LAS NUEVAS RELIGIOSAS

Vida millennial consagrada: la historia de las monjas jóvenes

Tienen veintipocos años, no todas vienen de una familia religiosa e igual optaron por entregarle su vida a Dios. Usan Instagram, les preocupa el feminismo y les gustaría tener mayor protagonismo en la Iglesia: ¿quiénes son las monjas millennials y por qué tomaron esa decisión?

Monjas esclavas
Camila Crespo y Ángela Coma vinieron a Uruguay a hacer el postulantado. Foto: Leonardo Mainé

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"Todo menos monja, todo menos monja”, pensaba Camila Acosta (21) algunos años atrás. Sentía el llamado de Dios y tenía ganas de dedicarle su vida a la fe, pero transformarse en una religiosa a tiempo completo le hacía “ruido”. Su familia no es católica y conoció a Jesús en el liceo, a través de los programas de voluntariado del Colegio Maturana. “Hoy soy la burla de mis amigos”, dice en broma.

Su grupo la miró raro la primera vez que hizo la señal de la cruz. Nadie podía creer que justo ella estuviera persignándose. Sus profesores sabían que a ella le gustaba el servicio pero que no estaba “ni ahí” con la religión, ya que la parte de la oración le “embolaba”. Disfrutaba de las actividades de los sábados y de ayudar a los demás, aunque la evangelización no le “cerraba”.

No sabe bien cuándo hizo el clic. Cree que fue a los 16 años, cuando empezó a ir a un grupo religioso de voluntarios. Los jóvenes trabajaban con niños y el tema ese día a tratar era Jesús amigo, pero nadie de su equipo le ponía demasiada energía a la consigna. Entonces Camila, todavía no entiende cómo, terminó contándoles en qué momentos diarios se notan la presencia y la cercanía de Jesús. “Vomité toda una explicación que ni yo sabía que tenía adentro”, recuerda.

Su vínculo con la fe empezó a construirse de a poco, pero en el último tiempo ganó velocidad. En quinto año de liceo decidió bautizarse y prepararse para la comunión, y las horas de voluntariado empezaron a ser cada vez más. Dice que entonces se dio cuenta de que quería eso para el resto de su vida: entregarse a los demás y servir.

Y en esa búsqueda de coherencia, una palabra que repite varias veces a lo largo de la entrevista, optó por ser monja para no vivir su vocación a medias.

El camino, claro, no estuvo exento de dudas y miedos. E insiste: sigue estándolo. El llamado divino era fuerte, pero entonces no sabía cómo hacerse cargo de lo que le pasaba, porque hasta hacía un tiempo no sabía rezar ni el Padre Nuestro.

Hoy vive en Colón, en una de las casas de la congregación Hijas de María Auxiliadora, las monjas salesianas. Está cursando el primer año de postulantado —una de las etapas del proceso de formación— y dejó el profesorado de Astronomía que realizaba en el Instituto de Profesores Artigas (IPA). Ya no es la más joven de su hogar, pero conserva una energía contagiosa que nada tiene que ver con el prejuicio que recae sobre las mujeres que eligen esta opción de vida.

Monjas salesianas
María Jesús Scápula, Cecilia Gayo y Camila Acosta son jóvenes salesianas. Foto: Leonardo Mainé

Ella lo sabe e insiste sobre este concepto: “Queremos mostrar que somos normales, que tenemos vidas normales. Yo no sabía qué era ser monja, no las conocía, pero me imaginaba que era algo horrible. Y yo no quería algo horrible para mi vida”.

Cecilia Gayo (31) escucha la charla y se ríe. Es más tímida que su compañera y está bastante nerviosa con la entrevista, pero igual cuenta su historia. Es bioquímica y ya conocía los hogares de las Hijas de María Auxiliadora, por lo que su llegada a la congregación no fue tan sorpresiva. Dice que hubo familiares que “se lo veían venir” y entonces larga la primera carcajada de la tarde: “¡No termino de entender cómo ellos sabían cuando yo nunca me lo había imaginado!”.

El punto de inflexión en su vida se dio en 2012, cuando realizó un año de voluntariado en Angola. Allí descubrió un mundo que hasta entonces le resultaba ajeno.

De nuevo en Uruguay, concurrió a un retiro espiritual de Semana Santa y en setiembre de ese año tomó la decisión de dedicarse a la vida consagrada, aunque reconoce que puso “miles de excusas” para no hacerlo. Todos los prejuicios, sin embargo, se fueron cayendo y al marzo siguiente se mudó a Colón. “No dudé mucho, estaba segura de que quería entregarle mi vida a Dios”, cuenta.

A diferencia de las más jóvenes, ella ya es hermana de la congregación porque cumplió con todas las etapas formativas. Ahora trabaja como adscripta en el Instituto Doctor Andrés Pastorino (IDAP) e insiste con mandarle un saludo a “los de tercero”, el grupo del que está a cargo.

A su lado está María Jesús Scápula (28), quien comparte el primer año de postulantado con Camila. Llegó al hogar en febrero de 2017 y recuerda que la primera noche allí pasó mucho calor. Si bien estudió en un colegio salesiano y se formó desde chica en la fe, fue a partir de un “tiempo de cambios y crisis” que empezó a “necesitar la eucaristía diaria”. Así sanó de a poco y el deseo de dedicarle su vida entera a la fe se hizo cada vez más fuerte.

Primero lo conversó con un sacerdote mexicano, quien pudo darle las primeras respuestas que ella buscaba. Y si bien conocía a las hermanas, María Jesús quería saber cómo vivían, dónde estaban, de qué forma subsistían, cuáles eran sus actividades. Todas estas inquietudes se fueron aclarando y fue entonces cuando decidió mudarse a Montevideo. Dice que todavía extraña Paysandú —la ciudad donde nació y donde todavía vive su familia—, pero entiende que este proceso también es parte de crecer.

“Yo le pregunté a Dios por qué dedicarle mi vida entera a la fe. Por qué no hacerlo desde otro lugar, como mucha gente lo hace. Y entonces entendí que yo debía responder al amor de Dios con amor; esta opción de vida es responder desde el amor. Y si bien desde las otras opciones también podría responder así, me sé invitada a responder desde acá”, se sincera.

Religión millennial

En Montevideo hay 63 congregaciones femeninas con 406 religiosas, según datos de este año de la Conferencia de Religiosas y Religiosos del Uruguay (Confru). Los varones son menos: hay 42 comunidades que tienen 209 integrantes. Laura Guisado, presidenta de la organización, asegura que el número aumentó con respecto al pasado.

“Creo que hay algo que tiene que ver con la dimensión de fe y es que el Señor sigue llamando, porque anima y comparte su Iglesia. Hay congregaciones que durante muchos años no han tenido nuevas vocaciones y hubo replanteamientos por eso. Todos pasamos por lo mismo: éramos muy numerosos, pero empezamos a ser menos y con un personal muy mayor. Por eso las opciones de cómo acompañar a los jóvenes han cambiado”, dice.

MATERNIDAD Y RELIGIÓN

Ser madre, un tema para pensar más adelante

La vida consagrada implica el celibato y, por ende, la imposibilidad de tener un hijo biológico. Camila Crespo (24), integrante de la congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, dice que a su edad —así no hubiera elegido dedicarse a la religión— tampoco tendría hijos. Solo una de sus amigas es madre, por lo que el resto de su grupo está en una situación parecida a la de ella:_“Creo que ese es un tema que más adelante me va a preocupar más; por ahora no lo pienso tanto”, dice. Por más que lo puso en la balanza antes de tomar la decisión, sus mayores le hicieron hincapié en que “las dudas hay que afrontarlas cuando lleguen”. No obstante, Camila destaca que su elección le permitirá “brindar amor a muchos niños”.

Los talleres han modificado sus contenidos, ajustando su “fundamentación psicológica” a las nuevas generaciones. Guisado, quien a su vez es la Madre Superiora de las Hijas de María Auxiliadora, explica que no es lo mismo trabajar con los jóvenes de hoy, sobre todo porque la edad de ingreso en las comunidades viene en aumento. Según ella, con la vida consagrada ocurre lo mismo que con los matrimonios, ya que a los millennials les cuesta más irse de la casa de sus padres.

No hay estadísticas de cuántos jóvenes entran a la vida religiosa cada año, pero el Instituto de Vida Consagrada debió mudarse al Colegio Maturana porque en el edificio anterior ya no entraban. Esa realidad, afirma Guisado, demuestra que la cifra —a diferencia de lo que se podría pensar— creció en el último tiempo.

Pero en España, uno de los países más católicos del mundo, la situación es distinta. Allí, la Iglesia Católica lleva adelante una campaña para captar jóvenes cristianos bajo el lema “Di sí al sueño de Dios”. Así buscan formar nuevas vocaciones y disminuir el promedio de edad de sus religiosos que se formaron, en su gran mayoría, durante la década de 1960.

El número de sacerdotes, seminaristas y monjes cayó de forma drástica en el último tiempo, publicó El País de Madrid este año. En este curso solo ingresaron 236 alumnos en 2019, unos 46 menos que en el año anterior. De las mujeres, en tanto, no hay datos.

El País intentó comunicarse con el cardenal Daniel Sturla para conocer la realidad uruguaya, pero el arzobispo de Montevideo no quiso hacer declaraciones.

Entre las Hijas de María Auxiliadora, las jóvenes que desean formar parte de la congregación deben pasar por un período de discernimiento de dos años. Allí empiezan a vincularse de a poco con las hermanas y participan en actividades puntuales de la comunidad. Guisado dice que este proceso es “muy bueno” porque logra que las mujeres tomen la decisión con mayor tranquilidad.

“Esto es muy distinto de lo que la sociedad te dice que tenés que hacer. Entonces puedo sentir sintonía y quizás darme cuenta luego de que me enganché por una misión, pero en verdad no es lo mío. El proceso de discernimiento depende de cada congregación, pero nosotras primero les proponemos que vean cómo funciona nuestra vida y después les pedimos que vivan con otras jóvenes que están haciendo este proceso”, cuenta.

Por supuesto que hay mujeres que abandonan en el medio, reconoce Guisado. No obstante, la religiosa explica que las bajas “son sanas” y hablan del “proceso de maduración” de las jóvenes. “Es muy bueno que tengan la opción de venir, sacarse las dudas y después irse si se dan cuenta de que no es lo suyo”, agrega.

Fotos en Instagram

Camila Crespo (24) también estudia para dedicarle su vida a Dios. Es argentina y llegó a Uruguay en febrero de este año, ya que integra la congregación Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Tampoco viene de una familia católica y revela que para sus padres, al principio, “fue muy difícil” que eligiera convertirse en monja.

A pesar de la distancia, mantiene un vínculo fluido con ellos. Hablan por Whatsapp y, una vez cada tanto, se toma un tiempo para hacer una videollamada. “Mis hermanitos, sobre todos los más chiquitos, estaban copados con la idea de tener una hermana monja. Les parece divertido que esté viviendo acá”, cuenta.

Las redes sociales, en su caso, son una forma de estar cerca de sus seres queridos. Pero también las utiliza como medio de evangelización, ya que es consciente de que tienen mucha llegada entre los jóvenes. “Comparto las actividades que hacemos, subo historias, muestro que tenemos una vida normal para sacarle el prejuicio a nuestra opción de vida”, afirma.

Camila, al igual que las postulantes salesianas, pidió las fotos de esta nota para subirlas a Instagram. Dice que son una “buena producción” y las compara con las que se sacó cuando cumplió 15 años, en las que posó disfrazada. “Ojalá me hubieran avisado que estaba horrible. Esas cosas habría que avisarlas en su momento”, bromea.

Monjas esclavas
Ángela Coma y Camila Crespo en el oratorio de su comunidad, en Pocitos. Foto: Leonardo Mainé

Antes de ingresar a la congregación, la joven tuvo un novio que conoció en su parroquia. Dice que su historia sirve para desterrar otro prejuicio: que las monjas eligen la vida consagrada porque fracasan en el amor. Y si bien fue una relación breve, le permitió conocerse desde otro lugar: “Yo sabía cómo era como hija, como hermana, como amiga, como nieta. Pero no sabía qué era ser novia y no me arrepiento para nada, porque siento que pude vivir esa experiencia”.

Los jóvenes terminaron separándose y Camila optó por dedicarle su vida a la fe. Ella mantiene un vínculo fluido con sus amigos, a quienes aún así extraña. Revela que a veces -sobre todo los jueves- ve en las redes sociales que salieron a comer una pizza con cerveza, y a ella le gustaría estar allí. Sin embargo, está contenta con su forma de vida porque está segura de que quiere seguir a Jesús. Entonces compara lo que pasa con los matrimonios, en los que hay momentos de crisis y dudas, pero también hay situaciones que reafirman y potencian la elección.

“Tengo una amiga que tiene un hijo chiquito. Y ella también renuncia a un montón de cosas, no puede andar saliendo hasta tarde. Eso es lo que me pasa a mí por otros motivos, pero me siento muy identificada con ella”, dice.

A su lado, Ángela Coma (25) escucha lo que dice su compañera y asiente. En su caso, la distancia con su familia es aún mayor porque vino de Cuba. Es licenciada en Comunicación Social y si bien tampoco se crió en una casa demasiado católica, sí se vinculó con la religión desde la infancia. En su país, cuenta, es “bastante raro” dedicarse a la vida religiosa.

Antes de llegar a Uruguay, Ángela vivió unos años en Chile. Ese viaje le dio independencia y fue allí donde decidió llevar adelante a la vida consagrada. También estuvo en contacto con las noticias sobre pederastia que protagonizaron ciertos curas de ese país y que llevaron a que todos los obispos chilenos le presentaran su renuncia al Papa Francisco en 2018.

“El año pasado me tocó ir a pedir dinero a un peaje, para los más vulnerables en Chile, y mucha gente se burlaba. Y yo pensaba: ¿qué tan justo es esto, si yo no tengo nada que ver? Pero entonces pienso que Jesús recibió muchos golpes y hay momentos en los que toca agachar la cabeza”, cuenta.

Entonces Ángela habla de feminismo y de los escraches que han sufrido varias iglesias por parte de grupos muy radicales. Dice que ella, al igual que Jesús, está de acuerdo con la igualdad entre el hombre y la mujer, por lo que comparte la lucha de un movimiento que está integrado, en su gran mayoría, por gente de su edad. Sin embargo, no sabe responder si de verdad se considera feminista.

A Camila también le duelen esos ataques y admite que fue por eso que no concurrió a la marcha del Día de la mujer. “Quisiera ir, pero siento que no me representa. Me representa como mujer, pero yo también soy parte de la Iglesia y creo que ellas no me incluyen”, reflexiona.

La joven dice que le gustaría que hubiera cambios en la Iglesia para seguir insistiendo en la igualdad entre los religiosos hombres y mujeres. Reconoce que ya se hizo “mucho camino”, aunque ella guarda la esperanza de que las monjas puedan dar misa en algún momento: “Ojalá, ojalá pasara eso. Pero si soy realista, creo que esos cambios llevarían mucho tiempo”.

Ángela comparte este anhelo, aunque hace hincapié en que ella viene de un país donde las iglesias son sostenidas por mujeres. De hecho, cuando llegó a Uruguay le llamó la atención la cantidad de fieles hombres que hay, a diferencia de Cuba. “No sé si llegaré a ver a una mujer dando misa -dice-, pero sí creo que en algún momento va a pasar. Creo que la Iglesia católica tiende a eso”.

DEBATE

La mujer en la Iglesia, un tema que altera sensibilidades

El rol de la mujer en la Iglesia Católica es un tema que genera polémica y debate. Hay grupos que reclaman mayor empoderamiento de las religiosas, en especial porque ellas no pueden dar misa, a diferencia de sus pares hombres. El Papa Francisco se ha pronunciado al respecto y en 2013, en una entrevista con L’Osservatore Romano, contestó: “Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Temo la solución del “machismo con faldas”, porque la mujer tiene una estructura diferente del varón. Pero los discursos que oigo sobre el rol de la mujer a menudo se inspiran en una ideología machista. Las mujeres están formulando cuestiones profundas que debemos afrontar. La Iglesia no puede ser ella misma sin la mujer y el papel que ésta desempeña. La mujer es imprescindible para la Iglesia”. Por su parte, la presidenta de la Conferencia de Religiosos y Religiosas del Uruguay (Confru), Laura Guisado, dijo para este informe que el rol de la mujer en la Iglesia “es mucho más importante de lo que muchos creen”. Sostuvo que hay una “complementariedad” dentro de la institución que se debe respetar, por lo que los hombres realizan ciertas actividades y las mujeres se encargan de otras. “Hay mucho para seguir cambiando en torno a esto, pero no necesariamente requiere llegar a celebrar una misa. No es un escenario que una diga que entra en la vida religiosa porque quiere llegar a eso”, afirmó.

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