ROSARIO VIÑOLY

Arte en el rostro de Momo

Ya estaba en televisión y teatro cuando ingresó al mundo del Carnaval y tuvo que dar varias explicaciones porque “no estaba bien visto”, según Rosario Viñoly.

Rosario Viñoly
La maquilladora tiene varios primeros premios en su haber. 

Entró con el pie derecho: consiguió el primer premio con parodistas Walkers en 1983, y empezaron a llamarla “la uno”. Cuando se metió en el mundo de Momo estaba todo por hacer en su área y logró que el maquillaje se mirara con otros ojos, tanto que empezó a puntuarse en el concurso. En 1986 aterrizó en Saltimbanquis y los murguistas la miraron raro cuando los obligó a ir al club cinco horas antes del Teatro de Verano para maquillarse. Dos décadas después volvió a trabajar con la murga de “Cachete” Espert.

Su madre le regalaba muñecas pero a Rosario Viñoly no le gustaban. Prefería andar con "las patitas en el piso y los pelos alborotados" jugando en la calle con la barra de amigos de su hermano. La manualidad siempre estuvo presente en su rutina. Una de sus actividades predilectas era sentarse en una mesita que su padre le armaba en el jardín y dibujar sin parar toda la tarde.

Empezó a maquillarse a sí misma a los 13 años y fue una adelantada por que en su época no se permitía que las jovencitas lo hicieran antes de los 15. Le gustaba verse mona pero no le daba placer maquillar a otros. Fue artesana durante diez años: hacía juguetes y otros implementos decorativos en madera para dormitorios infantiles.

Egresó de dibujo publicitario en la escuela Pedro Figari, se empleó y al mes la echaron. "El curso me había fascinado pero en la aplicación fallé". Estaba desesperada buscando qué hacer hasta que pasó por la UTU de belleza, le hablaron del curso de maquillaje integral, y entró para probar. Un día, decidió que no iría más: no lo disfrutaba y sentía que no tenía talento. Pero sus compañeras la llamaron diciéndole que la extrañaban, le insistieron para que retomara por el grupo humano y eso bastó para convencerla. "En algún momento hice un maquillaje que me gustó, no recuerdo cuál era, pero tenía algo de fantasía. Ahí sentí que reflejaba cosas y descubrí que me abrazaba a la profesión para siempre".

Hace 35 años su nombre se convirtió en una marca sinónimo de calidad y excelencia. Ha maquillado para ópera, teatro, televisión, comerciales y Carnaval. Pero ella se siente más docente que maquilladora.

—Hoy la gente te googlea y sabe quién sos pero antes las alumnas me miraban como diciendo, "no puede ser". La idea de una maquilladora famosa es absolutamente opuesta a mi imagen y en general me lo cuentan: "Yo creía que eras alta, rubia, operada, con tacos". Sin embargo, soy una mujer trabajadora de la imagen pero con mi propio formato de cuerpo.

De cero.

Llegó al Carnaval convocada por parodistas Los Walkers en 1983. Tenía miedo con qué podría encontrarse así que le pidió a un primo que la acompañara. En ese grupo técnico coincidió con Guma Zorrilla, hermana de China, y vio que el ambiente no era para asustarse. "No hay nada más inclusivo que nuestro Carnaval y es desde siempre, no de ahora", opina. Rosario Viñoly ya estaba en televisión y teatro en ese entonces y tuvo que dar explicaciones en sus otros trabajos porque el Carnaval "estaba mal visto y lo sigue estando".

Cuando llegó estaba todo por hacer en materia de maquillaje y tuvo la oportunidad de marcar la cancha y realizar el cambio. Se maquillaban ellos mismos o lo hacían sus novias o madres con los productos que sacaban de la cartera. No había nada establecido y Rosario aterrizó de forma "muy inocente, haciendo lo que me parecía. La murga era un coro que necesitaba verse de lejos como masa, y los personajes tenían que estar más libres de maquillaje para poder actuar. Comprendí que los parodistas no podían tener toda la cara negra": algunas de las conclusiones que sacó. Empezó a usar materiales novedosos, como el pancake blanco, que hoy es un clásico en la fiesta de Momo, pero en los ochenta no existía. Rosario le encargó por carta a la hermana de una amiga que estudiaba en Europa que le buscara este producto. "Todo eso hizo que la gente mirara con otros ojos el maquillaje y hasta que se tuviera en cuenta en la puntuación porque antes no existía como rubro".

La primera murga a la que maquilló fue a Los Saltimbanquis en 1986, y continuó con ellos hasta 1998, que fue el último año que salieron. Su marido era arreglador del conjunto de la familia Espert y por eso la convocaron. Rosario tenía 20 y pocos años y "era todo un reto estar entre tanto hombre grande. Cuando les hablé por primera vez de ir varias horas antes del Teatro de Verano para maquillarse me miraron con odio. Que una mujer los llamara con un poco de prepo no existía".

Ella no viajaba en la bañadera con los 17 componentes, iba en un auto con un maletín. Hacía su trabajo en los clubes de ensayo bajo techo de chapa y con 35 grados. "Dominarlos era terrible porque se iban a la cantina. Mantener una disciplina era difícil pero lo logré y llegaron a quererme mucho".

Veinte años después, la historia cambió y Rosario prefiere maquillar a todos los Saltimbanquis en su atelier. "Es como una invasión pero los tengo a todos acá concentrados en un salón con aire acondicionado y puedo manejar mejor los tiempos. Igual ellos hoy están más habituados".

Los cita a las 14:00 horas y permanecen hasta las 22:30, hora en que parten al Ramón Collazo. En los ochenta podía terminar de acomodar algún rostro minutos antes de que se abriera el telón, pero hoy elige no trabajar de forma desesperada porque en vez de disfrutar esa adrenalina, la padece.

En sus primeras épocas maquillaba con una sola asistente, hoy trabaja junto a tres colegas y dos alumnas de artístico que "me entienden la cabeza. Tengo que salir yo con los primeros trazos por mí y para ellos. Por más que me base en un dibujo, cada modelado del rostro es diferente y cada trazo también así que siempre están a la espera de ver cómo lo hago yo y a partir de ahí seguimos. No me gusta ensayar. Es mejor la expansión de la vibración que surge en el momento".

Momentos.

Su profesión base es el maquillaje pero cada tanto y de forma salteada también diseña la ropa. "Para quienes tenemos facilidad para dibujar nos van pidiendo consejos sobre un trazo y después te dicen, por favor, haceme todo el vestuario". En este retorno de Saltimbanquis, Rosario quiso conservar esa cuestión "ampulosa y con mucho brillo" que caracteriza a esta murga pero también cierto refinamiento. Mantuvo el rojo y el blanco, colores típicos del conjunto, e integró el plata como neutro. "Carnaval está muy recargado de pasiones, amores, desamores, odios. Y me parecía que las cortes lo representaban bien", explicó sobre la elección del atuendo.

—¿Qué cosas son infaltables en un buen maquillaje de murga?

—La expresión tiene que existir. Defiendo mucho la diferencia entre una cara y otra. En este caso, si bien todos tenían que pertenecer a esa corte y debía estar generalizado, le busqué a cada uno su expresión en las cejas, bigotes y bocas.

No guarda muchas fotos de sus trabajos y no se arrepiente. "El maquillaje es efímero, se tiene que ir, te tiene que quedar grabada la imagen, que siempre es mejor. El maquillaje está para que la gente lo disfrute, se impresione y quede en sus mentes. A veces me hablan de trabajos que no recuerdo. Incluso se me confunden los años". Pero hay un par de situaciones que recuerda de forma especial. Una vez le modificó el maquillaje a Pendota en apenas un minuto mientras lo cambiaban para hacer la parodia de Nosferatu con Los Gabys, y si bien no le salió perfecto, zafó porque conservaba la expresión buscada. En otra ocasión la llamó el partenaire de Martha Gularte para que la maquillara el día que le tocaba concursar en el Teatro de Verano y Rosario recuerda que fue a su casa y la trató como "una gran dama". Sabía que estaba frente a un ícono, y aunque "no le pude hacer demasiadas cosas, me quedó grabado el momento que viví".

La uno.

Entró con el pie derecho al conseguir el primer premio con Los Walkers y eso la marcó. "En Carnaval hay mucho de superstición y cábalas. En los ochenta y noventa hubo un modismo de que eras el o la uno en tal o cual cosa, y a mí me dijeron "la uno" durante mucho tiempo por la admiración que sentían hacia mi trabajo".

—¿Cómo festejaste esos primeros premios?

—Mis festejos son lejos de donde está el público. A veces voy a los fallos pero me alejo bastante y hago algo más de introspección porque no me gusta demostrarlo, soy muy tímida. Es una presión que me supera y me cansa un poco. Es muy interior el festejo, aunque cuando pasa algún componente de casualidad por supuesto que tengo el abrazo de ellos.

—¿Desde dónde mirás los espectáculos?

—Subo al escenario para ver bien de cerca cómo queda. Es raro lo que me pasa: no me puedo soltar de ellos. Y este año, además, como hice el vestuario estuve hasta el último segundo queriendo atrapar todo pero es imposible. Bajo a último momento y trato de verlo desde la mitad de la platea para tener una mejor perspectiva. Pero esta vez era tanta la gente en todas las ruedas que quedé en primera fila. Por la mitad del espectáculo dije, "quiero ver" porque hasta ese momento no podía mirar ni prestar atención a nada.

—Trabajaste con los Patos Cabreros, luego te fueron a buscar de Contrafarsa y en 2013 llegaste a Asaltantes con Patente de la mano del Chino Recoba y Rafa Perrone. Incluso terminaste saliendo en el documental Jugadores con Patente (2013), ¿cómo fue verte en la pantalla grande?

—Me vi a mí misma en el final. Siempre estoy tratando de mantener cierta corrección para el afuera porque doy clases pero mi forma de ser cuando estoy entre varones es como aquella niña que jugaba con ellos: me río, me encantan las bromas, aunque los acoto mucho en los chistes y el lenguaje (no les permite decir malas palabras). Pero me gusta mucho actuar con ellos y en el final de ese documental captaron unas imágenes bajo juramente de que no las iban a sacar y estábamos jugando como lo hacemos siempre.

—¿Qué escuchas en esas previas al Teatro de Verano?, ¿de qué hablan los murguistas?

—Escucho de todo. Las mujeres creemos que los hombres no buscan el amor como nosotras, que no aman tanto o no se hacen las mismas preguntas y sin embargo, sé que no es así. Con ellos tengo un vínculo más de hermandad y descubro con asombro hasta hoy que tienen sentimientos y preguntas casi como de niños. Buscan respuestas en mí sobre cuestiones del amor y la vida quizá como mujer ya adulta que soy.

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