¿UN RETORNO ANUNCIADO?

El violento regreso de los talibanes: casi 30 años de historia en el país de la guerra sin fin

De manera silenciosa, el grupo amplió su influencia en estos 20 años de intervención occidental en Afganistán. Ahora, buscan que otros países los reconozcan y entablar relaciones.

Centenares de afganos que lograron entrar en la rampa semiabierta de un avión de la Fuerza Aérea estadounidense. Foto: AFP
Centenares de afganos que lograron entrar en la rampa semiabierta de un avión de la Fuerza Aérea estadounidense. Foto: AFP

Afganistán ha sido el centro de la conversación desde el 15 de agosto, cuando los talibanes tomaron Kabul, la capital del país, luego de que Estados Unidos retirara definitivamente sus tropas y pusiera punto final a la guerra más larga de su historia. En cuanto se fueron, la escalada de violencia y expansión del talibán fue instantánea, a tal punto que el presidente, Ashraf Ghani, abandonó Kabul el mismo lunes con su familia y se refugió en los Emiratos Árabes Unidos.

El caos puso al país en la mira internacional. Los videos de cientos de civiles afganos colgándose de un avión que abandonaba la capital colmaron las redes sociales. Imágenes de mujeres con el burka indignaron a los de este lado del mundo, que después de 20 años volvemos a hablar de Afganistán. Mientras oímos un discurso “moderado”, el miedo se extiende en ese país, sobre todo entre los civiles que colaboraron con Occidente.

¿Cómo se llegó a esta situación? ¿Qué pasó durante estos 20 años de intervención? ¿Qué le depara a un país donde vuelve a gobernar el ala más radical, qué le depara a los civiles que quieren huir, a los opositores, a las mujeres?

Las incógnitas son inagotables. Para aproximarse a entender el conflicto hay que ir, como siempre, hacia atrás.

El talibán —la palabra podría traducirse de la lengua pastún como “estudiantes” (del Corán)— es un movimiento que surgió en 1994 en el sur del país, que integró en aquel entonces a jóvenes pastunes, la etnia mayoritaria en Afganistán. Liderados por el mulá Mohamed Omar, los talibanes se formaron en escuelas coránicas donde recibieron una educación islámica radical sunita bajo el amparo de Pakistán.

Los talibanes no tardaron en ganarse adeptos bajo la promesa de restaurar el orden, la calma y la unidad; valores ausentes durante los 15 años anteriores. ¿Qué había pasado?

Afganistán venía de una invasión soviética y una guerra civil. Entre 1979 y 1989 la Unión Soviética (URSS) invadió el país para apoyar al gobierno “progresista” que tenía en el poder en aquel momento, explica desde París el analista internacional Leonel Harari. Era un gobierno que había puesto a Estados Unidos “nervioso” ante la amenaza de la expansión comunista, en un contexto de Guerra Fría. Como era de esperarse, la potencia americana puso el ojo en Afganistán y así, entrenó a los muyahidines —que significa, literalmente, 'los que luchan en la guerra santa”, es decir, la yihad, palabra que en Occidente solemos simplificar como islámicos fundamentalistas—.​

“Con ayuda de la CIA y de la inteligencia pakistaní, Estados Unidos movilizó a la población en base a movimientos islámicos que estaban en contra del movimiento progresista en el poder”, explica Harari, que es uruguayo y da clases de Ciencia Política en Francia. “El gobierno procomunista pidió ayuda a los soviéticos, que se lo tomaron demasiado en serio e invadieron Afganistán a principio de los 80”, acota. “En cierto sentido, fue la Guerra Fría la que hizo más complicado el hecho de un desarrollo independiente de Afganistán con una experiencia de modernización frágil, porque tenía una gran oposición conservadora islamista”. Tras una década de guerra, los muyahidines derrotaron a las tropas soviéticas.

Pero el caos no terminó ahí: a Afganistán le esperaba una guerra civil.

“A partir del colapso de la URSS (en Afganistán), esos muyahidines empiezan a combatir entre sí, porque hay una puja por el poder político”, comenta Susana Mangana, profesora e investigadora de estudios árabes e islámicos y directora de la Cátedra del Islam y Mundo Árabe de la Universidad Católica del Uruguay. “Hay que comprender que Afganistán es un país dividido en etnias que muchas veces están enfrentadas, y que hay ‘señores de la guerra’ que luchan entre sí contra el poder central de Kabul”.

Entonces, en un país cansado de invasiones e inestabilidad, y bajo la promesa de restaurar el orden, los talibanes entran en escena a mediados de la década de 1990. El grupo entusiasmó a miles. Con ayuda de Pakistán, se hicieron del poder en el sur, y finalmente en setiembre de 1996 tomaron la capital afgana, expulsando al gobierno de los muyahidines controlado por Ahmad Shah Massoud.

El régimen talibán fue reconocido como gobierno únicamente por Arabia Saudita, Pakistán y Emiratos Árabes Unidos. Así fue como los talibanes gobernaron por primera vez. Así, también, empezó el tormento para los afganos: las violaciones a los derechos humanos que hoy tanto se teme que se repitan.

Combatientes talibanes alzan su bandera en un vehículo en Kabul. Foto: AFP
Combatientes talibanes alzan su bandera en un vehículo en Kabul. Foto: AFP

Los años del Talibán.

En ese momento empezó a aplicarse la sharia, lo que se traduce como “camino o senda” del islam.

Ana Laura Deleon, licenciada en Relaciones Internacionales e investigadora del Mundo Árabe y Medio Oriente, explica desde San Pablo: “Talibán surge bajo el estudio riguroso del islam radical que lleva a la aplicación de la sharia, es decir, del derecho islámico, como fuente de derecho para regular todos los aspectos de la vida de las personas. Esto significa que todos los aspectos de la vida deben de regirse bajo la estricta interpretación que el grupo le da a los textos sagrados del islam (el Corán, libro sagrado y la sunna, recopilación de dichos y actos del profeta Muhammad)”.

Con la aplicación de la sharia —la interpretación de los textos sagrados no es la misma para los musulmanes de todo el mundo—, la milicia integrista prohibió a las mujeres trabajar fuera de sus casas, les impuso el uso del burka y se cerraron las escuelas femeninas. A las mujeres que salían del hogar con la cara descubierta o acompañadas de un hombre soltero, se las castigaba. Se clausuraron los cines y se prohibió la música y el ajedrez. También se estableció la lapidación de los adúlteros, la pena capital en plaza pública, la amputación de manos a los ladrones, la flagelación a los homosexuales y la pena de muerte a los musulmanes afganos que se convirtieran a otra religión o invitaran a la conversión.

¿Cuánto del Corán hubo en las escalofriantes imposiciones del gobierno talibán? ¿Cuánto habrá ahora? Sobre este punto, Mangana advierte: “El movimiento talibán surge en escuelas coránicas, pero de ahí a que esté implementando el Corán a rajatabla, no. Esa es la lectura sesgada que se hace en medios de comunicación occidentales, sobre todo”.

“Lo que permitía la ley islámica no es otra cosa que tomar el control de todos los aspectos de la vida de las mujeres y dirigirlos hacia una lectura e interpretación de sus textos sagrados estricta, que, por otra parte, no solo alude a la religión sino también a la costumbre”, apunta DeLeon. “Antes de Talibán las mujeres tampoco tenían abundancia de derechos o pluralidad de libertades, porque se convive con las costumbres tribales que también colocan a las mujeres y niñas en un lugar de inferioridad frente al hombre”, dice.

Sin embargo, no fue la atroz violación de los derechos humanos lo que dio fin al régimen talibán en aquel momento, si bien las Naciones Unidas y la Comisión Europea los habían instado, sin éxito, a respetar las convenciones internacionales. Lo que los sacó del poder fue, al fin y al cabo, una nueva invasión; esta vez, por la simpatía de los talibanes con la organización terrorista Al Qaeda, a la que ofrecieron refugio.

Su fundador, Osama Bin Laden, se refugió en Afganistán con su familia tras haber dirigido una serie de ataques terroristas y empezar a ser buscado por varios países. Allí quedó bajo la protección del mulá Mohammad Omar —recordemos: el líder de los talibanes—.

Bin Laden tenía en su prontuario el atentado terrorista al World Trade Center de Nueva York en 1993, que dejó un saldo de seis muertos. En agosto de 1998, tras los atentados en las embajadas de Estados Unidos de Tanzania y Kenia —que cobraron 224 vidas—, el gobierno de Bill Clinton bombardeó supuestas bases terroristas de Al Qaeda que estaban en suelo afgano. Así, las sospechas internacionales de que Afganistán era base de Al Qaeda hizo considerar al país, cada vez con más fuerza, como una amenaza para Occidente.

En 1999, por ejemplo, el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) dio un ultimátum al régimen de los talibanes para que extraditara a Bin Laden bajo la amenaza de embargo aéreo y sanciones financieras, que finalmente entraron en vigor al cabo de un mes.

Pero, finalmente, fueron los atentados perpetrados por Al Qaeda en Nueva York y Washington el 11 de septiembre de 2001 lo que marcó el principio del fin de los talibanes. Estados Unidos lanzó un ultimátum a los talibanes para que entregaran a Bin Laden y a miembros de Al Qaeda, pero se resistieron. En octubre de ese año, el expresidente George W. Bush ordenó la intervención militar sobre Afganistán.

Osama Bin Laden. Foto: Reuters
Osama Bin Laden. Foto: Reuters

La caída del régimen fue rápida. En tres meses los talibanes perdieron el poder tras bombardeos estadounidenses en conjunto con ataques de un grupo afgano, la Alianza del Norte, conformada por aquellos antiguos muyahidines, que se habían ubicado en las montañas del norte del país y habían ofrecido resistencia al Talibán desde allí. Ahora eran aliados de las fuerzas internacionales que derrocaron al gobierno del mulá Omar, y fueron los que tomaron Kabul —con el respaldo de las fuerzas estadounidenses— cuando los talibanes huyeron.

Así, los líderes talibanes y los de Al Qaeda se esparcieron por el sur y el este del país, mientras otros se refugiaron en Pakistán, donde finalmente Estados Unidos encontró y asesinó a Bin Laden. Pero esa es otra historia.

Estos 20 años.

Entonces, sin la amenaza talibán al menos visible, ¿qué razón de ser tenía la intervención occidental? ¿Mantener a los talibanes al margen? ¿Imponer un modelo de gobierno democrático?

“Una Afganistán democrática va a servir a los intereses y las aspiraciones de todos los afganos y ayudará a asegurar que el terror nunca más se refugie en esta orgullosa nación. Esta nueva Constitución es un paso histórico hacia adelante, y continuaremos asistiendo al pueblo afgano mientras construyen un futuro próspero”, señaló Bush en una declaración en relación con la nueva Constitución que se adoptaría en Afganistán en 2004, según consta en los archivos de la Casa Blanca.

“En Afganistán, Estados Unidos y nuestros aliados están ayudando a construir calles, trenes y reconstruir escuelas (…). Los afganos van a acordar una Constitución de una libre y democrática Afganistán”, pronunció en mayo del año anterior. Efectivamente, se estableció una nueva Constitución y se allanó el terreno para elecciones presidenciales. Hamid Karzai fue el primero bajo la nueva norma, después le siguió Ghani.

El número de militares estadounidenses creció a medida que Washington invertía miles de millones de dólares para combatir la insurgencia talibán y financiar la “reconstrucción” del país. De acuerdo con el Departamento de Defensa de Estados Unidos, el gasto militar total en Afganistán (desde octubre de 2001 hasta septiembre de 2019) había alcanzado 778.000 millones de dólares. En 2011, llegó a haber 110.000 efectivos militares. El año pasado, quedaban apenas 4.000.

Por su parte, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) finalizó formalmente su misión de combate en diciembre de 2014, pero mantuvo 13.000 soldados para asistir en la capacitación de las fuerzas afganas y apoyar los operativos antiterroristas.

¿Qué tanto se hizo con todos estos recursos?

“Creo que occidente, la OTAN y Estados Unidos particularmente, no hicieron un esfuerzo en ganar la mente y los corazones del pueblo afgano, sino que intentaron poner un gobierno que hiciera lo que ellos querían. Al mismo tiempo, dejaron desarrollar la corrupción de una manera brutal”, señala el analista Harari. “Pasó lo mismo que en Vietnam del Sur: pusieron gobiernos totalmente desinteresados en gobernar, eran de la burguesía más occidental, y ese pueblo no siguió eso. El pueblo quiere seguir gente que les despierte confianza”, agrega. Y apunta que de todo el dinero que se destinó a Afganistán, “muy poco ha sido para construir; mucho para corromper”.

Si vamos a los datos, el Índice de Percepción de la Corrupción 2020 de la organización Transparency International situó al país en el puesto 165 de los 179 países analizados. Por otro lado, en 2019 Afganistán lanzó un informe —Índice de Pobreza Multidimensional de Afganistán— donde se detalla que un 51,7% de las personas en el país son pobres multidimensionales. Este nivel varía desde un mínimo del 12% en Kabul hasta un máximo del 81% en Baghdis, una provincia al noroeste del país.

Tierra fértil.

Cuando las impactantes imágenes del aeropuerto de Kabul recorrieron el mundo entero, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, hizo declaraciones contrarias a las intenciones del gobierno de Bush: “Nuestra misión en Afganistán nunca debió haber sido la construcción de una nación. Nunca se supuso que se estuviera creando una democracia unificada y centralizada”, señaló el pasado lunes. “Nuestro único interés nacional vital en Afganistán sigue siendo hoy lo que siempre ha sido: prevenir un ataque terrorista en la patria estadounidense", afirmó el mandatario. En el mismo discurso, reconoció que la toma del país por parte del Talibán sucedió “más rápido de lo previsto”, y defendió “por completo” su decisión de retirarse.

Para los analistas, esta escalada era una crónica anunciada. “Sorprende que se hagan los sorprendidos”, dice Harari.

Una de las claves en esta repentina toma de poder fue el Acuerdo de Doha firmado entre líderes talibanes y el expresidente norteamericano Donald Trump en febrero del año pasado en Catar. Allí, se fijó el calendario para la retirada definitiva de Estados Unidos y sus aliados. “Fue un acuerdo de retirada, no de negociación, no de acuerdos a futuro”, apunta Harari. “Los talibanes empiezan a poner condiciones y (Estados Unidos) las acepta a todas”. La primera, que el gobierno de Trump no negociara con Afganistán, sino directamente con el Talibán. “Esta condición es una locura, porque dejaron de lado a la clase política afgana, que dependía de Estados Unidos”, sostiene.

Por otro lado, el Talibán pidió la liberación de 5.000 prisioneros. “Era lo único que tenía como moneda de cambio el gobierno afgano para poder negociar algo. Pero en el acuerdo, se lo sacan. Y termina una retirada mal negociada, desordenada”, apunta Harari.

Más allá de los acuerdos formales y desde hacía varios años, el grupo radical crecía en el territorio.

“Todo grupo radicalizado tiene una fase militar, religiosa y social que se conoce en árabe como da’wa, que es hacer acción social. Levanto una escuela, comedores públicos, todo lo que un Estado que fracasó, que no funciona, no te da. De esa forma, amplío mi base social”, dice desde Israel Gabriel Ben-Tasgal, periodista argentino especializado en Medio Oriente. “Eso no desapareció con la caída del Talibán hace 20 años. El sentimiento de orgullo afgano siempre estuvo ligado a ‘nosotros somos capaces de expulsar a las potencias’”, señala. “Si a eso le sumás errores militares estadounidenses en el suelo afgano, civiles que murieron por errores o intencionalmente, se crea un clima en contra de la ocupación norteamericana. Todo eso podía prever que la toma de Kabul por el Talibán tan rápidamente fuera esperable”, sostiene.

Fotografías de modelos publicitarias en las calles de Kabul fueron vandalizadas. Foto: AFP
Fotografías de modelos publicitarias en las calles de Kabul fueron vandalizadas. Foto: AFP

De hecho, el Talibán no dejó de generar adeptos. “Muchas veces aterrorizaban a población local en las zonas rurales donde se encontraban, con lo cual ya conseguían que las personas quisieran cumplir con ellos para evitar represalias o castigos físicos”, dice Mangana.

Pero también pesa el sentimiento.

“Se les daba una oportunidad de estar en una organización estable, crecer en estatus y dignidad. Toda esa retórica pesada llega al corazón de los jóvenes afganos, acostumbrados a vivir en guerra, sin oportunidades de estudios, sin tener una certeza acerca de su futuro laboral. Pero una vez que ingresan al movimiento, empiezan a adquirir dignidad y estatus”, dice Mangana. Además, buena parte de su captación de milicianos o mercenarios es en base a pagar “mejores sueldos que los que han pagado las autoridades afganas que fueron puestas a dedo por las fuerzas de ocupación”, agrega la experta.

Por otro lado, los talibanes mantuvieron durante todos estos años el cultivo del opio. “Eso ha permitido que muchos agricultores puedan sacar adelante a sus familias, por el marco ilícito del tráfico de drogas”, dice Mangana.

“Hoy, Afganistán es la fábrica de opio y heroína del mundo y eso ha crecido frente a las narices de las fuerzas de ocupación”. Asimismo, ante la reconquista del país, la experta advierte que las fuerzas de seguridad afganas “no estaban bien formadas ni bien entrenadas, ni sobre todo con la moral alta” como para combatir. Ese es uno de los factores que explica la rápida caída del gobierno de Ghani apenas se retiró Estados Unidos.

Se espera gran flujo de refugiados

El pánico que se expande en todo el país puede resultar en una migración “desordenada”, sostiene el analista Leonel Harari. Y esta corriente compromete a Europa. Por un lado, son migrantes “que no podés dejar que se ahoguen en una lancha en el Mediterráneo”, dice, “porque son gente que ha colaborado con los ejércitos de la OTAN a las que se les debe. Choferes, secretarias, traductores, interpretes”. Además, este flujo migratorio podría ser un “problema” para los gobiernos: “El desprecio al extranjero y a la inmigración es parte de la plataforma política de la extrema derecha europea, que tiene un 20% del electorado en todas partes”.

¿Ahora?

La historia parece repetirse 20 años después, pero algunas reglas, al menos para la tranquilidad de las potencias internacionales, podrían cambiar.

En conferencia de prensa, el portavoz de los talibanes, Zabihullah Mujahid, afirmó que se “respetará” a las mujeres y a los opositores. “A las mujeres se les permitirá trabajar y estudiar y serán muy activas en la sociedad, pero dentro del marco del islam”, aseguró. Para Ben-Tasgal “no es que se hayan moderado teológicamente. Doctrinalmente, piensan lo contrario. Tácticamente, entienden que si tiran de la cuerda nuevamente, pueden comerse un castigo”. Las nuevas autoridades intentan “acostumbrar” al mundo occidental con su presencia.

Para montar un Estado, deberán comerciar, negociar, exportar, importar. China, por ejemplo, tiene un interés estratégico doble, dice Harari. Si bien la frontera que comparte con Afganistán es pequeña, es allí donde se encuentran los musulmanes chinos. “Y ellos no quieren que se les transforme esa zona fronteriza en un pasaje de movimiento islámico, porque es exactamente lo que están reprimiendo a nivel interno”, señala. “Por eso prefieren tener buenas relaciones con los talibanes, para impedir que tengan influencia política”. Por otro lado, las inversiones millonarias en minas de cobre y materia prima “son buenas razones” para que China entable relaciones.

Rusia también se acerca. “Nosotros no nos damos prisa con el reconocimiento”, dijo Serguéi Lavrov, el ministro de Exteriores ruso, quien consideró una “señal positiva” la disposición de los talibanes de crear un gobierno junto a otras fuerzas políticas.

Por lo pronto, cabe preguntarse si este nuevo régimen se adaptará a los tiempos que corren, o si el discurso es una mera pantalla. “Ellos van a trabajar en una especie de respetabilidad que consolide su poder”, dice Hariri. Pero las preguntas no apuntan todas al mismo lugar. ¿Qué podría pasar, por ejemplo, si otros países anteponen sus intereses, entablan relaciones con los talibanes y reconocen al gobierno? ¿O cuánto tolerará el mundo abusos como los de hace 20 años?

Los nuevos líderes empiezan a llegar

Los talibanes se preparan para formar gobierno después de su rotunda victoria en Afganistán. Algunos de estos líderes apenas se habían mostrado en público hasta ahora. Mawlawi Hibatullah Akhundzada es la máxima autoridad desde 2016, después de que su predecesor, el mulá Akhtar Mansour, muriese en un ataque con drones estadounidenses en Pakistán.

El mulá Abdul Ghani Baradar es una de las caras más conocidas entre los talibanes y su nombre suena con fuerza como el próximo mandatario de Afganistán. El mulá llegó este martes a Afganistán desde Doha, Catar, donde estuvo meses en conversaciones con Estados Unidos y luego con negociadores de paz afganos.


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