EN EL MEDIO RURAL

Vivir en la escuela: la historia de los niños que todavía estudian en internados

Hay 154 niños que estudian en internados y se quedan a dormir allí. Estas instituciones funcionan en el interior y acogen a alumnos de entre tres y 12 años en la semana. ¿Cómo es vivir en la escuela?

Apertura que pasa
Hay 17 estudiantes en el internado rural de Flores. Foto: Fernando Ponzetto

A Gabriela no le gustan las noches de tormenta en la escuela. El ruido de los truenos que caen en el medio del campo y la lluvia golpeando contra el techo de chapa le asustan, por lo que se cubre la cara con la frazada y logra sentirse mejor. Si tiene mucho pero mucho miedo, le pide a la maestra que se acueste un ratito con ella y le cante una canción. Esa es la única voz que le permite conciliar el sueño cuando llueve y está lejos de su casa.

Cuando siente temor, Gabriela extraña a sus padres. Le gustaría poder cambiarse de cama, como hacía antes, y dormirse abrazando a su mamá.

Esta niña es una de los 17 alumnos del internado rural ubicado a cuatro kilómetros de Trinidad, en Flores. Llegó allí hace tres años, cuando tenía ocho y cursaba segundo año. Ella fue afortunada, ya que no entró sola sino acompañada de sus hermanas: Pía, que cursa sexto, y Guadalupe, que está terminando primero.

Al igual que sus compañeros, Gabriela vive en la escuela de lunes a viernes. Por eso tiene una valija al lado de su cama, donde guarda en bolsas las cinco mudas de ropa que necesita. Después de bañarse, pone el conjunto sucio en una de ellas y abre la siguiente, que le preparó su madre durante el fin de semana. Así van pasando los días, hasta que el viernes a las 15:30 se toma el ómnibus que la devuelve a Durazno con sus padres.

Hay seis internados en todo el país, que albergan a 154 alumnos. Esta es una propuesta del Consejo de Educación Inicial y Primaria (CEIP) para las familias que no cuentan con una escuela a menos de 10 kilómetros. Además del que está en Flores, hay dos en Paysandú, uno en Artigas, otro en Río Negro y uno en Maldonado. Este último se incendió días atrás, por lo que las niñas que dormían allí fueron realojadas. Muchos uruguayos se enteraron entonces de su existencia, si bien fueron creados en 1894.

Limber Santos, director de Educación Rural de Primaria, explica que esta modalidad es una “solución” para que los niños no abandonen la escuela. Además, permite que los padres que trabajan no deban ocuparse de sus hijos de lunes a viernes, si bien las maestras están en contacto con ellos y los llaman cuando pasa algo. El servicio es gratuito y admite a niños de entre tres y 12 años.

“Se supone que los padres valoran que se les esté dando a sus hijos una propuesta bien distinta, que no se les da a otros niños del país, por la situación particular que están viviendo. Valoran que la educación pública haga un esfuerzo por el bienestar de sus hijos. Aunque cualquier padre, sobre todo de niños chicos, quiere estar con ellos y cuesta el desprendimiento. Es un proceso que les cuesta también a los niños”, sostiene.

Rap de bienvenida

Es miércoles y El País visita el internado. Los niños terminaron las clases a las 16, se sacaron las túnicas y ahora meriendan pan con mermelada en el comedor. La leche fue ordeñada más temprano, cuando uno de los auxiliares de servicio de la escuela se encargó del tambo. También tienen chanchos y una huerta que mantienen los alumnos, por lo que hace unos días probaron los rabanitos que ellos mismos plantaron.

bienvenidos
La Escuela N°5 fue inaugurada en 1894. Foto: Fernando Ponzetto

De a uno van contando sus nombres, sus edades y de qué pueblos llegaron. Algunos son más tímidos; meten la cabeza debajo de la mesa o se esconden detrás de la taza con chocolatada. Pero Jorge y Joel, dos alumnos de sexto, toman la posta y se encargan del ritual de bienvenida: escribir un rap para los visitantes.

Bienvenidos a la Escuela N°5, el internado rural / Siempre los vamos a querer y nunca los vamos a olvidar / Las puertas abiertas para ustedes siempre estarán / Les queremos agradecer por venir a este lugar.

Ahora los demás niños ya se animan a mostrar la escuela. Exhiben con orgullo las cartucheras, se sientan en los bancos y escriben en el pizarrón. Todos los niveles funcionan en un mismo salón, por lo que una maestra se encarga del “multigrado”. Así trabaja la mayoría de las escuelas rurales, ya que un solo docente les dicta clase a todos los estudiantes sin importar qué año estén cursando.

Claudia Paulino, directora de la escuela, afirma que hasta 2018 pudieron separar a los alumnos. Los de nivel inicial, primero, segundo y tercero trabajaban con una maestra, y el resto estaba con otra. Pero Primaria eliminó ese cargo durante las vacaciones y ahora están todos juntos.

“Hay contenidos que podemos trabajarlos con todos y vamos cambiando la profundidad según el nivel. Después hay otros, que son más específicos, que debemos dárselos solo a algunos alumnos. El problema es que ahora no podemos dedicarles todo el tiempo que les dedicábamos antes a los niños que tienen más dificultades”, explica.

Además de Paulino, en la escuela trabajan tres maestras. Soraya entra a las 7 y se encarga de los contenidos curriculares, por lo que cumple con el mismo programa que las demás instituciones. También está Lorena, quien entra a las 14 y está con los alumnos hasta las 22, cuando llega Mónica, la “maestra nochera”. Ella ingresa cuando los estudiantes ya están acostados y permanece en vela durante toda la noche por si ellos necesitan algo.

“Antes también había una auxiliar de servicio en la noche, pero ese cargo también se eliminó. Mónica queda sola y si necesita algo me llama a mí, por eso duermo con el celular prendido en la mesa de luz. También está la chacra policial cerca y sabemos que podemos recurrir a ellos si llegara a surgir alguna emergencia”, agrega la directora.

Luego de mostrar la escuela, los niños disfrutan del tiempo libre. Saben que están de recreo hasta las 19, cuando empiezan el baño y los últimos aprontes antes de cenar. Un grupo de varones organiza un partido de fútbol, otros se divierten en las hamacas y también hay niñas saltando en la rayuela. Alejandra, otra de las estudiantes, trae un juego de caja.

A pedido de las maestras, en esta institución no hay celulares. Antes los permitían, pero por “motivos de seguridad” fueron prohibidos. Paulino explica que tenían miedo de que los estudiantes se contactaran con extraños, por lo que las familias solo pueden llamar al teléfono fijo. El padre de Agustín, por ejemplo, se contacta todas las tardecitas.

Sin embargo, los adultos no tienen autorizado hablar con sus hijos durante la semana. Esta medida es para “evitar que los niños extrañen”, continúa la directora, ya que cuando se permitía a veces quedaban llorando al momento de cortar. Hay excepciones: están habilitadas las llamadas cuando hay un cumpleaños o un acontecimiento especial.

De hecho, Sofía y Milagros hablaron hoy con su mamá. Aranza, su hermana, fue operada días atrás y ambas están en un hospital en Montevideo. Por eso una de las maestras hizo una videollamada con la madre y les permitió a las niñas ponerse en contacto con sus familiares.

“Los padres saben que pueden hablar con la escuela todas las veces que quieran, saben que no molestan. Además, cuando los niños se sienten mal, llamamos a la emergencia médica y también nos comunicamos con las familias. Si el médico considera que deben hacer reposo, les pedimos que los pasen a buscar y se los lleven”, cuenta la directora.

Como en casa

A las 19 suena la campana. Los niños saben que es la hora del baño y empiezan a enfilar hacia “los pabellones”, donde están ubicados los dormitorios. No tienen permitido ir hacia esa zona durante el horario de clase, así que en la mañana se deben acordar de llevar lo que necesiten para la escuela.

Lorena es la maestra que se encarga del baño. Las niñas duermen separadas de los varones y decide empezar con ellas ya que hoy les toca lavarse el pelo. Las más grandes pasan primero, se higienizan y enseguida salen, porque debe quedar agua caliente para las demás. El olor a perfume dulce inunda el cuarto.

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Las niñas duermen separadas de los varones. Foto: Fernando Ponzetto

Luego les toca el turno a las más chiquitas, que necesitan ayuda. La maestra les lava el pelo y se encarga de que no dejen nada en el baño. Estas niñas también requieren asistencia para vestirse y peinarse, por lo que arman una fila para que la docente las termine de arreglar. Para evitar el contagio de piojos, las alumnas no tienen permitido prestarse los cepillos.

Entonces las niñas grandes se empiezan a mirar al espejo. Se fijan que las remeras combinen con los pantalones, que el pelo les haya quedado prolijo y se comparten el perfume. Algunas se ponen vinchas, otras se hacen dos colitas. “Parece que se estuvieran preparando para una fiesta”, bromea la maestra.

Cuando el primer cuarto queda pronto, Lorena va con los varones. Ellos son más grandes y en este caso no necesitan ayuda, pero ella igual permanece en la habitación por las dudas. Los niños se bañan rápido, se visten enseguida y a los pocos minutos están afuera. Entonces empieza a aflorar el olor a desodorante de hombre y a talco.

El baño lleva una hora y media. A medida que van terminando, los estudiantes salen de los cuartos y se quedan mirando dibujitos en un televisor de tubo. Las niñas no tienen permitido entrar al dormitorio de los varones y ellos tampoco pueden ir al de ellas, por lo que se van encontrando en el pasillo.

Cuando están todos prontos, la maestra les pide que vayan al comedor. Allí los recibe Romina, una auxiliar de servicio, que preparó pastel de carne y postre martín fierro. Dos niños se encargan de ser “meseros” durante las comidas, así que deben servir a sus compañeros y limpiar las mesas. Estos puestos se van rotando a diario para que se ocupen todos.

Soledad Pereyra, coordinadora de las escuelas rurales en Flores, dice que el modelo de internado les brinda “muchísima autonomía” a los estudiantes. “Nos pasa que vamos a las colonias y podemos identificar a los alumnos que estudian en los internados, porque tienen un montón de hábitos aprendidos. Son los primeros en lavarse los dientes, en juntar sus cosas, en armar la cama sin que nadie se los pida”, sostiene.

Según la docente, esa es la “principal virtud” que tienen los alumnos que asisten a estas escuelas. Sin embargo, reconoce que los lunes son “días difíciles”, ya que los niños fueron a sus casas durante el fin de semana y allí muchas veces “desaprenden” los hábitos que les enseñan en la institución: “Les cuesta unas horas volver a adaptarse a las reglas”, agrega.

A dormir

Después de cenar es hora de leer un cuento. La maestra elige El misterio de la vaca que hacía caca, de Roy Berocay, y una de las niñas se disfraza de la protagonista. Lorena explica que esa es la manera de “ir bajando las revoluciones” antes de dormir y los niños escuchan con atención la historia.

Pero a las 21:30 llega el momento de lavarse los dientes. Los estudiantes vuelven a sus dormitorios, toman los cepillos y pasan al baño. Ahora pueden cambiarse y ponerse el pijama, pero antes de meterse a la cama saludan con un beso a la maestra y a la directora. Cuando están todos acostados, ellas les apagan la luz.

Pereyra dice que estas maestras tienen un “corazón bien grande”. Si bien reconoce que todos los docentes “le ponen mucho corazón a su tarea”, considera que en estos casos cumplen también el rol de madre. “Es la única manera de que los niños puedan sobrellevar la distancia con sus padres”, explica.

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Las clases son de 8 a 16 horas. Foto: Fernando Ponzetto

En tanto, el director de Educación Rural considera que es “un gran debe de Primaria” mejorar la formación que reciben estas maestras: “Implica un trabajo emocional por parte de los docentes, que van haciéndolo sobre la marcha. Creo que nosotros deberíamos pensar en algún tipo de formación concreta para que tengan más herramientas. Me parece que lo hacen de manera ejemplar, pero siempre a esfuerzo propio de los colectivos y no porque los estemos formando para eso”, subraya Santos.

Paulino, la directora de la escuela, explica que a muchos niños “les cuesta” la adaptación al internado. De hecho, un estudiante no pudo acostumbrarse a las reglas y les pidió a sus padres que lo cambiaran de institución. Aunque aclara: “Es cuestión de que pasen unos días para que agarren confianza. Después llega el viernes y muchos no se quieren ir”.

Ya con todos acostados, toca el cambio de maestras. Ahora es el turno de Mónica, quien entra a la escuela con su túnica puesta. Ella pasa por los cuartos, saluda a los estudiantes y les desea buenas noches. También accede a prender un poco el ventilador porque los alumnos se quejan del calor.

Recién una hora y cuarto después, la maestra logra que los niños se duerman. Pero el silencio se interrumpe a las 3 de la mañana, cuando Guadalupe se despierta con una pesadilla. Entonces Mónica se acuesta un ratito con ella, le canta y logra que se vuelva a dormir. A las 4 le da un antibiótico a Jorge y luego despierta a otro de los alumnos para que vaya al baño. También aprovecha que están todos dormidos y apaga los ventiladores.

El resto de la noche transcurre en paz, pero Mónica igual permanece despierta. Recién a las 7 llegan la maestra Soraya y Laura, otra auxiliar de servicio, quienes se encargarán de darles los buenos días a los estudiantes media hora después.

“¡Arriba, arriba!”, grita Laura. Con mucha pereza y pocas ganas, los niños se levantan de las camas y enseguida las tienden. Se visten, se peinan y salen camino a tomar el desayuno que les preparó Cristina, la cocinera de la mañana. A las 8 empiezan las clases.

Pereyra, la coordinadora de las escuelas rurales de Flores, hace hincapié en que el ambiente del internado “es muy sano”. Destaca que los estudiantes no utilicen celulares y que todas las actividades —incluso las que ocurren fuera del salón de clase— sean un aprendizaje.

Sin embargo, agrega: “El tema es qué pasa cuando egresan y por eso tenemos que lograr un equilibrio justo: no contaminarlos y a la vez prepararlos para cuando agarren la calle”.

Qué pasará cuando terminen es algo que ya no dependerá de las maestras. Ellas les brindan toda la contención y el cariño posibles, pero que los alumnos sigan estudiando y conserven los hábitos que allí aprendieron será responsabilidad de las familias.

EN AIGUÁ

Reconstruyen escuela incendiada

Un incendio destruyó por completo la Escuela N°15 de Aiguá, en Maldonado, el 6 de noviembre. Aquí también funciona un internado, por lo que 12 niñas perdieron todas sus pertenencias debido a las llamas.
El fuego no alcanzó a los estudiantes, ya que se encontraban en una salida didáctica con sus maestros y no estaban presentes en la institución cuando ocurrió el incendio.
Uno de los consejeros de Primaria, Héctor Florit, dijo ese día a Subrayado que trabajaban para realojar a los alumnos y que los cálculos iniciales indicaban que la reconstrucción costaría unos $ 6 millones.
“Se está buscando, a través de un trabajo de los inspectores y de los arquitectos, una escuela alternativa. Hay 12 niñas que pernoctan allí y hay otros cinco que son externos, que no se quedan a dormir. Se va a buscar que en este tiempo, de acá a fin de año, los niños puedan ir a una institución próxima. Hay un transporte de Primaria y esa distancia se podrá cubrir sin dificultades”, sostuvo entonces Florit.
A pedido de Primaria, otra escuela rural de la zona aceptó recibir a los estudiantes y las autoridades les brindaron allí un espacio a las niñas que se debían quedar a dormir.
A 10 días del incendio, el director de Educación Rural de Primaria, Limber Santos, explica que era “imposible” que estas estudiantes no tuvieran un lugar donde vivir. “No puede desaparecer el internado porque hay niñas en ese régimen. Y menos en esta etapa del año tan definitoria para todos los alumnos”, agrega.
Los internados funcionan como escuelas normales, por lo que las clases terminarán a mediados de diciembre. Entonces las niñas volverán con sus padres y las autoridades de Primaria tendrán tiempo para remodelar la institución que se incendió. Según Santos, esperan terminar la obra “a mediano plazo”, si bien todavía no está claro que el año próximo puedan dictar clases allí.
“El local provisorio tiene todas las condiciones estructurales y se le asignó mobiliario para habilitar ese internado. Ahora va a funcionar de la manera más normal posible, a la espera de lo que pase con el local siniestrado”, agrega.

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