FRONTERA SECA

Entre la incesante entrada de brasileños y el contacto que persiste a pesar de los controles: ¿cómo se vive en Rivera?

El brote de COVID-19 en Rivera puso a la frontera en la mira nacional. Autoridades afirman que un ritual umbanda disparó los contagios, pero la implicada niega que el foco haya surgido de esa forma.

Controles en la frontera de Rivera. Foto: Mateo Vázquez
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"Mi amiga venía desesperada del hospital porque se le moría un ser querido. ¿Vos le negarías un abrazo a una amiga destrozada?”, dice la dueña de la casa donde surgió el primer foco de contagio de COVID-19 en Rivera, y a la que las autoridades sanitarias definieron como un templo umbanda.

Adriana —no es su nombre real— cuenta que el 10 de mayo recibió a una pareja de amigos y a Natalia, que volvía del hospital buscando consuelo por la enfermedad de un amigo. Se dieron un abrazo y compartieron un mate. También estaba su marido. “Eran mis amigos, y sí, nos juntamos a tomar mate en la tardecita”, reconoce Adriana. “Además, ella vino para pedir un abrazo de consuelo, ¿y yo le voy a decir que no? Nadie tenía síntomas. Uno no se da cuenta de la situación hasta que no se contagia”, relata. “Después ellos se fueron y llegó otra pareja de amigos por un asunto privado. Y pobres, también ellos se contagiaron”.

Adriana es simpatizante de la religión afroumbandista pero niega que su casa sea un templo o que se practiquen cultos religiosos. Dice que sufre día a día que hayan “marcado” su casa y su familia. “Mi marido tiene que sacar la basura tarde en la noche porque si los vecinos lo ven, llaman a la Policía. Además de falta de empatía hay ignorancia: no entienden que a tanta distancia no se contagiarían”, dice.

No salgo de casa.

En Rivera nadie espera al presidente. Es miércoles y las ambulancias de ASSE que hacen hisopados aleatorios sacan a los curiosos a la puerta de sus casas. Hay una estacionada en el barrio Saavedra, a dos cuadras de la frontera. Un señor de 83 años cruza la calle para mirar el operativo al lado de un vecino, pese a que desde su casa tendría un mejor ángulo para ver a los sorteados en la lotería de someterse al entierro de un hisopo en la nariz. Van llegando de a uno, con tapabocas y cédula en mano. Se sientan en una silla de plástico bañada en alcohol rectificado a la sombra de la ambulancia.

Ningún vecino mira este espectáculo solo. “Yo no salgo de mi casa”, dice Carlos, el señor, y señala la casa de enfrente, la suya. El calor abraza Rivera. Están los dos ahí parados: Carlos apoyado en el canasto de la basura; el vecino joven y de musculosa, inmerso en un monólogo de indignación. Pidió hacerse el hisopado y los técnicos de la ambulancia le dijeron que no estaba en la lista. Pero es una indignación simpática, pasiva. Carlos, el que nunca sale de su casa, agrega:

“Hoy fui a la clínica a hacerme unos estudios que la sociedad médica me había mandado. La señorita me retó. Que me fuera a mi casa porque mi estudio no era urgente, que mi sociedad me iba a llamar. Y me dijo que alguien de mi edad no puede andar en la calle. Y yo le pregunté: Bueno, ¿usted me va a hacer las compras?”.

Se ríen los dos sin tapabocas. Aclaran que sí lo usan para ir al supermercado, porque si no, no los dejan entrar.

Desde el despacho de dirección del Hospital de Rivera, Diego Aboal, el director del Instituto Nacional de Estadística, explica cómo es el estudio que tiene a los riverenses mirando hacia afuera: “Son 200 manzanas, cinco hogares por manzana, y dentro de cada hogar se sortea a una persona para realizarle el hisopado”.

Aboal viajó a Rivera para verificar que todo esté haciéndose bien. Estima que con el número de muestras recogidas van a tener un buen pantallazo de la tasa de prevalencia de COVID-19 en la ciudad. “La muestra de 1.000 es importante, adecuada para Rivera -donde hay 78.880 habitantes según el último censo-, y contempla las restricciones de logística y costos que tiene hacer esto”, comenta el jerarca.

A la silla de plástico van llegando de a uno los sorteados. También los que no están en la lista y se ofrecen. Uno de los técnicos les explica que no, que es un muestreo por sorteo, que se queden tranquilos, que los van a llamar la próxima vez. Perdió la cuenta de cuántas veces repitió el discurso en el día, pero valora la disposición de los ciudadanos. Tras la explicación se van tranquilos. “Por lo general la gente entiende”, cuenta el técnico, mientras el vecino de musculosa se acerca para pedir, una vez más, que lo hisopen.

Al cierre de esta edición se habían procesado 838 muestras aleatorias, todas con resultados negativos.

Lo inevitable.

“No es una linda noticia esa cantidad de casos pero ya lo esperábamos”, dice Florencia Eula Bertelli, directora del Hospital de Rivera, en relación al foco de contagio que se detectó en uno de los barrios durante un “culto religioso”, según afirman las autoridades.

Lo mismo dijo el Sindicato Médico del departamento en una carta en la que detallan que el gremio se reunió a través de Zoom el 2 de mayo, “al ver que la ciudad estaba desbordada de turistas brasileños” y que los propios riverenses “no estaban cumpliendo las recomendaciones de distanciamiento social y uso de barbijo”.

Alma Galup, intendenta de Rivera, dice que era “un milagro” que la ciudad gozara de buena salud mientras en Santana do Livramento los casos positivos iban en aumento. “Vivimos un momento de idilio en las primeras semanas de la pandemia. Eso era algo imposible de mantener. El clima era bueno y hay un imperativo social que hace que no se pueda sostener permanentemente eso de ‘quedate en casa’. Comenzaron esporádicamente a salir, a congregarse determinados núcleos. Ahí vimos que teníamos que actuar”, señala Galup.

Eula Bertelli dice que ese momento de “idilio” les dio tiempo a los prestadores de salud, en especial a ASSE, para prepararse para lo inevitable. Al parecer, todos sabían y todos lo esperaron.

El 70% de Rivera (unas 65.500 personas) se atienden en salud pública. Por eso la directora cuenta que, ante una eventual demanda extra, se redistribuyeron los recursos humanos hacia la atención respiratoria: “Se armaron salas de aislamiento para pacientes respiratorios, se recibieron dos ambulancias especializadas completas para traslados de pacientes Covid y cuatro respiradores nuevos para el CTI”.

Galup dice que el 7 de mayo, cuando se confirmó el primer caso en el departamento, empezó a implementarse una campaña “agresiva” de disuasión por parte de la intendencia. “Desinfectamos las plazas y encintamos las hamacas. Empezamos con el tema del tapabocas, eso fue muy bueno. A la intendencia no entra nadie sin tapabocas. En la calle también lo pueden constatar”.

Foto: Mateo Vázquez
Decenas de personas pedían hisoparse en pese a no estar en la lista. Foto: Mateo Vázquez

Que haya ánimo.

El microcentro de la ciudad ocupa unas 10 cuadras y termina en la frontera. Allí se concentra la mayoría de los locales comerciales. Del otro lado es igual, pero en portugués y con música en la calle. Del lado uruguayo solo suena la camioneta que exhorta y una moto que ofrece préstamos en cómodas cuotas.

Pero los “lados” son meramente cartográficos. Ningún riverense concibe a Santana do Livramento y Rivera como ciudades distintas. No lo son.

Como aseguraba Galup, la mayoría usa tapabocas, al menos en el microcentro. Los vendedores aguardan a los clientes en la puerta de los comercios con una botella pulverizadora de alcohol. Hacen dos afirmaciones: el flujo de personas y las ventas bajaron desde el 13 de marzo, y no desde el fin de semana pasado, cuando afloró el brote que puso a la frontera en la mira nacional.

De los 53 free shops —el principal dolor de cabeza para las autoridades sanitarias de ambos lados—, son la minoría los que permanecen abiertos, con horarios acotados y medidas estrictas de distanciamiento social.

La Cámara de Free Shops del Uruguay y la Asociación Sudamericana de Tiendas Libres pidieron apoyo al gobierno tras la abrupta caída en las ventas que, según afirman, se debe a que el municipio de Livramento cerró las rutas de acceso a los ómnibus de turistas brasileños que iban a comprar. Las autoridades afirman que llegaban incluso desde Porto Alegre. Pero no ha sido una medida efectiva. Galup señala que los turistas se las ingenian para ingresar a Livramento en sus autos particulares. No hace falta prestar demasiada atención para comprobarlo.

En la tardecita del miércoles, mientras se apagaba el microcentro, seis turistas brasileños llenaban de acolchados y ropa la valija de una camioneta con chapa de Belo Horizonte. Paulo, uno de los jóvenes, contó a El País que eran un grupo de amigos de San Pablo, pero trabajan algunos en Uruguayana y otros en Don Pedrito, un municipio a 92 kilómetros de Rivera. “Vinimos a Santana porque está a medio camino de donde trabajamos. Vinimos a vernos, pasar la noche y comer un asado. Ahora solo hicimos algunas compras”, relata en un español limitado.

En los puestos de control de la avenida fronteriza no hubo inconvenientes al pasar a Rivera en el auto. No obstante, si los turistas brasileños quisieran salir del departamento en dirección a Artigas o Tacuarembó, los “devolverían”, según indica el protocolo y afirma el Cabo Jorge da Silva, que monitorea uno de los puestos en el límite departamental.

Frente al free shop en el que compraron los jóvenes brasileños hay una tienda repleta de antigüedades y de abrigos de lana. Un Tristán Narvaja concentrado en un salón. Relojes, carteles, botellas, cafeteras. Miles de objetos cubren las cuatro paredes y cuelgan del techo. “Solo se venden los abrigos. Lo otro es un capricho mío y no se vende”, dice el dueño detrás de un escritorio. “Además estas cosas no tienen valor. Solo son lindas porque las ves juntas”. Y sigue:

—Pero quédense, miren todo lo que quieran. Esto es una tristeza. Al cementerio entra más gente que acá.

¿Y por qué abren?

—¡Abrimos para prender la luz! Para que haya ánimo. Abro para que la gente pase y vea que estoy bien. Pero abrir es malo. Y no abrir es peor.

UMBANDA

Un culto "subterráneo" con peso en la frontera.

“No sale de un ropero toda esa gente que ves el 2 de febrero en las playas. Esa gente existe, interactúa en otros ámbitos de la sociedad”, dice Susana Andrade, presidenta de la Institución Federada Afroumbandista. Más allá de los rumores y de las versiones encontradas, Andrade dice que no tiene por qué no creerle a la dueña de la casa donde surgió el brote de COVID-19 en Rivera. De hecho, no figura en la lista de afiliados a la federación, aunque Andrade reconoce que hay alrededor de un 20% de templos que no lo están. En total, estima que hay unos 2 mil en todo el país. La intendenta Galup dice que respeta mucho el culto, y que si bien siempre fue algo “subterráneo”, en la frontera tiene mucho peso. “Yo nunca relacioné el culto con el brote porque no los quiero estigmatizar. Los respeto mucho. Por algo creen en eso: les da sentido de pertenencia”, señala.

Me voy tranquilo.

Son las 10 de la mañana del jueves. El presidente Luis Lacalle Pou baja de un avión y Galup, la intendenta, se sube a un auto en dirección a la sede del gobierno departamental. La jerarca había pactado una entrevista con El País a esta misma hora. No admitirá después que la visita presidencial a la comuna la había tomado por sorpresa.

Sin una agenda definida, el presidente pasó la mañana recorriendo los puestos de control del Ejército, acompañado por el ministro de Defensa, Javier García. En la Aduana preguntó cómo procedían y les contó a los funcionarios una anécdota: era de noche y se iba de vacaciones a Brasil; paró en el puesto y un aduanero, medio dormido, lo confundió con el exfutbolista argentino Fernando Cavenaghi.

Mientras Lacalle Pou cubre la frontera de punta a punta, Rivera especula: ¿cierre de la frontera con Brasil? Sería imposible. ¿Más casos? ¿Cierre de comercios? Seguro pasó algo grave.

El presidente entra a los tanques del Ejército, pregunta especificidades que seguro ya sabe, y García sonríe detrás. De vez en cuando aparece un ciudadano a saludarlo. Lacalle Pou extiende el puño, agradece y saca la selfie. Aun de tapaboca, esa costumbre electoral prevalece.

Al llegar a la intendencia no hay distanciamiento social que valga. “Usted es grande, grande”, le dice una señora después de la foto. “¡Nunca estuve al lado de una persona tan grande!”, exclama. “Grande no sé si es la palabra”, bromea el presidente.

Después hubo reunión, declaraciones y el retorno. El mandatario se fue “tranquilo”, dijo. El jueves en la tarde todo estaba bajo control.

Luis Lacalle Pou y el ministro de Defensa, Javier García, visitaron puestos de control en el departamento de Rivera. Foto: Mateo Vázquez
Luis Lacalle Pou y el ministro de Defensa, Javier García, visitaron puestos de control en el departamento de Rivera. Foto: Mateo Vázquez

Donde empezó todo.

A dos horas de que Lacalle Pou se fuera con la tranquilidad de haber controlado las medidas, dos chicas y un joven comparten un cigarrillo en la vereda, a dos cuadras de la casa de Adriana. Una de ellas vino desde otro barrio a saludar. La otra aclara: “Vivo acá a la vuelta. Nunca salgo de casa. Solo me arrimé acá, a la casa de él, porque venía ella”. La chica dice que no sabía que existía un culto en el barrio hasta que lo vio en las noticias.

En cada cuadra hay un almacén. Algunos están desde hace años, otros son más improvisados. Silvana es la dueña de un pequeño comercio con olor a agua jane. Atiende de tapabocas a los clientes. “Cuando saltó todo esto de la pandemia cerré el portón y atendía por una ventana. Por eso perdí clientes. Los vecinos lo tomaron para la burla, me veían de tapabocas y decían ‘cuidado, no te vayas a agarrar el bicho’. Varios me dejaron de comprar”, relata. Cerró la ventana y volvió a abrir el portón, pero ahora lava el piso todo el día. Silvana tampoco estaba enterada sobre el supuesto templo, ni que Adriana “andaba en cosas raras”.

A 100 metros, un cartel que dice “Golpee” señala otro comercio. Abre la puerta una señora con tapabocas.

—Yo no me dedicaba a esto. Perdí mi trabajo y como tengo una hija embarazada y una nieta que mantener, empecé a vender algunas cosas. Todas las semanas voy a Livramento y compro ahí: huevos, cigarros, cerveza, yerba.

¿No te da miedo contagiarte?

—No. Dicen que si uno no se viene abajo, no se contagia. Yo estoy segura de que no me lo voy a agarrar. Soy la que sostiene esta casa.

En la libreta donde lleva las cuentas se lee: “Xis. 1 Pancho. Leche”. Esas son las ventas del día anterior. Ella también se enteró del brote a través del informativo. Conocía a Adriana de vista. “No sabía nada de eso. No me imaginaba”, dice.

El jueves, las autoridades del Ministerio de Salud Pública ratificaron a El País que en la casa de Adriana efectivamente funciona un culto umbandista. Adriana afirma que solo recibió una visita: cuando le hicieron el hisopado. Dice que la única razón por la que accedió a dar entrevistas es porque le molesta que hayan “marcado” a su familia y por el estigma a la religión de la que es simpatizante. “No marquemos así a la gente ni a las religiones de la gente. A mi amiga la amenazan con prenderle fuego la casa. Pero ya está. Yo no puedo volver atrás y ella tampoco”.

BUSCAN SOLUCIÓN

200 maestras de Rivera sin cargos.

Al enterarse de la visita del presidente Luis Lacalle Pou a Rivera, Karen Suárez se puso su túnica impoluta, agarró una carta que ya tenía impresa y fue rumbo a la intendencia. “Vengo en representación de mis compañeras”, dijo a El País. “Acá en el departamento somos 200 maestras que todavía no habíamos elegido cargo antes de que empezara la pandemia. Vino todo esto y se terminaron las elecciones de cargo, que después siguieron, pero al no haber cargos disponibles no podemos trabajar. Entonces, hace tres meses que no tenemos ingresos”, dice Suárez. En la carta que finalmente le entregó al presidente exponen su situación. A raíz de la suspensión de clases, los maestros que trabajan durante el año lectivo “no tienen derecho a ningún tipo de subsidio por desempleo a partir de marzo, por lo que se vive de suplencias realizadas al amparo de la circular 662/05 (suplencias por el día), y de la expectativa de elegir un cargo mediante el sistema de elección de cargos en Inspección Departamental”, dice el documento. Para Suárez, la situación de los maestros desempleados se agravó tras la postergación del inicio de clases en la ciudad. “Sabemos que es necesario, pero nos gustaría que hubiera alguna otra propuesta. Pensando en todo esto se nos ocurrió que cuando se reinicien las clases, las maestras van a ir a las escuelas pero va a haber niños que no. ¿La maestra va a tener que trabajar cuatro horas más por plataforma? Quizá eso lo podemos cubrir nosotros, al menos”, dice. Lo que más le preocupa es su situación económica. Cuenta que algunos maestros recibieron la canasta del Mides, pero la mayoría sostiene el hogar con sus ingresos y no hay un subsidio que los ampare. Por eso, reclaman algún “ticket de alimentación u otro sistema que permita abastecer el hogar” mientras dura la incertidumbre. Además, Suárez plantea que quienes tenían mutualista privada fueron derivados a ASSE, por lo tanto ya no pueden atenderse con sus médicos de cabecera. Por eso, también reclaman una extensión de la cobertura. La maestra cuenta que el presidente recibió la carta y preguntó si había un teléfono de contacto. “No me dio el tiempo de explicarle (la situación), pero espero que la pueda leer”, expresó.

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