. Que me miren y vean con qué vengo y a qué vengo. Ahí tienen la pelota en su cancha y ellos pueden decidir "yo no quiero esto", o "sí, yo quiero esto". A partir de que se genera esa relación, la conversación va transcurriendo y empieza la emoción. Después está en uno respetar la emoción que surge o aprovecharse de alguien que está en ese estado para revolcarlo. Hay que respetar a quien está abierto a la emoción y no robarle lo que capaz que no quiere entregar.

—¿Es difícil no caer en esa tentación?

—Es muy difícil, es parte de la ética de nuestro trabajo. Hay que hacer un esfuerzo interior para darse cuenta. Capaz que con un pequeño empujón partís al medio al tipo que tenés adelante. ¿Pero qué ganás?, ¿qué gana esa persona?, ¿qué gana el televidente? Yo no creo en que se gane mucho aprovechándose de esa situación, se gana cuando honestamente el tipo te lo da. Es muy complejo, juega mucho la intuición y juega mucho lo que no querrías que te hicieran a vos si estuvieras ahí.

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—¿Alguna vez te involucraste de más en alguna de las historias que presentaste en tus programas?

—No porque sé que no puedo. No es mi asunto, no es mi problema. Mi asunto es lograr que esa persona pueda decir algo que interese. Y hasta ahí llego yo. Es una línea invisible, que si pisás después no podés sacar el pie porque explota. Hay que estar muy atento y ver dónde uno pisa.

—Has trabajado sobre casos muy delicados en los que un error mínimo puede resultar grave, ¿los has tenido?

—Por suerte los errores que tuve fueron leves, al principio, y perdonables en mi carrera como cronista policial. De los primeros errores uno aprende rápidamente. Uno es humano, y ocurre que se convence de una cosa y por eso se equivoca. En un caso complicado la verdad no está a la vista, y el error se comete cuando uno piensa que sabe lo que pasa. Hay que permitir que la verdad vaya surgiendo sola y no creer que uno la sabe. Es difícil tener esa humildad y preguntarse: ¿estás totalmente seguro? Si no lo estás, no lo digas. La noticia es noticia si es verdad, sino es un fiasco. También es importante entender que el dolor ante situaciones delicadas siempre es profundísimo, y uno no tiene derecho a producir más dolor sólo porque su trabajo sea cubrirlo.

SABER MÁS

Nano y la entrevista

"La entrevista es un género que me gusta mucho: es un momento mágico de cruce de miradas", define Folle sobre el rubro que convirtió en su especialidad. Luego de Víctimas y victimarios, Historias de cárcel y Retrato Hablado, el periodista vuelve a buscar emotivos testimonios en su nuevo ciclo propio, Uruguayos por el mundo. Recorrió Ginebra, Berlín, Amsterdam, Londres, Moscú, Copenhague, Malmo, entre otras ciudades para dialogar con compatriotas con una historia de vida para contar.

—Hace tres años, Eunice Castro te acusó al aire de haber mentido en tu investigación sobre el caso de Jorginho Gularte. ¿Cómo tomaste el planteo?

—No era una discusión que pudiera aportar algo y la evité. Está claro que lo de Jorginho Gularte fue un crimen porque después de aquel programa se reabrió el caso y nosotros comprobamos con una pericia que fue golpeado contra lo que parecía una mesada de un baño sistemáticamente, eran golpes que no se pueden producir por la caída de una escalera. Ella se confundió. Ella tiene ahí un sentimiento y los sentimientos no se discuten, se sienten. Había habido un entrevistado en mi programa que había dicho algo que a ella le había molestado y entonces me acusó a mí de decir una mentira. Pero hay que probar que es mentira. Yo me encargo de hacer crónicas policiales, que precisan pruebas. Si no lo podés probar, es mejor no decirlo. Cuando yo hice el programa sobre el caso la busqué y ella nunca quiso hablar. La oportunidad de decirlo la tuvo. Ocho años después me lo planteó al aire y el asunto me pareció traído de los pelos. Lo acepté, me callé la boca y me lo fumé. Ella estaba muy nerviosa. Yo le podría haber negado lo que ella estaba diciendo y haber generado un escándalo. Pero no me gusta, preferí callar. No es changa que te increpen al aire como si hubieras mentido. Después hablamos y le di mi versión, y ella lo entendió.

—Te has hecho fama de un tipo muy querido entre colegas en un medio que se dice que es competitivo, ¿cómo es el vínculo con otros periodistas?

—Yo me doy cuenta de que hay estima. Soy una persona que trata ir siempre de frente en un laburo complejo en el que muchas veces hay que pelear con algunos dinosaurios. Pero para mí no hay competencia entre periodistas, me gusta llamar a un colega cuando hace algo que está bueno. Es algo que aprendí de un veterano que un día me llamó para felicitarme. Y me divierto mucho con mis colegas. Tenemos un grupo de Whatsapp en el que hay varios periodistas de la calle, se llama "tentados". Ahí hago chistes y nos reímos. También tengo amigos íntimos y amigas que me hice en la carrera.

—Has contado que fuiste intervenido de un tumor, ¿cómo estás ahora de salud?

—Durante las grabaciones del programa los maté caminando a estos dos pend... de 38 y 42 años (sus compañeros). Ellos pedían para descansar y yo quería seguir caminando, eso es una muestra de cómo está uno físicamente.

—¿Dejaste de fumar?

—No, dejé dos veces y volví. Siempre hay planes de dejar. Debería porque fumo desde los 11 y tengo 59.

—Al incio contabas que le preguntaste a tus entrevistados en el exterior cómo ven a Uruguay desde allá. ¿Cómo estás viendo vos el Uruguay desde acá?

—Uruguay está en un momento de cambios saludables. Todas las cartas están sobre la mesa por primera vez en muchos años. Todos estuvieron, todos se equivocaron y ahora nos tenemos que preguntar qué hacemos. Es un buen momento político y filosófico en el que hay que recurrir más a los pensadores que a los políticos, más a los preparados que a los improvisados y más a los que pueden dejar algo que a los que se lo pueden llevar. Los viejos líderes políticos sufren porque no han logrado formar gente atrás que esté a la altura como para sucederlos, pero es algo que también pasa en todos los ámbitos como con los periodistas, los profesores, etc. Es un momento crítico y mágico. Va a haber que pelearla.

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